El poder de todos

periecos-5Erigida como la mejor forma de gobierno, la democracia es un concepto que se asemeja más a un mito que a una realidad para los pueblos. Puesto que, esta manera de ejercer el poder en una sociedad se asume la única capaz de involucrar a todos o a las mayorías a la esfera pública, dándoles dotes de dueños de su propio destino individual y colectivo. La idea que todos sean titulares del poder político es sin duda la única que podemos entender como derivada de la justicia, pero es precisamente la conformación del “todos” y su existencia como seres políticos capaces, de escoger, de planificar y de controlar en permanencia la que nos hace dudar qué en todos los foros y tiempos se defienda con el  mismo título, el mismo contenido.

 

Desde aquella idea en Atenas donde las personas llamadas a participar entraban al amplio debate de la res  publica (cosa de todos) existían categorías de excluidos cuya condición, distinta a la de quienes gozaban plenamente de las responsabilidades políticas, les impedía de intervenir. Siglos después y tras largos períodos caracterizados por monarquías y aristocracias, la democracia reaparece en la escena pública, con nuevos actores y conceptos que se mimetizan en ella.

Uno de estos, es sin duda el de la libertad de empresa, que se corresponde con aquellos individuos dotados del patrimonio y libertad suficiente como para poder tener negocios; siendo estos en muchas ocasiones los únicos capaces de obtener la condición de ciudadanos plenos. En este estadio, la democracia es un sistema en el que el poder, ejercido en principio por  todos, conoce de una limitación, pues para participar de él hay que tener una determinada cualidad nacional, económica, cívica e incluso de género. El siglo XX, fue un tiempo vital para desdibujar algunos de estos impedimentos y reivindicar el derecho a participar de los excluidos.

Indígenas, afros, mujeres, analfabetas,…, todos deben al siglo XX el derecho a elegir, erigido como el universal núcleo de la democracia y hasta allí, la cosa resulta casi un automatismo en todo el mundo occidental. Ese derecho constituye la posibilidad de acudir a una selección de representantes que ejercen, tanto en funciones ejecutivas como parlamentarias, un poder que se deriva de una voluntad que los señala.

La manera en la que se elige, ella, no es objeto de uniformidad. Al voto directo, universal y secreto no han podido aspirar, al menos para sus primeras legislaturas, un número importante de ciudadanos y ciudadanas, que lo ven, como en Estados Unidos sometido a los pesados y arcaicos sistemas de selección de los electores, que son los que en definitiva, pueden escoger a los representantes.

mafalda_democracia1Pero este siglo XX también dotó de unas características a la democracia que la fueron dibujando como un sistema muy cómodo a algunos de quienes conforman ese todo, que se supone no es tan sólo mandado sino principalmente mandante; pues se fue presentando como un concepto homónimo de la libertad de prensa y de mercado.

La primera, la de prensa, no es sino una manifestación de la segunda que se mantiene mediante la creación de una cosmovisión individualista que sugiere la responsabilidad personal en el desarrollo, y, la eliminación del Estado de todas las actividades prestacionales que reduzcan las brechas de exclusión y desigualdad.

Sin embargo, es posible que para algún pueblo o muchos de ellos, la democracia tenga más que ver con la cantidad de platos de comida que se dan en las escuelas que con las condiciones de competencia de los escasos grupos mundiales que pueden decidir por encima de los Estados. Puede también que se redimensione la idea de la “capacidad de elegir”; que pase de ser el único elemento a uno de ellos y que el núcleo se ponga sobre la participación en, y, el control sobre la gestión pública.

Ese concepto de democracia, que tiene una década o más surgiendo en los nuevos constitucionalismos pone sobre la mesa la duda y la ofensa. La duda que aquella aspiración de libertad pueda ser encuadrada en el concepto sin sustento de la democracia y la ofensa de los sectores que entienden que la estructura social no es tan sólo producto de la división social del trabajo y de los medios de riqueza sino sobre todo una pirámide de obediencias, donde la política y el estatus social, son en definitiva, sinónimos.

La nueva democracia significa obligatoriamente una nueva relación con la prensa. Primero porque en el concepto clásico y pausado, que se erigió la prensa es tan sólo una práctica de empresa y segundo, porque tan sólo llega al demos como producto. Serge Halimi habla brillantemente sobre el tema, señalando con el dedo que estos perros guardianes no actúan a favor de la ciudadanía y contra el sistema; sino, dibujando en la ciudadanía cuál es el sistema; quienes son buenos y quienes son malos.

La prensa verá presos sus prejuicios y dogmas en una sociedad que decida ponerle más atención a ser que a ver; y que quiera no que le muestren sino que la muestren. Por ello, destruir la capacidad de la gente de verse es una premisa fundamental de la Restauración. La gente, ha de mostrarse con los estereotipos de toda la vida, y, los saberes han de ser los mismos conceptos importados de siempre. Lo contrario, es una muestra clara que un espíritu malvado ha intervenido en los cimientos de la equivalencia de democracia y mercado.

Pero los medios pueden ser tan sólo la punta de la lanza; hay que destruir la capacidad demostrada de la gente para la democracia directa. Las personas han de ser apartadas progresivamente del proceso de construcción colectiva, lo que requiere que cada quien tenga más problemas y menos tiempo. Así, cerradas sobre su propio eje, el instinto reptil hará que importe menos si la democracia se parece más a Atenas o a la Cueva de Altamira. El asunto político, la res publica, se verá necesariamente diluido y sus personajes más desconectados del quehacer cotidiano de la gente.

El presente, marcado por el rugir de quiénes con el epíteto de democracia instauraron pequeñas sociedades que mantuvieron la desigualdad como sistema de vida, apuesta con la restauración de un sistema político al que activa y plenamente tan sólo acudan algunos quienes sueñan un acontecer en el que se encuentren desprovistos del pesado deber de reconocer, escuchar y obedecer a clases sociales que estiman subalternas, para las cuales se destina un lento colapso de la institucionalidad y comunicación colectiva frente a la opresión y sobrecarga derivadas de complicar excesivamente las labores más cotidianas.

La democracia, entonces, como concepto se encuentra maniatada por los símbolos y los nuevos escenarios. Mucho daño ha hecho la fantasía de participación que presentan los TIC a la capacidad de empoderamiento real; no tan sólo por la inexistencia de grandes sectores, por su edad o condición socioeconómica sino por la construcción de contenidos sin ningún continente.

¿Será qué de pronto avanzamos a una posmodernidad de las categorías sociales, o, qué las formas de gobierno deben reaccionar a estas hegemonías homogenizadoras desde su propia esencia? Diversas en todo, las Naciones se encuentran sometidas a procesos de despolitización real y de paliativos de la participación; un mismo manual que devuelve la atención a qué los problemas del poder son los de los otros y no los de nosotros; las soluciones de los pueblos son las de los gobiernos, incapaces por naturaleza, asesorados en consecuencia.

Quizás enfocados desde esta perspectiva, todos los fenómenos que nos han sido impuestos como continente resulten más coherentes, destinados a deshacer la ventana de empoderamiento a gran escala que significó el proceso latinoamericano. Así, el complejo fenómeno de boicot a nuestra economía tendría que ser visibilizado como una estrategia de manipulación de clases sin precedentes, en la cual, se construyó una desconexión de quienes tienen mismas realidades socioeconómicas y se utilizaron los débiles jurídicos, protegidos por el derecho y protagonistas de esta nueva democracia, para autodestruirse.

Un proceso de caotización sería entonces dirigido a convertirse en una guerra fratricida frente a la cual las respuestas del Estado serían todas fáciles de señalar como la contravención de los valores más importantes que fundaron la nueva democracia: protección del desamparado, liberación del oprimido, participación de los excluidos, y, finalmente invitarían a soluciones militares que necesariamente irían contra grupos sociales protegidos. Es quizás esa una de las mayores trampas que fueron diseñadas. Una, en la que se intenta imponer la idea qué no hay nada qué perder, o, que la restauración no significaría el desempoderamiento absoluto y una radical pauperización.

El gobierno de todos requiere la acción política permanente, acompañada de medios, de TIC y de esperanzas; lo contrario es un proceso de agudización de la sociedad colonial, donde, dibujadas sobre personajes que se presenten universales se arrebata la noción local y la identidad propia y se arranca a la democracia, su esencia más concreta, que es la de la soberanía. Es esta ahora la nueva frontera de la derecha convertir la  democracia en el discurso que avale acciones contrarias a las decisiones de las mayorías, valiéndose para ello de instrumentos que, desconociendo la supremacía del Estado, la igualdad de las naciones y la supletoriedad de los foros internacionales quieren empujar salidas que solamente puede tomar la gente. Dígase lo anterior para Venezuela, guárdese el paralelismo para Brasil.

Las estrategias que se diseñen para resistir han de despertar los sentimientos políticos más innatos y evitar a toda costa que lo público se vuelva un espectáculo de luces y sombras; policías y villanos; corruptos y salvadores. La democracia requiere el pueblo en actividad pública y en plan de vida, la Revolución requiere desenmarañar las prácticas y retomar sus conceptos, tanto el de Patria, como el de ciudadanía.

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