¿Por qué votar el domingo?

Presidente-Chávez-en-la-Asamblea-Nacional
“Patria o Patria venceremos, ya está escrita la historia.” Gino González

La Asamblea Nacional es en la estructura del Estado el primer poder. Esto, porque es la única representación suprema que se ejerce debatiendo y en colectivo bajo la promesa de que la selección de los diputados y diputadas es la radiografía exacta de un pueblo en sus intereses y necesidades.

Para la Venezuela bolivariana la representatividad es un asunto complejo pues forma parte de esas cosas que viven la crisis de Gramsci, pues la apuesta final es su sustitución por un modelo de participación directa donde Petra no necesite a nadie que intervenga para ejercer sus propios derechos y donde se vean con la misma claridad la Avenida la Lago de Maracaibo, la Calle Buchivacoa de Coro o la última callejuela de la Dolorita.

Sin embargo, esa Venezuela depende del trabajo y de la orientación que lleve su cuerpo parlamentario pues más allá de la relación que lleva con el Poder Ejecutivo y de los instrumentos legales que construye, la Asamblea Nacional es la casa de las grandes decisiones porque es ella y no otro quien  autoriza o niega aquello que se considera excede lo ejecutivo y lo judicial.

Por ello, los grandes juicios se autorizan en la Asamblea así como las representaciones internacionales, la paz o la guerra, el presupuesto y el endeudamiento. Por estas grandes tareas, es tradicional que los parlamentos sean por un lado inaccesibles a las mayorías, que ven coartada la posibilidad de convertirse en diputados pues para acceder a ello se hace imperioso reunir requisitos que incluso exceden la vida individual  o tener grandes cantidades de dinero, haber tenido honores o cargos,…, tanto como que sus intereses de “gente simple” lleguen a esos estrados.

Así las cosas, para que un parlamento hablara de mujeres y de indígenas fue necesario que pudieran llegar a él, mujeres e indígenas; que para que el agro fuera un tema más allá de un problema de normas técnicas se necesitó que los campesinos, con sus pantalones arremangados y sus sombreros pudieran también ser parlamentarios y así se construyó un modelo bolivariano de Asamblea que, magistralmente resumía Fernando Soto Rojas como el único donde podían sentarse antiguos militares y antiguos guerrilleros, compañeras del 13 de abril e indignos del 11 de abril. Uno que no tan sólo se parece a la gente y a su manera de llevar la vida en esta “extraña dictadura” donde todos gritan porque no se pueden expresar sino uno que ha sido vital para la estabilidad de esta República, que ha permitido esta historia.

Para verla, no soplemos tampoco tan fuerte, quedémonos en el duro año 11 donde el Comandante Chávez descubre y anuncia su enfermedad, lo que ameritaba que de inmediato lo intervinieran: fue la Asamblea Nacional quien lo aprobó; recordemos el terrible año 13 con la muerte del Comandante y la difícil hora de enero: fue la Asamblea Nacional quien permitió salir institucionalmente de aquel momento; miremos las ventanas desde las casas nuevas: fue la Asamblea Nacional quien las autorizó. Asiste a tu Consejo Comunal, denuncia la especulación, quéjate de un novio que te gritó o te robó: es la Asamblea Nacional quien lo permitió.

Esto porque la Asamblea es cuerpo vivo de desarrollo de un modelo de país y hermano silencioso de los grandes cambios. Su rol en nuestro régimen político mixto, a un paso del Presidencialismo y con rasgos parlamentarios, es aquel de permitir la estabilidad política. Por ello, existen juegos de contrapeso que pueden suponer un nivel de conflicto de poderes que dificulte que el Estado siga atendiendo, con Misiones u otras formas inmediatas, como el Gobierno de Calle las exigencias del pueblo porque tendría en permanencia la amenaza del poder parlamentario que podría incluso negar las relaciones internacionales que son vitales para Venezuela en el escenario de la caída de los precios petroleros, como en el que estamos y que pocos analistas ven posible superar en corto tiempo.

Por ello, más allá de un análisis técnico, es importante considerar que en esta situación para quienes militaron en el sueño bolivariano cualquier idea de voto castigo o de abstención no iría tan sólo a hacer eco de un descontento por las crecientes dificultades que vivimos sino que podría suponer empeorarlas.

Esto por situaciones a prever, como el carácter dinámico y de autorregulación que tienen los parlamentos y su posibilidad de llevar reformas incluso constitucionales que permiten a cualquier nuevo parlamento desandar no  lo que hizo sola la Asamblea sino un pueblo, que es la Revolución.

Porque una de las banderas que ondea orgulloso el modelo de país que dejó Chávez es el de tener la cualidad Estado de Derecho, sustentado en un sistema normativo que permite el empoderamiento del Poder Popular. Si desparecieran las mayorías parlamentarias populares, la agenda parlamentaria cambiaría e incluso en momentos de gran convulsión como el actual negarían cualquier posibilidad de habilitación al Presidente que es la única manera constitucional de hacer frente al deber de legislar sobre circunstancias en efervescente cambio.

Evidentemente, todos los analistas apuntan a lo mismo, estos años pesados y grises que han tocado vivir llaman a revitalizarnos, a ir a la apuesta originaria del Poder Constituyente, al pueblo contralor de la acción de gobierno y a no olvidar, que fueron los mismos males por los que hoy nos culpan, los que nos legaron los que con decadente sonrisa nos llaman a votar por un “cambio”.

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