Seis de Derecho y Meditación

Como siempre,

A mi papá.

 

Si a algo me he acostumbrado es a tomar todo momento de cambio en mi vida para escribir. En esta semana que se cumplen seis años de mi graduación de abogada –al ser los doscientos y tantos años de la Federación- me propongo hacer una disertación que refleje lo que ha sido el matiz que a aquel título le ha dado el estudio, la docencia, el ejercicio, la relatoría, la asesoría y hoy, más recientemente la consultoría. Sin embargo, mal entiendo el papel del jurista y la suerte de sus conocimientos en el marco de la abstracción y la exegesis. Pues el derecho es un hecho social, es cultura reglada y de regulación y el jurista es filosofo de lo cotidiano tanto como el abogado es el médico de lo social.

Esta reflexión debería partir de números exactos. La verdad no los tengo conmigo. Desde la facultad han pasado seis períodos legislativos, que pienso, en balance han arrojado unas veinte leyes cada uno y dos habilitantes, estas importantemente más numerosas. Este universo del nuevo derecho, está compuesto principalmente por leyes especiales por lo cual alguno podría anotar que en lo esencial el derecho no ha cambiado. Pues seguimos bajo el imperio de los mismos códigos: el civil, el penal, el de comercio. Sin embargo, un número muy importante de estos actos son leyes orgánicas y muchas parecen ramas que dispersas surgieron alrededor de estos códigos por lo que la lectura del derecho pudiera resultar sumamente difusa o incluso condicionada en función de la ideología o del interés para el caso concreto del lector.

Pongamos que hablamos del comercio. En efecto, tenemos el mismo Código de Comercio tan sólo con algunos parches de inconstitucionalidad. Con su sistemática exposición del acto y su definición derivada de comerciante. Con su registro y su letra de cambio, con su quiebra y estado de atraso. Esta materia constituye uno de los deleites de mi facultad cuya consulta me recuerda la voz extraordinaria de Beatriz Palmer. Sin embargo, al lado de estas normas, está construido otro derecho. Uno que mal –o nada- se estudia en nuestro limitado mundo académico: aquel del precio justo o de los derechos socioeconómicos.

Hay en esta integración mil cosas fascinantes. Hay lagunas, contradicciones, espacios vastos para interpretar. Hay quizás el nacimiento de un nuevo comerciante o el llenado de los espacios que dejó un viejo legislador que tan sólo lo delineó. Pues el panorama se presta para el interrogatorio: ¿es lo mismo un comerciante que un sujeto de aplicación? Si lo fuese ¿por qué no se usó el mismo término? ¿Es el fin de la sacrosanta separación del comercio, la industria y el agro?

Quizás, para cualquiera salido de alguna buena escuela la respuesta debería encontrarse en la exposición de motivos, y, en especial en las disposiciones derogatorias. Pues la verdad, los primeros rara vez acompañan los textos publicados porque la normativa parlamentaria tan sólo la exige para la primera discusión y los diarios de debate o informes para la segunda discusión suelen guardarse bajo estricta reserva, y, muchas derogatorias son más automáticas que reflexivas. En consecuencia, nuestro derecho es un compendio de leyes que exigen con urgencia a los abogados que  las transformen en doctrina.

Nuestra doctrina es una de esas cosas tristes. Libros nuevos hay, no muchos, sin duda no suficientes y además de la infinita reproducción de textos que tan sólo se han convertido en clásicos porque no hay quien diga-escriba-publique (según aplique) otra cosa, los textos de derecho están más cargados de subjetividades o de aventuras comparativas que de reflexiones sencillas sobre normas que hay o que necesita nuestra complejidad.

Ahora bien, el derecho que es aquella cosa compleja de definir. La palabra que encabeza un organigrama que diferencia el sentido subjetivo del objetivo; el jurídico del sociológico. Es una cosa que sirve y se usa de maneras distintas en cada uno de los roles en los que uno se sirve de él y esperando tener su venia les comparto como ha sido nuestra convivencia.

A desalambrar, la vida privada del Presidente

  1. El derecho y la prensa.

No pretendo llevar mi reflexión sobre el mundo de la libertad editorial. Para eso hay mejores espacios. Me refiero a mi experiencia usando las pequeñas ventanas que amablemente me han brindado los medios impresos en lo que siento una cruzada personal que inició en la primera semana que tuve el título.

Sin duda, las leyes nuevas y viejas serán buenas o malas para algo y para alguien. Creo que desde finales del siglo XX nuestras leyes tienen una epidemia de derechos. Ese es el tema que de una u otra manera todas quieren lograr. Sobre todo desde que se volvió un uso decir “el desarrollo de los derechos consagrados en la Constitución” es impresionante como desde la normativa orgánica hasta la reglamentaria; la general a la particular; la tributaria o la penal, todas usan esa frase. Sin embargo, la gente, ese cúmulo incierto de millones de personas sigue viendo tan sólo rara vez las Gacetas Oficiales.

Entonces hace unos años que pensando al abogado como aquél medico de lo social sentí que si uno sin información mal puede decidir si operarse o tratarse, mal saben miles de personas  sin información directa si ir a un juicio, transarse, retirarse o esperar un despido.

Las notas jurídicas para el gran público en Venezuela son mucho peores que la doctrina. Son primeramente rarísimas, luego, sólo aparecen cuando la moda es atacar o defender una ley o un decreto y se limitan a copiar los artículos que a nadie le importan, pegados en orden incierto con opiniones de gente que parece nunca haber leído aquel texto.

Esto, es sencillo. Si usted le da a un periodista una ley, este copiará el objeto y la estructura y aquel título que le pudiese interesar. Hasta allí llega el asunto. La única excepción será copiar aquel artículo que a su parecer importa. Así, aislado en un cuadrito de color.

Ahora tome a un abogado y dele la misma ley. Nunca verá ninguna de estas partes. Por lo tanto, aquello que puede ser el derecho o la sanción, la regla o la excepción no saldrá a lenguaje común, al día a  día.  Sirviendo a aquel coro fatídico de afirmar de cualquier ley, en cualquier momento y contexto, es “letra muerta”.

Ese ha sido el marco con el que desde el 2009 he mantenido una excursión en el mundo de la opinión pública, manteniendo la idea de ver germinar en algún momento en alguien la urgencia que es para la ciudadanía sana la alfabetización jurídica, como paso al real protagonismo y liberación de “zamuros y leguleyos” que tan magro favor le hacen al pueblo y al derecho.

  1. El derecho y la docencia

Creo que al decálogo de Couture le faltó mencionar la importancia que tiene la docencia para el derecho. Eso si es que la docencia no es la forma sistemática y permanente de estudiar que él considera es la primera obligación para el jurista. Ahora, en el núcleo del problema está determinar que debe enseñar a un público de futuros abogcheaney53ados, o, de ciudadanos quien pretende hacer del derecho su razón de ser. Si la respuesta automática es la ley, me he convencido que lo único que importa transmitir es el razonamiento. Esta idea la tomo de una metáfora de Lon Fuller quien asimila la relación del abogado y del lego con el clima.

Siguiendo su pensamiento, quien forma un abogado debe enseñarle que su función no será sentir el clima (el derecho) ni sus elementos (el Estado o la sociedad) sino aportar instrumentos que permitan la salida pacífica a las controversias y la distribución justa de las cosas.

Enseñar derecho además en tiempos como estos es un reto doble pues los escenarios se dividen con frecuencia en quienes estudian derecho para tener argumentos para odiar al Estado y quienes asisten para transformarse en el Estado. Allí, creo que para quien aspire a enseñar derecho hay dos máximas; enseñar a problematizar y hacer del aula parte de la sociedad, y elevar como centro de su clase –porque para mí no hay axioma superior- la dignidad, que acarrea el respeto, la tolerancia y la pluralidad.

  1. El derecho y los tribunales

1281406736561No hay mejor escuela para un abogado que un Tribunal. Allí se aprende que los abogados somos mancos. Pues no sabemos sino decirle  a otro como se hacen las cosas porque sin expediente no hay decisión y en ella reposa el derecho. ¡Si, leerme diciendo esto, admitiendo que Cossio tenía razón y separándome de Kelsen. Eso, es el tiempo que pasó!

Un abogado sabe que el archivo es el centro de toda la verdad jurídica, que el archivista es un pequeño procurador porque guarda todos los intereses del Estado en cada una de las carpetas y que detrás de las grandes decisiones hay miles de actos de rutina que al faltar cualquiera se acaba todo.

El derecho es entonces ese lidiar de gentes con posturas contrarias, con sus truquitos y favorcitos. Ese expediente en el que para llegar a la razón jurídica hay que excavar la explicación sociológica y la cultura local. Es el silogismo que ubica la majestad del derecho no en cuan bonita es una silla sino en superar las limitaciones materiales, presupuestarias y muchas veces de formación y vocación.

Cuando uno pasa por un tribunal entiende que el abogado está siempre en el borde de lo bueno y de lo malo porque allí habita lo justo. Que lo justo no siempre es un concepto neutro, que repetir el “dar a cada quien lo suyo” intenta poner el dedo para tapar el sol porque entre lo “tuyo y lo mío” hay divorcios, homicidios y quiebras.

Entonces si el abogado es capaz, con sus propios errores, de tomar estas situaciones de insertarlas entre la teoría y la sociología podrá ver en el tribunal y en las normas una microfísica de toda la sociedad, incluso de las grandes cuestiones políticas de un mundo donde toda la riqueza ya fue repartida y donde la pregunta “que es tuyo, que es suyo” lleva necesariamente a empoderar y desapoderar.

  1. El derecho y la legislación

Reglamento-administrativoCuando pasa un tiempito uno se olvida de esas largas horas de escuchar las fuentes del derecho y nuestro particular juego de “el huevo o la gallina” que es la relación de la legislación y del derecho. Para no olvidarle conté con la suerte particular de vivir la Asamblea Nacional y no desde la escena donde la gente se grita y se para; se sonroja o se sulfura, sino desde la construcción normativa.

La verdad es que es una maravillosa cosa que el derecho no lo hagan los abogados sino la gente, sus traductores –con mejor o peor sintonía- que son las Asambleas porque nosotros solemos arrogantemente ignorar que para la sociedad el derecho es un servicio  y no una obligación.

Ciertamente, algunos habrán objetado ya mi afirmación y  tendrían muchos autores que citar pues me viene una decena de ellos que afirman que no hay sociedad sin derecho o por lo menos no hay Estado sin él pero la humanidad necesita agua y pan para vivir, no necesita a ese nivel al derecho y mucho menos a los abogados.

Ahora, los abogados somos violentamente separados de los procesos sociales por universidades que nos estilizan. Nos convierten en seres golpeadores de mesas, adictos a vocablos complicados, a las corbatas y a los estiletos. Los abogados somos responsables por nuestra falta de actividad al no acompañar oportunamente las exigencias sociales de nuevas reglas de juego.

Para justificarlo hemos escrito libros. Hemos simplificado cosas y así, como catequesis repetimos “la sociedad avanza más rápido que el derecho” pero ¿eso no es en definitiva admitir que para ser, la sociedad no nos necesita ni requiere tan urgentemente la materia de nuestra faena?

Claro alguno podría decir que movimientos de izquierdas y de derechas tienen sus abogados. Esto es cierto pero basta mirar con qué rol asumen unos y otros esa función: los abogados somos sembradores de semillas nuevas en materos viejos, castradores de saberes ancestrales y populares, enredadores de lo sencillo.

Recuerdo vagamente que alguien dijo que si alguien quiere hacer de un problema algo eterno basta con llamar a un abogado, la verdad, es que en la creación del derecho no tenemos el rol muy definido y creo que es por eso que cuando alguna rama logra nacer pese al cinto de castidad somos incapaces de entenderlo y furiosamente gritamos “¡inconstitucional! ¡imposible! ¡absurdo!”

Aquí vale aclararlo. No planteo que todas las normas sean buenas por ser nuevas ni que son malas todas las viejas. Creo que sufrimos de una pereza colegiada que ahoga los intentos de ir más allá. Confieso también que sufro ante la poca originalidad con la cual nos quejamos o defendemos las nuevas leyes, devela en buena cantidad nuestra aversión a estudiar que no es un mal que poseamos en exclusividad, porque hay que admitirlo a quien no le han dicho “es que en derecho hay que estudiar mucho porque ¡zas! Una nueva ley y hay que volver atrás”.

 

  1. Derecho y procedimiento

carlosdelgadoSi alguna cosa elevó mi reputación en la Universidad del Zulia fue la devoción que profesé desde la teoría general por todo el derecho procesal.  Aquella era la única rama que hubiese dicho en la facultad que podría haber estudiado en posgrado porque no entendí sino ahora que en mi primer aula de procesal, la que impartía Carlos Delgado Ocando encontraría las claves con las cuales me hice abogada, luego Magister, luego relatora y finalmente consultora.

De aquellas clases, de Oscar Von Bulow y Calamandrei, del Código de Napoleón y el Código de Procedimiento Civil aprendí fundamentalmente la noción de debido proceso, de jurisdicción, de acción y de pretensión. Conceptos centrales que a algunos les faltan, que otros confunden y que unidos estos dos grandes cúmulos de colegas al no aplicarse le hacen un daño terrible al derecho.

Mi querido Federico Fuenmayor resumió una conversación hecha a lo largo de encuentros de minutos cada tantos meses en una frase que me resultó cautivadora “no le hagan daño al derecho” como una especie de súplica al cúmulo de personajes que pueden ser jueces o litigantes, venezolanos o rusos, que ejercen el derecho con desdén.

Este es un punto neurálgico en mi opinión para todo el devenir del derecho pues este incluso es superior a preguntarnos o atacarnos porque las leyes sean buenas o malas. Pues para dirimir cualquier conflicto sobre la norma o su aplicación el correcto seguir del procedimiento es la única solución jurídica.

Giselle Halimi, lo plantea con extremada claridad cuando afirma –palabras más o menos- que hay que hacerle el juicio no sólo a la gente con la ley sino a la misma ley y denunciarla si esta es contraria a los intereses superiores del sistema jurídico. Aquello sólo es posible si, en todas las instancias el procedimiento se cuida, en base a las premisas de equidad, transparencia y eficiencia.

Pero ¿cómo se hace el procedimiento en medio de una estructura colapsada? Detrás de cada acto de debido proceso debe haber un sistema humana y tecnológicamente suficiente para llevarlo como medio de garantías particulares y colectivas. Nuestra realidad en demasiadas instituciones es precisamente que puñados de personas intentan nadar en millones de causas y se aíslan en una silla tan alta como la del rey en El Principito y mueren de asco, tristeza o alergia antes de poder cambiar alguna cosa.

Pero cuando entonces ese sistema es finalmente inyectado, de tecnología y personas, caemos frente a las lagunas de una generación perdida entre el derecho estudiado y el derecho vigente; el rol del Estado y del ciudadano y en el fin, cual es la función que el procedimiento tiene en el derecho y que el derecho tiene para a gente.

Esto de la falta de claridad y de interés en los abogados es algo a considerar. Pues demasiadas veces abogados en sus roles privados miran con reproche a quienes trabajan en cualquier organismo público –incluso sin importar quién sea el gobernante que encabece- pretendiendo ser superiores.

Sin embargo, cualquiera que haya estado en el rol de rector de procedimiento administrativo o de parte de un tribunal habrá pasado ese momento en el que quiere tercerizarse y demandar al abogado por falta de probidad y de pericia, o, abuso de desinterés.

  1. Derecho y esperanza

Si para el siglo XIX la ley era la mayor muestra de progreso, el siglo XXI donde la tecnología nos arropa, es de los tecnólogos e ingenieros casi la total responsabilidad de dibujar el “mundo nuevo”.

Por lo que podría ser válido preguntarnos para qué sirve ser abogado. La verdad es que sigo pensando y más cuando me convenzo que el derecho es un servicio que el abogado tiene un rol que cumplir en todas las fases y funciones del mundo jurídico también comparto la certeza que toda teoría y toda práctica se encuentra al comienzo o al final con ley, lo cual en un país donde se forman más abogados que médicos, debe reconocerse que hay un acuerdo social tácito al respecto.

Para un abogado de mi generación en este momento y en este país, hay responsabilidades y liderazgos por ser asumidos. Voces que han de unirse a la construcción de la nueva realidad jurídica y los posibles imaginarios jurídicos que de ella se derivan, la reflexión sobre tantos problemas que nos agobian que esperan por mejores soluciones legales que deben sobretodo procurar que sean aplicables, controlables y continuables.

Esto creo que en definitiva es algo que aprendí de mi padre. Toda la esperanza del derecho se encuentra en las aulas porque en todo el resto de los escenarios la abogacía es un mundo de tensiones y contrastes, sólo formándonos y reformándonos podremos hacer del derecho el idioma de la justicia.

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