Mujer y Guerra Económica.

Mujer-medusa1Un rosario de excusas es recitado por empresarios que, ante sus acciones sin escrúpulos, han sido visitado de forma creciente por el Estado, así, casi cantando una canción de Ricardo Arjona la conclusión parece ser que el problema es el problema. Pues, ante el caos ya creado –de no distribuir normalmente hasta el beneficiario final- esgrimen que les da terror poner “la mesa en su Santo Lugar”. Esta guerra, que dispara a mansalva y que hiere, la normalidad psicológica y social del país tiene una víctima favorita, a quien, de triunfar sus intenciones –al menos parcialmente- le estarán robando parte de las conquistas de los últimos años. Esto, porque la guerra económica le hace más daño a las mujeres que fuera de la esfera pública siguen siendo las principales responsables del hogar y que, en un número no despreciable, afrontan de manera individual la carga familiar. Así, todos los productos que escasean que no afecten indistintamente del género a las personas –comida, bienes y servicios de limpieza personal- son productos femeninos. ¡Que decir sobre el drama de peregrinar buscando bienes de higiene intima, que es un tema tabú en esta sociedad misógina! Y como explicarse sino en las ganas de molestar en el país de la “belleza” una realidad sin tintes de pelo, esmaltes de uña o removedores de pinturas. Esto, en mi opinión es la entrada del problema. El centro está en el tema de exigir esfuerzos descomunales para conseguir todo, en cantidad y frecuencia normal. Puesto que, esto visa a mujeres que, trabajadoras o no, viven al asecho de farmacias y automercados, exponiendo incluso sin pensar mucho en las consecuencias, los puestos de trabajo que se abandonan al rumor “hay leche”, “hay pañales”

Sin embargo, como muchos intelectuales lo han afirmado, la fuerza de los opresores se alimenta en buena medida de la complicidad del oprimido y en esta materia muchas imágenes que se han vuelto cotidianas, son altamente desmoralizantes. La principal, es el proceso de manipulación e infiltración que, explotando las fallas inexcusables del gobierno, ha logrado la guerra económica en la mujer indígena que llena los Estados fronterizos liderando las acciones de extracción  y contrabando excusándose en el rechazo muchas veces mayor que sufren las acciones de orden público cuando son dirigidas contra mujeres. Acompañada de un grupo, para mí indeterminado, de mujeres que promueven y apoyan el saboteo protegiendo los derechos de quien le explota y comprando la idea, de que de hacer su trabajo su estabilidad económica se arruinaría. Es decir, defendiendo que los mecanismos de presión al gobierno y al pueblo son legítimos ante la vil intención del Estado de limitar las ganancias de quienes no aumentan sus salarios.

No tengo la fecha exacta desde la cual se hizo notorio que la producción, la distribución y la comercialización de bienes y servicios estaban siendo objeto de acciones terroristas. La certeza de que esto venía y sería cada vez más fuerte ya lo había anunciado el Presidente Chávez, sin embargo, mientras por trabajo y estudio, me acerco más al tema se me hace imposible no asociar las fechas de la agudización con la adopción del nuevo régimen del trabajo.

Recordaremos que para aquel momento, con el cual avanzamos en dos conceptos centrales: el segundo día de descanso obligatorio y los consejos de trabajadores, amanecieron una cantidad de empresas cerrando o limitando sus servicios. Recuerdo en especial, el caso de MRW que empezó a no trabajar los sábados y a tardar dos o tres veces más con cada encomienda.

En tal sentido, si la especulación es el látigo con el cual el capitalista se asegura mantener la distancia de clases y riquezas con los obreros, la mejoría de las condiciones del trabajo es ensimisma un problema para ellos. Por ello para mí, la guerra económica debe empezar a verse como lo que es la guerra a las clases tradicionalmente oprimidas, principalmente obreros y mujeres, y peor, mujeres obreras.

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