Tiempos elípticos para el Derecho.

P24eacfd5651373873992b826d4a1f4f4_1438277987.jpgocas veces el jurista tiene frente a sí la historia de las ideas que se le presentan como aforismos indiscutibles, víctimas entonces, de una exegesis normativa desfigurada, las cosas se presentan como ciertas porque sí y con poco sustento. Pero, ningún hecho social nace y permanece producto de la casualidad y en cada norma, en cada bien jurídico tutelado se encierra la defensa de una sociedad y su cosmovisión.

¿Vale más la vida o la propiedad?, ¿el uso o la titularidad?, ¿la necesidad o la posibilidad?, ¿la dignidad o la fortuna?, ¿el Estado o la empresa? Puede que sorprenda pero estas preguntas sólo forman parte de los pesados programas de sociología o filosofía jurídica mientras que su respuestas se imponen como dogma en el derecho civil y el derecho penal, los dos ejes centrales de la formación de un abogado, por cierto.

Sin embargo, este estado del disimulo se encuentra en el presente comprometido cuando las bases liberales de la noción de Estado de Derecho que se presentó como axioma neutral sufre el asecho del pensamiento neoliberal y la resistencia del modelo socialista.

En consecuencia, el presente entonces para el Derecho no sólo es de reforma legislativa y resistencia en la calle. El marketing del empleo virtual, del libre emprendimiento ya comienza a morder los sustentos del derecho social, ¿alguien es un trabajador cuando cumple horario, cuando, sin uniforme y desde casa? ¿se es libre por no tener un itinere diario?. Los movimientos sociales LGBTI han puesto contra la pared los pacatos dogmas sobre la sexualidad exigiendo una nueva concepción de matrimonio, de uniones estables de hecho así como de paternidad, maternidad y adopción. Del derecho administrativo que nosotros seguimos impartiendo en las universidades, basado en el modelo francés de Hauriou y Duguit, queda extremadamente poco frente a la adopción de la forma de la autoridad administrativa independiente, y, de la sumisión al derecho comunitario; así como la sagrada noción de nacionalidad se picó por los cuatro costados para cerrar la puerta a la migración y permitir la depuración de las blancas sociedades del norte de los sudacas y árabes con tendencia o “militancia” terrorista.

Todos estos a priori pueden resultarnos temas sólo del Norte pero lo son tanto -y tan poco- como lo fue el Estado gendarme o el Estado de bienestar, donde, hipotéticamente obtuvimos las bases ideológicas de nuestro derecho. Por lo tanto, el derecho periférico, definición de Kennedy, se encuentra huérfano.Resulta hipócrita o por lo menos desactualizado hablar hoy desde la inspiración del Arrêt Blanco o citando el pensamiento del juez Marshall y sostener que de allí tomamos ideas universales e imperecederas, pues, para hoy, el derecho va correteando atrás y adaptándose a este mundo en revuelta.

¿Qué es hoy el derecho? Más en específico ¿qué es hoy nuestro derecho? ¿en qué se basa? ¿cuáles son los sujetos y objetos de la relación jurídica? Sabemos desde Cossio y a disgusto con Kelsen que el asunto no se agota a la tipología normativa, y, pienso en las bonitas ideas de la tridimensionalidad del derecho que nos llevan a problematizar para construir, redimensionar y reconceptualizar nuestras instituciones jurídicas.

El problema está en que nuestras escuelas jurídicas, como las de la ingeniería o arquitectura, se configuraron para asuntos de administración de saberes y no de creación. Por ello, los juristas nacionales en su mayoría no determinan que tenemos tanto tiempo como historia construyendo una idea de justicia y de República, enraizada en la tradición europea pero distinta, en su contenido y aspiración; y, desde la entrada del milenio trazamos otro concepto de democracia, libre en su interpretación y contenido.Esto, desde comienzo de este año 16 se hace cada vez más evidente cuando ha crecido nivel de confrontación ideológica nacional e internacional.

Si es una evidencia que el Derecho y el Estado son dos conceptos inseparables, entre ellos y de la idea de sociedad, también debe serlo que no se construye un nuevo Estado sino con un nuevo derecho, en el sentido más amplio del término. Lo contrario supondría una debilidad absoluta porque para acabar con la noción de justicia y la de país, tan sólo habría que cambiar de leyes; y, con las leyes actuales no podríamos jamás fundar un Estado nuevo.

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