Venezuela y la Guerra de Género

Hace más de un año, tras algunas visitas con la condición de Intendenta Nacional para la Defensa de los Derechos Socioeconómicos, publiqué un primer artículo sobre la dimensión de género que tiene esta guerra que se vive en Venezuela. Transcurrido este tiempo, dejada aquella condición y arreciado el problema la consideración sigue siendo la misma: los procesos provocados y las fallas exacerbadas de nuestro sistema económico y social tienen una finalidad restauradora de una sociedad de profundas diferencias de clase y de feminización de la pobreza.

Los pobres sólo en el imaginario son un grupo homogéneo, la verdad, es que el acceso a las condiciones mínimas de la vida  plena está  influenciado por el sexo, el género, el nivel socioeconómico y cultural. En nuestro país, como en gran parte del mundo el grueso de la pobreza lo asumen las mujeres; tantas veces madres prematuras; sin una relación sentimental estable; sin un nivel educativo suficiente; con una doble jornada y tantas veces, violentamente viudas o abuelas que crían nietos y nietas de padres que han sido arrebatados por la delincuencia.

Lo anterior lo sustentan todos los datos estadísticos que hay en este país. Las mujeres son madres muy temprano, las víctimas principales de la delincuencia son hombres en edad productiva, y, la mayor parte de los hogares son mantenidos por mujeres, que, conjugan la educación con el trabajo y la acción comunitaria.

Hoy, se suma a este escenario el redoble de la violencia de la derecha, con el altoparlante que tiene en la Asamblea Nacional cuya directiva ha sido conformada con ausencia absoluta de mujeres, por primera vez, en más de una década. Desde allí, en especial desde la Presidencia la rabia es mayor cada vez que se habla de una mujer en funciones públicas a la vez que se ha restablecido esta idea de la esposa de la autoridad como una especie de ama de llaves del Parlamento Nacional.

Dicen que con el matrimonio, hombre y mujer, se tornan una misma carne, un sólo ser, y así parece demostrarlo la “primera pareja legislativa” al dirigir su misma rabia contra las mujeres que, tomaron el derecho o hicieron para ellas el derecho de ser iguales a los hombres con las que se codean.

¿Es la belleza un deber femenino, hay alguna forma de juzgar la estética corporal sin los prejuicios de clase? Creo que ambas respuestas son negativas pero también sabemos que en esta sociedad el cansancio y la edad son vicios imperdonables en el físico de cualquier fémina y nadie podría decir que lo que vivimos es otra cosa que un motor de desgaste psíquico y físico de la población.

Esta situación, que enfrenta cada quien con lo que tiene y hasta donde puede, es un estado permanente de angustia y una reducción de aquellos gastos que fueron impuestos durante décadas a una sociedad periférica en lo económico y en lo cultural.  Así, con un presupuesto centrado –y tantas veces sobrepasado- para adquirir alimentos, las citas periódicas a los templos de transformación en los que cada una es esperada para parecerse un poco más a lo que se considera “bello” se han ido alejando o desapareciendo.

Esa belleza a lo Miss, esa obsesión con criar a las niñas jugando con muñecas pálidas, delgadas y rubias tiene detrás las mismas trasnacionales que golpearon la Argentina de Cristina Fernández con los ilícitos cambiarios y que, habiendo recibido en Venezuela grandes desembolsos de dinero han sido incapaces de asegurar su presencia en el mercado y sobretodo en las manos de sus consumidores. Al decirlo, pretendo tan sólo dejar una invitación a atar los cabos, pues parece que el castigo no se agota en no tener el producto sino a ser señaladas públicamente como incapaces de obtener la imagen decadente de la estética de los ochenta, con sus rubios platinados y sus labios color bebida de fresa.

¿No son después de todo, las mujeres que despiertan con el sol y la arepa, la imagen más intima y real de esta Venezuela? ¿No son las hijas de las negras que cultivaron los Valles de Aragua, las que cuidaron las tierras planas del llano o las de las indias de las casas de agua de Sinamaica las únicas propietarias de la belleza? Para la pareja del Legislativo, ellas no son venezolanas porque “quienes lo son, son arregladas”.

¿Arregladas, de una única forma? ¿mantenidas y comodas de la riqueza heredada o pactada? Tanto lo dudo. Dudo que esas señoras conozcan de la emoción caribe que despiertan las mulatas que pasean por la Guaira, o, del suspiro de amor del nieto agradecido y enamorado ante su adorada anciana.

Dicen que es la misma Biblia la que enseña que no hay peor mal que la indiferencia y la historia ha demostrado que no hay peor condena para un pueblo que su negación. Para el discurso de la Derecha que se impulsa en América Latina, los latinoamericanos seríamos invisibles, a lo sumo unos humanoides a los cuales demostrar el verdadero significado de la palabra “civilización”.

Todas las situaciones de crisis, provocadas o sucedidas, son el comienzo de los cambios en la historia. Venezuela tiene, parafraseando a Martí la dicha de ser una tierra exuberante donde lo bello excede la imaginación.  Decía el infinito cubano que si alguien buscaba un ave, aquí las vería en los colores más brillantes; si buscaba una fruta vería salir de la tierra las venidas del Norte y las del Sur; y que si soñaba con ver el Mar no se bastaría con el Caribe. Esa belleza pensaba Martí, al igual que nuestra extraordinaria inteligencia, eran las causas de nuestra dificultad de entender las épocas en las que para avanzar hay que rodar una pequeña piedra hasta la sima de una montaña y así, es esta época.

En medio del deseo desesperado de algunos de borrar todo lo logrado, es tiempo de juzgar lo conquistado y avanzar en las tareas pendientes. ¿hasta cuando la violencia simbólica es tan sólo una previsión legal, hasta cuándo aceptamos la imposición de un concepto de mérito o belleza?

En estos tiempos donde los modelos chocan en sus propios conceptos la guerra deja de ser de género exclusivamente por los productos que desaparece y se torna en el debate del siglo: iguales en dignidad todos los humanos sin distingo de sexo, género, origen étnico debemos ser iguales en derechos.

La única manera de lograrlo es tomar militantemente postura y decidir que si la guerra es contra las mujeres hay que librarla de a dos hasta queden prendadas de sus prejuicios las que hablan de un país que maravillosamente, por esas mujeres “feas” ha dejado de existir porque ahora es mucho mas que una corona.

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