Pequeña historia para una América en Revolución.

Recuerdo claramente aquella idea de Foucault de que el poder y sus símbolos no existen tan sólo en la gran pantalla, en las elecciones nacionales o en los debates de las Asambleas sino que se van construyendo desde espacios tan pequeños como una cafetería una tienda. Así las cosas, con el tiempo, encontré a un Freire que lo explicaba en el campo o en la escuela o a un Sartori que lo hablaba desde otras escenas que se corresponden con lo que en Venezuela llamamos una historia de a pie.

En este momento, los últimos eventos nos ubican en la gran política, esa de los presidentes e incluso en una mayor pues los resultados de Argentina tienen en velo todo un sueño nuestroamericano. Uno, que no es otro que el de la gente de a pie, quizás eclipsada entre lo que es, lo que fue y lo que anhela ser, un tiempo que cabe en el verso de Benedetti, pues estas decisiones son las propias de un sector que “si escucha a un Hitler/medio le gusta/y si habla un Che/medio también” y que comienza a ser explicado por los referentes intelectuales de una era. Así, Atilio Borón desde su twitter latiga “Otra cosa para analizar: el papel pernicioso del internismo kirchnerista. Macri gana más por los errores del K que por méritos propios.”

Nuestro país, en puertas de la elección del primer Poder Público nacional, no está exento de estos fantasmas, muchos le son dolorosamente comunes, casi idénticos. Así las cosas, es importante considerar que la débil campaña política de la derecha parece apuntar a que nuestros errores son el caldo de cultivo de sus electores. Por ende, más campaña estarían haciéndole a la derecha los latigadores de trabajadores, los trituradores de utopías, los burócratas de contradicciones que las imprentas y las radios.

El internerismo kirchnerista, el perenne problema del “chavistometro”, las lealtades internas y sus fracturas, no parecen cosas tan distintas  y cualquier actitud que avive las contradicciones para separar no es tan sólo una traición al preclaro pensamiento del Comandante que llamó a mantener la unión sobre todas las diferencias sino un congelador para las intenciones de seguir adelante.

Sobre este punto, el de seguir adelante es Alfredo Mancilla quien desde España afirma,

“No vale la pena disputar el pasado, la clave está en el futuro. La campaña del miedo no es suficiente para ganar. La lectura hacia atrás no suma lo deseado. Las nuevas generaciones no saben qué es eso de la vieja y larga noche neoliberal. Otros muchos, que sí la padecieron, han naturalizado los nuevos derechos sociales y el nuevo vivir bien fuertemente sustentados en la mejora del consumo. No creen de verdad en que se pueda volver atrás. El cambio de época logró instalar un nuevo sentido común de irreversibilidad. A partir de ello, se trata de pensar el futuro. La construcción de expectativas es la fuente real para encantar a las mayorías; la fidelidad se sostiene con desafíos hacia delante. Scioli jugó más a atacar a Macri centrándose en la idea de la vuelta al pasado en lugar de buscar la manera de seducir al electorado con lo que se podría lograr en los próximos años. Macri hizo todo lo contrario. Evitó hablar del pasado proponiendo una narrativa esperanzadora, de oportunidades futuras. Esta es una lección para los procesos de cambio en la región: se precisa identificar las nuevas demandas de la ciudadanía para seguir avanzando. No sirve de nada viejas respuestas a nuevas preguntas” (Destacado Nuestro)

Esta explicación, del fracaso como estrategia de convencimiento  del recordar las cosas pasadas, ha de ser analizada. Porque ese tenebroso pasado felizmente ha sido establecido como un punto al que no se puede

Por ello, para seguir en Revolución debemos reconocer que vivimos un momento en el que mucha gente  no cae en cuenta de la gravedad de la crisis que vive, ni de la geopolítica demencial que hace innegable estar ante una nueva forma de Guerra Mundial.

Pues existe una generación que no cree en el fin del mundo del que se le ha hablado desde que nació, que no recuerda ese pasado difícil y que contrasta en la inmediatez, donde el pasado y el presente se confunden bajo las estrategias de marketing, al punto que podríamos citar a Buena Fe “le da lo mismo Barcelona que Moscú”

Por ello, la  actualidad de la democracia, aquella fórmula de gobierno de las mayorías que no tienen episteme sino opinión cae en una complejidad infinita que poco tiene que ver con los mitos de la prensa. Pues poca gente lee la prensa y se agota a la construcción de verdades sobre imágenes  o poco mas de un centenar de caracteres.

Por ello, estos son tiempos donde la verdad se agota a ser porque alguien lo dice, donde las cámaras cambian la realidad por la puesta en escena, donde las vidas no valen lo mismo, el discurso se vuelve aún más difícil de construir. Pues, la media está allí como un todo integrado de publicidades de productos que no existen, de tesis económicas extremadamente simples, de la cultura de la competencia rediseñada bajo las bondades del Photoshop.

La comunidad se desdibuja frente al fenómeno aislante e individualista de los teléfonos inteligentes que nos agobian y las calles se han cercado entre vecinos. Los medios para la defensa ante tal barbarie no son otros que reconocernos en resistencia. Es el gran capital el que decidió los resultados en Argentina y es el pana de Alvaro Uribe Velez el que ganó. Es Lilian Tintori, antigua imagen del deporte extremo, de la religiosidad del selfie, la que aparece en la tarima abrazándolo pero es la tienda y la escuela el campo de batalla.

Esa noche, que no fue por dolorosa una noche cualquiera, se caía sobre nosotros un escenario mal puesto, un maitre torturaba a un mesonero, la propaganda política en Venezuela hablaba de no volver a vivir la pesadilla, las calles ricas de Caracas hacían la fiesta y en los barrios pobres había silencio. Más que encuentro comunitario o militante, se colapsaron lo celulares. Por un momento, tuvimos una bocanada de espanto, en la cual la imagen de Chávez hablaba, de que las Patrias se construyen en presente y que en los detalles vive el diablo.

A la mañana siguiente, nuestra lenta manera de atender las solicitudes, la peleas internas de las oficinas públicas, todo parecía recordar esta apuesta. Este saber que la gente quiere reconfortarse en la idea que el presente no es tan sólo el legado hermoso de una buena década sino el punto de partida para pensar, quizás no tan sólo en mantener bajo el índice del desempleo sino lograr un sistema donde las riquezas se distribuyan para que ningún enfermo tenga que peregrinar por farmacias o rogar caridades privadas o estatales. Es pensar, que no tan sólo se construirán nuevas casas sino que desaparecerá el modelo de exclusión de nuestras ciudades burbujas, de nuestras carreteras donde parece que alguien lanzó una casa, sin escuela  y sin hospital.

¿Cuál es el anhelo de este pueblo, para digamos dentro de veinte años? Los discursos de Chávez, sobre todo los primeros siempre vinieron cargados de metas a futuro, sino los recordamos ¿Por qué habíamos hablado tantas veces del 2021?

A tan sólo seis años del tiempo que profetizó el Comandante sería la mejor hora, nos toca recuperar el impulso de la esperanza y el factor aglutinador que hizo, tan chavista a un soldado y a un trovador, que nos enseñó que en la Asamblea Nacional caben los campesinos, lo estudiantes, los médicos y los analfabetas; los ricos y los pobres. El sueño de país, en presente y en futuro. La Patria bonita de Chávez en presente, en hechos y en planes.

 

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