Alegría de la Tierra

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Mario Briceño Iragorry Mario Briceño Iragorry (Trujillo, Estado Trujillo, 15 de septiembre de 1897 – † Caracas, 6 de junio de 1958), fue abogado, historiador, escritor, diplomático y político venezolano.

Algunos amigos, desde sus distintas trincheras, me han llamado al deber de recordar que muchos de los autores que uno lee tenían visiones que uno no comparte. Racistas, individualistas, esnobistas, machistas… los intelectuales raras veces entienden los movimientos sociales. Sin embargo, cada uno de ellos con su lente han sabido ser hombres imperfectos de sus tiempos contradictorios y sus preocupaciones nos sirven para verlos y para vernos, a veces entendiéndonos y otras soñando las cosas que aún no somos ni tenemos. Con tal idea les hago llegar pasajes de un libro que adoro: “Alegría de la Tierra” (1952) de Mario Briceño Iragorry.

Esto en este momento me resulta particularmente útil ante el contexto socioeconómico que vivimos pues oigo con frecuencia afirmaciones y preguntas tales como ¿porqué no tenemos industria?, ¿porqué no comemos lo que nace en nuestra tierra?, ¿a dónde se ha ido tanto dinero petrolero? Algunos y algunas en su indetenible empeño de confundirnos aparecen acusando como nuevas las viejas patologías y con Briceño Iragorry aquí recuperamos las crónicas de la vieja historia y la visión de un hombre a mitad del siglo XX sobre el fenómeno industrial venezolano, a ustedes de pensarlo.

Nota: Los fragmentos aparecen en este orden pero obedecen a motivaciones personales su selección.

 

1

Cada economía marca un carácter a la sociedad. Nosotros pasamos de la agrícola a la minera con tanta violencia, que se resistieron las propias fibras morales de la nacionalidad. Desde la Colonia veníamos sufriendo mudanzas en las fuentes de enriquecimiento, pero siempre en el orden de los frutos de la tierra. A la economía del cacao, del tabaco, de los cueros y del sebo antiguos, se sumaron progresivamente el añil, el café, el algodón, la caña, la madera, etc., sin que hubiese crisis como la producida desde 1922, al aparecer el generoso petróleo.

Fue mucho el dinro que vino de fuera, pero inmediatamente ocurrió el proceso de retorno. De esto no se hizo a tiempo cata y cala. Apenas en años recientes hemos advertido como hacemos el juego del presunto rico que endosa al mismo librador el cheque con que paga deudas de nueva urgencia. Nosotros no hemos hecho sino devolver a los países del capitalismo industrial el dinero de nuestro aceite.

 

2

Un amigo, conocedor de mi afición al buen café, me ha obsequiado un frasco de Coffee and Chicory Essence, fabricado por Paterson and Sons, en Glascow, Escocia. “Con una cucharada dulcera en una taza de agua caliente, me dijo, puedes preparar un excelente café”. Hice la prueba, y me resultó aquello un brebaje con el mismo sabor brómico del desagradable Sedobro. Sin embargo, parece que está a la moda en algunas mesas elegantes este infame bebedizo, que si en verdad no es café ni cosa que se le parezca, tiene al menos para los tontos el mérito preclaro de proceder de una ilustre ciudad británica.

 

3

La libertad y la confianza de derivar de nuestro propio suelo el diario nutrimiento, no las compensan los jugosos cheques que de inmediato endosamos para adquirir en mercados extranjeros aquello que una recta política económica puede y debe hacer que se produzca en la nación.

 

4

El mestizo café va a ser el fruto republicano por excelencia. A su lado el cacao representa el fastuoso poderío colonial. Es el símbolo de una América vencida. Constituye la fuerza de una pesada economía del dominio sobre el aborigen, que permitió al criollo llano comprar títulos que lo igualasen al noble peninsular.

 

5

El viejo Sebastián Díaz de Alfaro, armando en su primitivo astillero de la Guaira, el modesto navío “Nuestra Señora de la Candelaria” concreta un símbolo admirable de pujante creación. Aquellos eran hombres empeñados en formar una patria. En 1604 Sebastián Díaz de Alfaro soñaba con una gran Carcas, donde seguros y dignos, pudieran descansar y soñar sus descendientes. De entonces a la fecha, Santiago de León ha crecido intensamente, enormemente. Jamás pensó el esforzado poblador que la ciudad llegara a traspasar los linderos de su molino de Chacao, donde se ayudaba a moler las seis mil fanegas de harina, que por entonces consumía anualmente la capital. Menos pudo pensar que llegase a suceder en su Caracas, bonachona y apacible, llena entonces de la rica almendra teobrómica y bien abastecida de gordas vacas de ordeño, la escena que a diario contemplamos en nuestros bares y refresquerías. Ayer la vi por enésima vez. Junto a la mesa donde sorbía una criollísima taza de café, un mozo sirvió a dos lindas muchachas, de ojos y piel delatoras de nuestro alegre mestizaje, una mezcla de cacao y lecha, derramada de una lata que decía “Milk and cocoa de luxe”. No sé de que sitio del Norte nos envían nuestros buenos vecinos este brebaje, que es uno de los tantos enlatados cuyas leyendas extranjeras son manera de libelos infamatorios contra nuestra incapacidad y nuestro entreguismo.

 

6

La situación geográfica de Venezuela le permitió que a la hora de la conquista española aposentaran ya sobre su suelo las principales agriculturas aborígenes: la papa, procedente del Perú; la yuca del Brasil, y el maíz como hábitat en México o la América Central.

 

7

Según Spinden, el signo vegetal de la cultura americana es el maíz. Con el arroz de China y con el trigo de Europa, Norafrica y el Cercano y Medio Oriente, goza del privilegio de cubrir una de las más vastas zonas alimenticias del mundo. Signo de una cultura y, consiguientemente afinco de un abastecimiento autónomo, el maíz determinaba, para el porvenir de los pueblos americanos, la soberanía del pan.

 

8

La historia del trigo reclama otras razones para explicarse. Razones de tierra y razones de comercio. Era buen negocio, desde los días de la Guipúzcoana, traerlo de fuera y se fue abandonando el cultivo. Entre nosotros, el comercio siempre ha dominado la industria. El maíz, en cambio, siguió siendo pan de aguante. Lo consumía el pueblo y lo consumían las bestias.

 

9

El cultivo del maíz, ha sufrido una grande merma y un notable abandono durante los años que corren. Si en verdad se solicita la arepa para la dieta diaria, todos sus otros derivados han sido puestos de lado. Las señoras encuentran laboriosa la elaboración de la vieja y nutritiva mazamorra, y a ésta prefieren la avena, que viene del norte ready to eat. El pueblo ya no toma la chicha. Es bebida quizás un poco vulgar. Hay tantas cosas nuevas que tomar; por ejemplo los jugos enlatados que se importan de Norteamérica.

 

10

¿Dónde está nuestro ganado? Unos dicen que hay suficientes reses y que no debe permitirse la entrada de ganado forastero. Otros asientan que no hay ganado en el sentido nacional y debe racionarse la carne. Cristo dijo “por el fruto conozco el árbol”. El fruto principal de la buena ganadería es la lecha. Y nosotros estamos tomando leche importada. Claro que es higiénica y fácil de manipular la leche en pote. Y también da buenas ganancias a los importadores. Según el criterio de los abogados petroleros, su libre importación debe mantenerse en beneficio de la industria aceitera. Si se le cohíbe, pueden venirnos represalias. Cualquiera, en cambio, pensaría que es patriótico fomentar la lechería nacional. Otros más prácticos, creen que es más comodo tener nuestras vacas en las praderas yanquis. Por lo menos allá, dice, no les da aftosa (ya sirve para algo la peste).

Si no hay leche, tampoco hay suficiente carne para la dieta del pueblo. Somos el país de la paradoja. La nación que en América tiene per capita el más alto Presupuesto Público ocupa el último lugar como consumidor de carne.

 

11

Los medios han mejorado en los últimos años, y hoy para la ocupación no es necesario hacer uso de marinos ni de lindas naves de guerra. La ocupación se hace lentamente, suavemente, alegremente. No es preciso exponer el propio pellejo ni asustar a los indígenas. Todo lo contrario. Los indígenas se sienten profundamente complacidos “no hay como los jugos americanos” decía en estos días cerca de mí una fatua señora de la aristocracia caraqueña. “Eso de que a uno no le quede ni el olor del verdin en la mano es una gran cosa”. Esta señora es una legítima pitiyanqui, al servicio inconsciente de la invasión extranjera. Y lo que se diga de los enlatados, puede y debe decirse de los demás productos importados. Son los marinos de la nueva ocupación a quienes los pitiyanquis abren festivamente los caminos de la Nación.

 

 

Los culpables son los pitiyanquis, que hacen el juego a los invasores. El pueblo que consume estas cosas es empujado a ello por sólo la propaganda y la moda. La publicidad está al servicio irrestricto del extranjero. (..) A fin de que esa buena vecindad prospere, es necesario destruir todos los valores sencillos, ingenuos, amables, que se conjugan para dar resistencia realista a las líneas morales de nuestra tradición nacional.

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