Injusticias invisibles

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Un ejemplo cualquiera de una oferta de trabajo real

Las relaciones entre la invisibilidad y la injusticia son múltiples, me atrevo a decir que complementarias. Ser invisible es injusto y es más fácil que un invisible sea víctima de una injusticia. Pero esto no se agota allí. La relación va incluso en sentido contrario porque para que un hecho injusto se mantenga, se profundice, se agudice, requiere que se invisibilice.

A estas alturas de mi razonamiento sobre los derechos humanos me resulta vital para que una necesidad se reconozca como derecho el que alguien, sean muchos o pocos, pongan el dedo y la lupa sobre la situación que está mal. Mal, al punto de considerarse que atente contra la dignidad.

Es ese poner el dedo, el grito y la lupa que ha llevado, a fuerza de huelga, cárcel y sangre, a reformarse los cuerpos normativos para que les sirvan de cobijo a personas que originalmente no estaban llamados a proteger: mujeres, afros, indígenas, trabajadores, minorías sexuales, culturales o étnicas…

Pero esto no significa que no queden colectivos sometidos a la invisibilidad. ¿Los invisibles? Los que luchan por ser vistos en nuestra realidad son en primer lugar las personas que sufren enfermedades catastróficas que vienen logrando en niveles nacionales e internacionales ser tomadas en cuenta. También creo que estamos en la década de la cruzada por los derechos civiles de la diversidad sexual pero hay otros temas que vale la pena denunciar.

Quiero hablarles de uno que vengo haciendo sonar desde hace algún tiempo y es el terrible hábito de solicitar buena presencia en las ofertas laborales. Pues esta frase es un condensado en pocas sílabas de todos los prejuicios de género, de raza y de clase que tiene nuestra sociedad. Si tiene alguna duda le invito a que revise que significa en su propia cabeza tener buena presencia y le irán surgiendo mujeres delgadas, rubias o morenas “finas”, con trajes costosos y preciosos acabados de salón. Se dibujará junto a ella un hombre con traje de fiesta y aire de empresario, con unos lentes en la mano y sin duda alguna con una silueta entre delgada y en forma.

Este cartelito ha logrado hacerse el invisible frente a la suerte de aquél que en las puertas de los locales rezaba se reserva el derecho de admisión que fue suprimido y reemplazado por el contenido del noble artículo 10 de la Ley contra la Discriminación Racial. Siendo que en mi opinión el sobreviviente es más nefasto que el difunto.

Si así lo afirmo es porque la buena presencia suele ser la frase que acompaña las ofertas de trabajo incluso sin distingo alguno del cargo, rango o naturaleza de la oferta. Agudizándose a medida que el trabajo al que se opte tenga más escala, o valga decir, glamur.

De todos los sitios o patronales que suelen colocar este letrero considero una falta sin iguales cuando esto es realizado por el Estado pues es contravenir el derecho al libre desenvolvimiento de la personalidad que es un postulado constitucional, los deberes y sueños de inclusión así como hace dudar seriamente que la Administración Pública pueda ser servidora de los intereses de los muchos.

Una vez sorteada esta barrera, cuando se logra, el imperativo de la buena presencia se mantiene. La buena presencia que además requiere la perpetuidad de la distribución del trabajo por géneros, en tanto, que el engorde y desarreglo que significan algunas rutinas sólo suelen ser paleadas por el apoyo amoroso de una madre que cubra los roles tradicionales.

Es entonces una elipse injusta que todos pasamos por alto como si se tratase de una cosa natural. La buena presencia, en el país del Miss Venezuela, es la locura de la cirugía plástica, del presupuesto personal en estética, de los biopolímeros desesperados y tiene como las injusticias la facilidad de ser invisible.

Hace un par de años, en el corto tiempo que soporté ser abogada en ejercicio, presencié esta situación repetirse en las entradas de los tribunales. Todas las casas de justicias son templos del infortunio y allí, asisten desarreglados los más descamisados de la historia y del presente. Señores de cuerpos obreros, de manos sucias, de frentes sudadas, con las franelas misteriosas que se elevan al nivel del ombligo y dejan ver la puntita que luego es alcanzada por un pantalón sujetado en heroico equilibrismo. Esos señores, portadores de los grandes problemas acuden a esos mundos de chaquetitas azules y zapatos cerrados que son los tribunales.

Más de un encargado de seguridad, alguaciles por lo general, solicitan del justiciable –título por demás horroroso- un arte de magia pues pretenden que las franelas que difícilmente llegan a la correa sean metidas por dentro de los pantalones. Un espectáculo para el show de la miseria es aquella franela aguantando la respiración para agarrarse de los bordes de la correa.

¿Es esto una situación normal? ¿Es esto tolerable? En mi opinión es una barrera enorme que anuncia lo poco y mal que es bienvenida la gente en los palacios de mármol y escáneres que son las casas de la justicia.

En algunos lugares, notablemente en los Estados Unidos, se viene hablando de algunas formas de discriminación que existen solamente referidas al peso. El tener obesidad es una causa invisible por la cual las personas son cotidianamente discriminadas.

La obesidad tenida como el paradigma del descuido personal y con caso omiso de las causas psicológicas, médicas o sociales que pueden ocasionarla genera otras tantas millones de injusticias que son invisibles. La primera, es la inexistencia de objetos adaptados a las dimensiones personales que se corresponden con las de sectores crecientes de la población mundial y nacional.

¿Las sillas del metro?, ¿las butacas del cine y del avión? ¿la variedad y calidad de la ropa? ¿los precios de la ropa? Esas son parte de las peripecias adicionales que sufren las personas en virtud de tener una condición médica como es el sobrepeso.

Pero ahora, una podría preguntarse e invitarles a que se pregunten de qué se sostienen estas injusticias invisibles y en ellas encontraremos como para mantenerse vivas las injusticias dibujan sobre sus víctimas la vergüenza y el complejo. La destrucción del concepto propio, la naturalización del hecho injusto, la relativización al otorgarle los avales culturales. Son miles las trampas que los sistemas diseñan para mantener a las personas sometidas.

Sin embargo, la historia así lo enseña, llegan los tiempos donde la gente cansada de ser negada toma para sí su propia conciencia. Se resiste al hecho de tener que desgarrar sus rulos a punta de calores y de químicos. Se resiste a tener que descapitalizarse para satisfacer la imagen de la empresa. ¿Lo hemos visto? Las personas deben respetar los códigos de imagen de las empresas.

Somos personas cosificadas para que las cosas tengan rostros humanos. ¡Vaya la humanidad y sus absurdos! Fin de esta idea.

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