País inexistente

La Re5483826988_18fa70af27_bpública que nació el 5 de julio de 1811 y que ha sido fundada cinco veces, esta que vivimos al norte de la América del Sur y en las costas del Caribe, esta del mestizaje impuesto a fuerza de exterminio y fuego; la que habla cantao y de la que ahora tanto se dice afuera, ha merecido en el tiempo varias denominaciones. País portátil, país campamento… Al parecer hemos sido siempre el punto intermedio entre “vivir de mientras tanto y por si acaso”, y, aspirar la gloria definitiva de una independencia tranquila y digna.

Pero, en estos tiempos, ¿en qué país vivimos? ¿quién lo cuenta? Una infinita Macondo se abre ante mis ojos, dos policías persiguiendo a un muchacho, una señora con el café acuestas, un oficinista que es todo lamento y apocalipsis, una radio que clama por el juicio final, un par de iglesias. Prostíbulos, bares y centros de fe se llenan por igual en la avenida Urdaneta, debajo de la lluvia y bajo el resguardo (o amenaza) de algunas motos esquinadas, de las que sale humo y risa.

Un movimiento de miedos y alegrías que se sucede, lo mismo la Guardia levanta banderas de desfile que se dispone en grupos antimotines; lo mismo los niños bien se visten y llenan Las Mercedes, que se ponen una bandera al cuello y escupen en Plaza Venezuela.

Pero, en medio de esas dos cosas, de la Asamblea Nacional y el Congreso de la Patria, del que escupe y del que cuida, ¿existe realmente un país? De pronto, quizás como reacción al exceso de información sentí que vivía en un país inexistente, o, que tras tanta guerra el país que conocí –y que amo románticamente- se había ido, transformado, dormido.

Esa, es la imagen justo que hoy me poblaba. Parada enfrente de una vitrina de galletas y panes, hechos del mismo trigo que la prensa me dice que no hay en los silos; donde la gente paga con un dinero que no hay en la calle, y, toma café con el azúcar que no se vende,  sentía que alguna noción básica de derechos y convivencia estaba fuera de ese plano. Quizás distraída o secuestrada, quizás en ese espacio del realismo mágico donde nuestro pacto social con el Estado olvidó incluir una mínima protección de los comunes frente a los que viven con ansias infinitas de oprimir a los otros.

Sin embargo, esta idea no era distinta a aquella que en perspectiva contraria sentía al reencontrarme cotidianamente con los problemas que la otra prensa me decía solucionados. Y esta idea, se agudizaba por mi muy personal experiencia con el mundo de ser/dar noticias. Porque una vez de esas, donde me tocó estar delante de la cámara y anunciar al país el despliegue extraordinario, extenuante que teníamos y llenar los ojos de los espectadores de las más grotescas escenas, de esas que saturan la percepción y por ende, no puedes dudar que son reales entendí que aquello cambiaba poco –o nada- lo que vivía la gente que habitaba este espacio incierto que siento como un país inexistente, una res nullius

Insistí toda la noche en esa idea ¿quién cuenta ese país? Aquel que anda en la buseta que para la Guardia Nacional a media noche, el que pasada la marcha, la firma, la ofensa, etc., se reencuentra y ríe, ¿qué se le debe a ese país? ¿alguien más siente cómo yo que el país que cuentan los medios no existe y que hay otro, que nadie cuenta? Pero ese país inexistente no me resulta tierra baldía también es palabra, reflexión y encuentro, el no existir no le limita el estar poblado, creo que todos vivimos allí.

Cuando una observa, así, a mansalva, valiéndose de la discreción más radical, aquella de formar parte de lo que se mira, no puede evitar maravillarse. En estos tiempos el país tiene pocas rutinas, la gente oscila entre la politización radical y la negación absoluta; entre evitar salir y no dejar de hacerlo; entre bailar hasta el amanecer y no bailar en lo absoluto. Los pequeños bares, los grandes restaurantes, todo es intermitente, como entre lo más sólido y lo apenas puesto. La gente también intenta olvidar el presente y allí está entre la nostalgia y la esperanza, volviendo a esa gran paz donde todo existe menos lo que cuentan los medios.

 

 

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