Siete años empezando

Juro, dice Halimi, “como abogada, de ejercer la defensa y el consejo con dignidad, consciencia, independencia y humanidad” ese juramento particular de un abogado que, no es neutral me ha sorprendido cuando este fin de semana festejo un nuevo aniversario de ese día que, como quien compra una aspirina, retiré en la secretaría docente de la Universidad del Zulia mi título de abogada.

Este aniversario confluye con una situación que me divierte horrores, por primera vez desde los diecisiete años no tengo una idea muy clara de cuál será mi trabajo la semana que viene. Al dudar eso, uno se acuerda de otras cosas, como en esencia qué siente uno que es y cada vez eso me recuerda que entre muchas o pocas cosas, soy sobretodo una abogada que tiene como cliente permanente un sueño de país.

Ese sueño ha tenido nombres y etapas. La primera sin duda fue la gran decepción que significó para mí la docencia en las escuelas de derecho, esa, me desilusionó cuando yo apenas era estudiante y valió que pasara toda mi carrera queriendo retar mis instintos vandálicos (extremadamente pobres) para escribir en la entrada de mi facultad una advertencia que le recordara a todos que en esas aulas estaba prohibido pensar.

Pensar qué tiene que ver el derecho con la justicia no en bonitos aforismos sino en la calle. Pensar porqué vivimos en una sociedad absurdamente desigual y conflictiva. Pensar cuál es nuestro rol y el lugar que debemos ocupar. Siempre rechacé en aquel entonces todas las relaciones que vi de los estudiantes universitarios, el derecho y la política, porque sentí que en esa relación alguien siempre salía estafado y las pocas veces que me pronuncié al respecto lo hice sobre el sistema de recompensas y calificaciones de la Universidad que siempre me pareció y me sigue resultando hipócrita e injusto pese a que yo haya podido sino beneficiarme, adaptarme y graduarme con honores.

De esa época y todavía recuerdo el automatismo de pensar que las cosas están mal porque las leyes no se cumplen, como si estas fueran átomos que pueden separarse de la realidad y no una consecuencia de un sistema. El derecho así, se entreteje para que nada cambie o ilusiona para detener, contener o evitar los deseos colectivos más antiguos que son siempre los más presentes.

Con esa idea en mente, perfeccionada como pudo a lo largo del año siguiente, pisé los tribunales para convencerme que los abogados tenemos méritos para ser los profesionales más innecesarios para una país. Llenos de dudas, inspirados por el lucro o por cumplir la eficiencia ministerial, los abogados se asfixian entre clientes que poco conocen y de nuevo, la justicia se pierde en un sistema de relojes, jerarquías y acuerdos. Lo que no supe en ese momento fue lo importante que fue saberlo.

Pasé los años siguientes convencida que en el empeño y en la creación el derecho podía acercarse a la justicia como inspirada por la sensación que habían huecos a los que ponerle el pecho. Trajinando de un espacio al otro, sin medir. De la prensa, a la escuela y de allí a la política y al consejo. Todo, como una sola cosa, como si fuera eso toda la vida.

Y me encontré como tantas otras personas que despiertan dándose cuenta que para cambiar un sistema es necesario más que intenciones. Quizás, en resumen, la injusticia descubierta no conlleva por sí sola a la justicia construida y entonces, uno muere del espanto.

Abogados o no, el camino luce siempre lleno de baches y espantos. Las profesiones son diseñadas por ideas estructurales que siempre logran que las reivindicaciones no superen el mero particularismo. Querer un mundo más justo, no es un asunto de trabajo.

Las leyes que en sí mismas pueden ser buenas o malas naufragan en una realidad que las supera, que las ignora o que las observa por encima de sus preocupaciones. A todo lo bueno le sale algún defecto catastrófico y también hay optimistas del fin del mundo. Tres años haciendo leyes me sirvieron para entender que eran más útiles los reglamentos y tres años intentando hacer reglamentos me hicieron volver a la sensación de inutilidad que sufrí en los tribunales.

De vuelta allí, con una colección de artículos, de foros, de demandas y recursos, de leyes, de discursos. Con un centenar de horas dando clases, el derecho sigue pareciéndome algo que no termino de ver como si en realidad no es nada, como los sueños, si él sólo no cambia nada, como las intenciones, un juramento como el de Halimi. Una razón para leer y escribir. Una manera de intentarlo todo a cambio de nada, un espacio para vivir.

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