El derecho como neutralidad

14505_buscar-a-un-abogadoPor alguna causa e interés hay quienes presentan la idea de que en algún lugar y tiempo el derecho puede ser neutro. Su neutralidad se llama técnicamente imparcialidad o con algunos otros términos asociados como objetividad.

Para conseguirlo, rezan, el derecho ha de huir de la casuística, ha de abrazar la permanencia y así pues como si en el que nada cambie no hubiese una implícita decisión política pretenden con simplificaciones y abstracciones pensar que el derecho no es la ciencia y el arte permanente de decidir cómo se dividen –o reparten- los bienes escasos y esenciales para la vida sino un sistema binario de “justo/injusto” “legal/ilegal” “valido/nulo”.

En un mundo ideal, donde el agua fuese un recurso renovable o las tierras abundaran sin que nadie hubiese ido a su conquista, la tarea del derecho estaría igual cargada de decisiones que si beneficiasen a alguien, perjudicarían al otro.

Tristemente para empeorarlo, la realidad es más compleja pues, ¿cómo se hace el equilibrio en un mundo interdependiente? ¿donde la comida del uno es la mercancía del otro?, ¿dónde la aspiración de ganancia se vende bajo la falsa premisa de que mientras más se gana más trabajadores se contratan o a estos se les dan más beneficios? Cuando en realidad, la economía sirve para certificarlo, cuando se gana más es porque se ha explotado más al trabajador y por su tiempo se le ha dado menos.

Algunas personas, abogados entre ellos, han venido con esto abriendo una zanja peligrosa pues a ninguna corporación puede negársele que deriva de la humanidad, que tras ella hay quienes tienen derechos y deberes pero no puede ponerse esta figura derivada al mismo o mejor lugar que el humano en sí mismo. Esto porque siendo uno, una creación humana, el otro es EL ser, titular exclusivo de la dignidad.

Así las cosas, tras los intereses de algunos no hay otra cosa que las necesidades de los otros. Por ende, las decisiones solo pueden ir entre esos extremos. El interés de vender o el derecho a comer, el derecho a la propiedad o el derecho a la vivienda. ¡Qué cosa sería si el asunto fuese distinto! Si el derecho se pareciera un poco más a lo que plantean los libros, donde el rol de ser boca sirve y no es el pensar la única herramienta, donde no hubiese siempre uno frente a otro dos sujetos halando una elástica.

Como eso es así y algunos de los sujetos que escribieron doctrina y legislación lo sabían, la idea del debido proceso se volvió central para el derecho pues hay que motivar el por qué se escoge a una de las dos partes y hay que poder unir la opción con las causas y motivos que fueron considerados fundamentales.

Así, el derecho es la parcializada decisión de optar primero por el agua sobre el desarrollo, por la comida sobre la libre empresa, o al revés, pero no es nunca un ejercicio neutral confiado a señores dueños de una consciencia superior, o, tocados por algún tipo de deidad.

Así las cosas, las jornadas de un jurista no son aquellas horas donde lo hermoso priva y es fácil de distinguir, sino un hacer igual de complejo que el de crítico del arte que verá en lo humano lo bueno y lo malo, con todas sus anchas y peligrosas zonas grises. El derecho es un arte de dificultades y se aleja del recital irreflexivo de normas inconexas que se encuentran en los discursos de las posturas automáticas. Allí su encanto y su maldición.

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