Frente a las decisiones impopulares

Cuandoesperanza a Dilma Rousseff, a un par de horas del Empeachment, le preguntaron si ella sentía que lo que ocurría en Brasil era una situación provocada por intereses foráneos, sin titubear afirmó que la jugarreta era una iniciativa nacional. A unas seis semanas de aquello, desde la silla del Presidente, Michel Temer afirmaba que las medidas que debería tomar eran, como quien habla a su pesar, evidentemente impopulares.

Impopulares como el pesado aumento de los servicios públicos en Argentina y la vergonzosa historia de la reforma laboral en Francia, adoptada a traición por el Ejecutivo en un país incendiado.  Impopulares como los eventos terribles que ya resultan cotidianos: el asesinato a traición de un joven afroamericano en plena vía pública en Estados Unidos, el éxodo de los países destruidos por invasiones sangrientas, y, la encarcelación masiva de los que llegan al hemisferio norte… ¿pero, cómo nada de esto logra un impacto mayor?

En Venezuela, en la nueva arrogancia de la derecha, la frase de Temer también fue utilizada –con una similitud gramatical sospechosa- advirtiendo con ella que, de tener el gobierno, para evitar la crisis o solventarla tomarían “medidas impopulares”. Las cuales, por ser tomadas del mismo manual, sabemos que irían contra los servicios públicos, las prestaciones laborales y la protección de los pequeños ahorristas y propietarios. Lo que en nada dista del discurso argentino en el que Macri dice que las medidas que ha tomado, en contra de los trabajadores, le han dolido a él mismo pero son la única alternativa.

Parece entonces, que vivimos tiempos donde se aspira a la destrucción uniforme de la protección social y a su reemplazo, cueste lo que cueste, por una micro estructura favorable a los grupos económicos que ya abiertamente reconocen que son los que hacen la prensa, el mercado y la guerra. Esa aspiración concentrada en pequeñas manos dotadas de infinito poder requiere que la gente no la devele y para ello, fabrica con antelación los enemigos caricaturescos que, como el coco, deben ser universalmente temidos.

El panorama mundial amerita espantarse. Algunos logros que se tenían por irreversibles se van haciendo un puñado de polvo y no existen en el presente indicios claros que permitan saber hacia donde se dirige la humanidad. Hablemos de los derechos civiles y veremos el capítulo vergonzoso del indiscriminado aumento de la violencia pública contra manifestantes y líderes sociales; o, de derechos ambientales y cómo empeora el estado de la Amazonia en pleno; o, del derecho a la paz… Han vuelto a Europa los campos de concentración, el medioevo al África y cada vez más personas advierten que estamos en tiempos de una nueva guerra mundial.

Por eso, quizás no exista mejor coco ni mejor momento para hablar de él que ahora que se levanta el polvo sobre la Guerra de Irak, la invasión, que llevó a ese país de regreso a la barbarie después de haber derramado la sangre y manchado sus campos por la afirmación de Aznar, Bush y Blair de que aquél país tenía la capacidad de destruir la humanidad. Bajo esta luz, la del informe Chilcot resulta un tema impostergable la estrategia de la mentira repetida y la estructuración de un canon de vocerías para leer cuáles son los próximos objetivos militares de la OTAN y amigos incluso en contra de la ruidosa oposición de los pueblos en cuyos nombres se conforman estas alianzas militares.

En esto es importante ver que la manera en la que se decidió la suerte de Irak se sigue repitiendo, día tras día, contra nuevos pueblos. Un acuerdo de intereses llama a la construcción de una idea que se difunde, y, considerada justificada la aventura se emprende la conquista.

Como antes fue con Irak o Kosovo, en la actualidad, los medios internacionales parecen sufrir de una escasa capacidad de cubrir hechos nuevos y tener varias obsesiones como la Venezuela de Nicolás Maduro, además en un contexto en el que para Europa se dibuja una nueva América Latina, más parecida a Europa, donde se acabó la guerra en Colombia y donde Cuba es ahora en todo derecho una isla de placer, cercana y amigable a los intereses de los Estados Unidos. Ahora para Europa, también es rara la Gran Bretaña que sirve para recordarle a todo el mundo la nobleza infinita de la Unión, donde el racismo es menor y los aires de progreso son mayores.

Así, con el Brexit, se quiere lavar la cara de una estructura decadente que privó a los pueblos de decidir a nivel nacional sus propios destinos porque al final todo depende de la opinión favorable del Consejo de Europa porque sino el coco, de la suspensión o de la sanción económica volverá a carcomer la escasa esperanza que conservan los europeos.

Pero para alcanzar los propósitos de estas pequeñas alianzas, los medios y las estrategias psicológicas no se agotan en resonar los argumentos y razones de invasión. Tienen necesariamente un discurso destinado a los seres que aspiran destruir. Por ello, nos dedican parte de los disparos con el objeto de desunirnos y distraernos pues la única resistencia posible es el penoso trabajo de reconstrucción y avance, en lo concreto y en la esperanza.

¿Quién encarna el verdadero revolucionario? ¿Quién se distanció del gobierno? ¿Quién no dio la talla? ¿Cuál invento nuevo de la Presidencia de la Asamblea Nacional era falso u ofensivo? Muchas de estas temáticas se comen el tiempo de avanzar, nos distraen cuando la necesidad de este momento no es tan sólo resistir sino renovar las razones para continuar.

Anunciar las medidas impopulares resulta una estrategia de desmovilización temprana, un aditivo para el sentimiento de impotencia individual y colectiva, por eso, lo colectivo, el mañana, el tiempo prometido, el “2021” de Chávez debe tenerse, hacerse y defenderse.

Claro que estos son tiempos difíciles, el mundo se acerca a un punto de agotamiento y la avaricia sigue sin conocer límites pero en ellos siguen existiendo alternativas además de la opresión y la guerra. Ese grito del cambiemos el sistema, que supo Venezuela dar en Copenhague y que no puede mantenerse en la comodidad de la retórica. Más allá de la necesaria, cotidiana e inmediata derrota de un sistema enmarañado que impide el acceso a bienes y servicios, ya sea por limitar su presencia física o colocarlo a precios inaccesibles para el salario ¿qué aspira construir en estos tiempos el chavismo? ¿a quién le habla? ¿qué mundo, qué continente, qué país, que ciudad, qué barrio, qué calle aspira? ¿cómo borramos tanto vilipendio y recordamos que este es, por su clima y su historia, un país afortunado? ¿cuál vida aspiramos? ¿qué Caracas habrá cuándo le ganamos la partida a la delincuencia?

Por ello es que frente una ambición que pretende destruir con una misma receta toda la humanidad es tiempo de defender la idea de la unidad de los proletarios y tomar para nosotros el espíritu de pueblos como el palestino que confinados por el absurdo deseo de desaparecerlos sigue mirando el mar y reconstruyendo, piedra a piedra, cada ciudad. El derecho a soñar, a mantener la utopía como impulso, se debate en este momento. Si lo perdemos nuestras perspectivas futuras serán a lo mas aspirar a seguir haciendo lo mismo para lo mismo, lo cual, como herida de muerte nos dejará -a lo más- ser gobierno y nos impedirá ser y hacer la Revolución.

 

Caracas

@anicrisbracho

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