Mi Chavez personal

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Yo no tenía previsto no escribir. Pensaba que si evitaba enfrentarme a la hoja podría pasar la página. No tener este nudo en la garganta cuando recuerdo aquella noche. No la tarde del cinco sino la noche del cuatro, cuando en los ojos tristes de Ernesto comprendí que era tiempo de estar listo. ¿Quién es este señor que movió nuestras vidas? ¿quién fue ese padre de café que nos quiso? ¿quién es aquel, que cuando niña vi en el Margarita Hilton y salí a esconderme? Ese es Hugo Chávez, el único nombre que he considerado seriamente tatuarme alguna vez.

Mi historia de Chávez no es mía. Es la historia de una generación que escuchó su voz. Una, que tuvo la suerte de tenerlo hasta verlo mover las fibras de los más fuertes y que estuvo esa tarde, esa noche en Caracas y los días siguientes. Una que abrazó a un soldado desconocido cuando la vista ya veía lo increíble, con cientos de flores encima, venía acostado el invencible.

Quizás valga para el futuro contar mi historia con Chávez y hacerlo de atrás para adelante. Era la mañana del 5 de julio del 2012 y Chávez acudía al acto solemne del día de la Independencia. Me había despertado temprano, me había puesto un vestido y unas medias y había llegado a Capitolio. Repleto de gente en cada esquina, con franelas rojas y consignas, fui como pude penetrando aquella marea hasta llegar a la puerta del Ala Norte de la Asamblea Nacional.

No era la primera vez que, cortesía de Fernando Soto Rojas, podía ver a poca distancia a Chávez pero esta, entré a escucharle. Llegué tarde y pasar era difícil. Habían varias colas para entrar y mi voz se mezclaba con lo mal que se me da hablar con uniformados pero, un seguridad del Palacio me hizo un hueco y llegué a sentarme en primera fila del primer balcón, allí cerquita.

Abajo habían personas queridas. Estaba Piedad Cordoba, estaba Melenchon, creo que Buen Abad y algunos seres envilecidos que la maldad histórica llevó a diputados y yo estaba sentada con los funcionarios legislativos. Poco después entró Chávez ,  tenía poco pelo y se veía gordo,  pero era él. Lo sabía antes de divisarlo porque antes había quedado enloquecida de la capacidad que tenía él de llenar el espacio, ese magnetismo que habría las aguas de gente y llevaba a la risa, a la seriedad o al silencio.

Era él, justo allí sentado. Yo perdí completamente la cabeza. Yo perdí completamente la etiqueta. Me olvidé de mi vestidito negro y del carnet al cuello y empecé a gritarle la consigna que veníamos cantando tantas veces “¡Aquí está, esta es Juventud del PSUV!” Chávez en algún momento miró y lanzó un beso. Sé que pedía la calma y yo desordenadamente me esmeraba en gritarle más. Algo me llevaba a repetirlo. Quería y sentía que allí estábamos, las generaciones que él creó. Entonces me vi y vi ese edificio.

Me vi en una de las ciudades más violentas del mundo y en una donde conocía extraordinariamente poca gente. En un cargo que cualquiera mataría por tener y todo venía de lo mismo: sentía que había llegado para cumplir y escuchaba continuamente esa canción cuando me daba miedo “yo me voy con los muchachos, carajo, a hacer la Revolución” y nos fuimos, sentados en los espacios que habían permanecidos secuestrados desde la Independencia simplemente para ser, lo que Chávez había hecho con nosotros: turpiales en vuelo.

Ese cinco de julio, era la segunda vez en un año que veía a Chávez tan cerca.  Fuera de los actos de masas, vi al Presidente en su mensaje anual de la Nación, ese donde lanzaría la frase “águila no caza mosca”. Era un revuelo muy grande aquella mañana la Asamblea Nacional, habían bailarines ensayando, Cristóbal Jimenez se preparaba para joropear, las cámaras de prensa se amontonaban en el segundo piso y éramos unos cuantos que quedamos sorprendidos de su inhabitual puntualidad.

Así pasó, de la Presidencia a la escalinata al Patio de la fuente al Hemiciclo Protocolar. Poco antes una gente de su despacho preguntaba si alguien tenía una carta que entregarle y todos corrieron a buscar un papel y un lápiz. La gente pedía de todo, por pedir, por jugar. Nosotros tomamos un cuaderno y escribimos “Te queremos Comandante, cuente con nosotros” No pedíamos nada pero tampoco decíamos nada. No había como adivinar que su energía infinita se eclipsaría tan pronto. No había manera de saber que nos llamarían luego, preguntando que era eso, y no era nada sólo un “pa’ lante Comandante”.

Hay quienes pueden no entender esto, en Venezuela más de uno desde su racismo me han argumentado un par de veces que yo no tengo el tipo básico de chavista. Que mi color no combina con el rojo, que mi currículo no va con esa “chusma” pero una tiene sus causas. Unas son haber visto con los ojos propios la vida de la gente cambiar. Un viejo que decía “mija es que antes uno ni pa’ comerse la receta de las medicinas tenía”, los sectores más miserables ser cambiados por casas, la gente dejar de sentir la vida como castigo y querer vivir.

Una también recuerda como los flashes del primer momento. Mi primer recuerdo de Chávez fue en el colegio, la maestra, la misma que me convencía de que Dios debía quererme poco para haberme dejado nacer en este sitio que jamás sería bueno, le rezaba a todos los Santos que ese negro no llegase a Presidente.

Mi primer Chávez personal fue la Constitución. Una edición en papel periódico que me entregó mi papá. Yo tenía doce años y un resaltador para el derecho a la educación y los derechos de los niños. Recuerdo que mi papá se preguntaba cómo pasaría la Constituyente y a mí no me cabía en la cabeza que no fuera a ser esa la elegida. Mi primer acto de chavismo fue el 15 de diciembre de 1999, en una plaza de la República rodeada por carros con banderas tricolores: había nacido MI República.

Mi segundo Chávez personal fue el golpe de abril. Un cúmulo de escenas de terror que vi pasar entre la cocina y el cuarto repletas de escenas de los milicos de Altamira y el Carmonazo. La tarde entrada en la casa ya sola, partimos sin un rumbo muy claro. Las horas se volvían absurdas entre esperar y no saber. El 14 de abril con los  Cerros bajó Chávez y mi padre volvió a casa con mi madre. Mi segundo Chávez fue la resurrección.

Mi tercer Chávez fue la indignación. El sistema de educación clasista, vacía y triste de la Asociación Venezolana de Escuelas Católicas se perfiló en el camino del odio después de aquellos hechos. Sólo pensar distinto condenó a mi profesor de historia y a mis compañeros. A mí me costó la medalla del Colegio y la reprobación de la Profesora de Química “personas como tú son las culpables de que el país nunca vaya a servir.”

Entonces, yo no era mayor de edad y ya tenía tres Chávez. Con mi primer carro tuve mi cuarto Chávez que era la única voz que yo escuchaba por la Radio, al que veía reír todos los días y el que diseñó mi manera de hacer lo que siento que debo hacer.

En ese momento, Chávez se había dibujado como una figura de protección, como una capacidad de preguntar cosas y de querer cosas pero fue en agosto de 2004, con mis recién estrenados 18 años que de la pasividad despertamos con Florentino para vencer al Diablo. Mi primer voto pulsado con toda la fuerza que pudo caberme fue aquél “no”. A veces tengo la idea absurda de que la vida debió haber consultado también para estampar aquél 8 de diciembre un “por ahora y para siempre NO”

Creo que mi último “no” fue en la Academia Militar, era la madrugada de algún día de marzo y tuve delante de mí esa pequeña, sencilla y humilde caja. Miraba para todos los lados mientras me indicaban el camino. Ese patio no era un sitio para mí y lo pisaba. Esa misma energía me rebotó cuando vi esa imagen. Este mismo dolor y esas mismas ganas de decir “no”.

Un par de meses después en Caracas Rigoberta Menchú hablaba de Chávez y de la mitología maya. De cómo pasaría el tiempo hasta que su ciclo de viaje a la vida natural, superior, concluyese. Una sabe que negarse a lo que es no cambia gran cosa y que puede que en el mundo de las energías no sea lo correcto pero expone su humanidad como pretexto.

Venezuela es tan hiperactiva que apenas siendo electora me dediqué al chavismo que pinta paredes, corre marchas, escribe artículos, cuestiona medidas, intenta colectivos. De la Juventud Comunista cuadrada y cerrada, al drama de inventarnos la Juventud del Partido Unido de Venezuela.

“Batallón María Calcaño” conformado por dos estudiantes de biología, uno de ciencias políticas, uno de agronomía, un ingeniero, una periodista, un estudiante de informática, un pintor muy flaco y yo. De allí, a intentar recuperar un complejo social del que salimos bajo las piedras y los rumores. Luego a Cimarrón, luego a los Comando de Campaña.

A la fantástica aventura que empezó en el 2008, lograr la Enmienda Constitucional para que en el 2012 Chávez pudiera ser el Presidente en el 2013. Esas concentraciones, esos debates, esas consignas se irían conmigo todo el 2012, todo el 2013.

Para la campaña 2012, esa de Chávez otro beta, de Chávez el mío, de tú eres Chávez, se creó el Comando Carabobo. Caracas cerro adentro, Caracas siete avenidas, Caracas lluvia de San Francisco. Maracaibo caravana de la victoria. El Zulia se lo llevó Chávez. Todo eso como collage de emociones nuevas, viejas, eternas.

Cuando voté y cuando ganamos, lloré. Lloré al darle a votar recordando tres años de trabajo, casi cuatro. Esas elecciones eran posibles porque nos habíamos jugado la vida para la Enmienda cuando perdimos la Reforma. Esas elecciones eran la demostración de que Chávez tenía la fuerza de los huracanes, de los mamuts, de la misma vida.

Cuando una dice entonces, en aquellos espacios tan llenos de gente que calcula y cuadra sus apoyos que está allí como eso y para eso, como la Juventud del Psuv, como los que se fueron a hacer la Revolución, como los que dicen “ordene Comandante” una tiene muy claros algunos temas. Uno, que no es el chavismo ningún capricho ni una moda, sino la única manera de vivir para unos pueblos condenados a agradecer si les dejan subsistir.

Entonces una sabe que está para seguir. Seguir de pie con un pueblo que no se arrodilla, con uno que no descansa en su empeño de no dejarse arrebatar la vida. Por eso al día de hoy, Chávez es ante todo un tema de ética, quizás un “vivir para luchar, luchar para vivir”, un “piensa en el otro para ser tú”, “ama la tierra para tener país y ama el país para tener mundo”

Vivido como una vida dentro de mi vida, sentido como la sangre mezclada con mi sangre. Aquella noticia de su enfermedad en el 2011 supuso una transmisión de la esperanza. De ser Chávez nuestra esperanza pasamos a ser la esperanza de Chávez. De habernos construido en espacios donde poder izar las banderas de dignidad que habían quemado los que aman las cacerolas y vestir de blanco (o de negro) a defender todas las banderas que se encierran en un solo nombre. ¡Un solo nombre, carajo! ¡El de un padre al que le cupo en los brazos una generación entera!

No nos verás vencidos Comandante. No nos harán caer.

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