La discriminación: el humor como pretexto

risa

Desde que recordamos la existencia de la humanidad, el arte  ha existido. Ya sea su soporte la plástica, la escritura o el cuerpo, se presenta como una manera de sobrevivir las agrestes condiciones de este todo misterioso que llamamos vida. En ella, el humor es básico porque así  escapamos de la tristeza o de la presión resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas y no existe nadie que pueda declarar que puede prescindir de él.

Ahora ¿qué nos hace reír?, ¿qué cautiva la audiencia? Esas respuestas son culturales. Así, habrá quién se deleite en exagerar las relaciones de pareja o del trabajo e incluso al mostrar algunas actitudes o actos que por muy humanos que sean aprendimos a ocultar. ¿Pero dónde se rozan y cómo se lleva el humor con los prejuicios? Ese tema no es nuevo. La sátira con frecuencia toca instituciones poderosas, o, sujetos cuya reputación se protege social o legalmente, y, así, el derecho al honor se vuelve a encontrar con el humor en una difícil convivencia.

Cuando el humorista “se pasa de la raya” con una persona puede esta defenderse exigiendo compensaciones, reconocimiento de daños morales e incluso actos simbólicos de reparación pero a veces los lesionados no son individuos sino colectivos, marginados y señalados como indeseables o inmorales.

¿Los árabes en Europa?, ¿los negros en Estados Unidos?, ¿las personas sexo y género diversas en Venezuela? Todos han conocido su utilización casi permanente para ocasionar la risa compulsiva del público pero esto no hace la práctica inocua o válida.

Puesto que si afirmamos la igualdad de las personas, en especial ante los derechos, los usos que las señalan como “malos por definición” han de condenarse así como cualquier sociedad que aspire liberarse ha de reflexionar sobre lo “usual”, lo “normal”, lo “deseable” en su entorno y no bastarse en justificar que esos hechos son “culturales”. Esto porque detrás de la cultura se han escondido por siglos prácticas bárbaras, estructuras sociales que justifican la exclusión y la miseria.

Así, para el siglo XVIII la esclavitud era tan normal que no ameritaba ningún cuestionamiento, o, para comienzos del XX nadie se sorprendía de los deberes ilimitados que asociaban a la mujer con el marido y la condenaban a la casa. Para el presente y el aquí, es sorprendente el uso y el abuso de los estereotipos de las personas sexo y género diversas en el humor e incluso en otros escenarios tan o más inapropiados.

Para que esto cambie, para que seamos la sociedad de personas libres e iguales, las prácticas deben visibilizarse y la pregunta ha de plantearse ¿con tanta riqueza cultural es este el único tema, o, uno que siempre hay que tocar? ¿cómo afirmamos reconocer al otro si siempre lo señalamos?

Si es cierto que nos hemos planteado otro modelo de sociedad este nos exige más que la tolerancia o la coexistencia, como estados insensibles que se limitan al no accionar directamente contra el otro. Pues para la convivencia y más en valores nuevos se requiere reflexionar y hacer para renovar, denunciando para eliminar lo que destruye y resaltando lo que se quiere.

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