El crimen más grave

Cuentan que el antiguo Derecho Penal conocía el crimen político, el delito de opinión y hacia del ser corporalmente ajeno a la clase dominante un delito; aquel de ser vago y maleante. Cuentan que de ser un infortunado espermatozoide aquél que llegase al ovulo, no negociado como propio en matrimonio, se nacía bastardo y se sufría la infamia eterna. Lo que no cuentan, es que aun por los parches que le hemos puesto en las leyes, en los discursos oficiales, retrogrados sectores de nuestra sociedad siguen pensando igual.
 
Especialistas en el doble discurso, la manipulación y la sinvergüencería, gritan y gritan para clamar el privilegio para que sus niños blancos nunca sean culpables de nada. Disparan a mansalva contra los morenos que les pidan algo. Explotan a la señora que trabaja en casa. Justifican como hienas la tortuosa muerte de Robert Serra sometido a un asesino a sueldo que lo mató por hablar y por saber, que en su cuerpo reposaban esperanzas de futuro. Pero esto no se acaba allí. Sentida como estoy, de ver al camarada cubierto de su sangre, sometido al irrespeto de su vida, al desgarro de toda su dignidad, me he limitado en decir verdades objetivamente comprobables. En el pasado, mataron a Fabricio Ojeda, quien fue diputado pero no era al momento de ser asesinado. También a Delgado Chalbaud, entre ser y no ser candidato a la Presidencia pero que no lo era.

Así, en nuestra historia nunca nadie había dado muerte a un Diputado en Ejercicio. Como Diputado, era miembro de la Asamblea Nacional, principal Poder Público del Estado. Era poseedor de inmunidad parlamentaria y depositario de las voces de una comunidad. Objetivamente, penalmente, el homicidio alevoso de Robert Serra es el delito más grave de nuestra historia republicana. Eso no lo digo yo, lo inventó algún italiano que escribió el Código Penal base del nuestro.

Decir la verdad, tan sólo referir las leyes es para algunos el peor crimen que puedes hacer. Así que de la palabra echada como ordenara Alí Primera a una le contestan llamando a Robert Serra malandro y a una cómplice de “sus asesinatos”, llamados sin pruebas, llamados de ruido y rabia como siempre que oponen a hechos y letras.

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