“Querido rey.” Mirada a nuestro mundo poscolonial

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Imagen de Hernán Cortés

El 9 de julio de 2016, en el marco del bicentenario de la independencia de la República Argentina el Presidente de la nación suramericana supo levantar la indignación de un sector importante del continente. Así fue como, sin ningún disimulo y con la paradójica presencia de la Corona española el líder de las derechas continentales dejó en evidencia una verdad que se escapa en comentarios aislados en todo el continente. ¿Es la Independencia latinoamericana un estado al cual todos sabemos aferrarnos? La respuesta quisiéramos que fuera afirmativa pero es difícil sostenerlo en pueblos que han sido víctimas en permanencia de estrategias destinadas a evitar su completa libertad.

¿Cómo viven los pueblos que han sido colonizados, durante y después, de estos brutales saqueos? ¿Cómo se construye la identidad cultural? ¿Ha habido para algún país de África, del sureste asiático o de América Latina, un día libre de acoso?, y, finalmente ¿cómo se construye la ciudadanía de estos pueblos?

Pongamos en primer lugar una verdad evidente sobre la mesa. Todos nuestros países cautivos han tenido un admirable proceso de resistencia que empezó el día mismo que la bota extranjera quiso someterlos. La humanidad resistió con su lengua, su religión, su baile, el éxodo y la vida. Por este instinto, pagado a los más altos precios todavía se masca coca y se baila tambor, se come casabe y se teje con palmas. Por esa raíz, tan profunda del hombre con la tierra misma y su historia siguen resistiendo miles en todo el continente, con el apoyo –escaso y raro- y contra la represión del Estado convertido mayoritariamente en aliado de los intereses foráneos que lo fundaron.

Pero si esa es la resistencia ¿qué es la colonización? Sobre todo cuando se ha declarado formalmente extinta y nunca se ha reconocido masivamente que en ciertos modos de relacionarnos en lo cultural, económico, social y política sobrevive la misma opresión así se llame hoy “evolución”, “progreso” o “globalización”.

La colonización es ante todo un proceso de destrucción del autoestima de un pueblo por la construcción ideal de dos sujetos: el colonizador y el colonizado. Entre los cuales, como dice Albert Memi, el colonizador es “un hombre alto, bronceado por el sol, que calza botas, se apoya sobre una pala –porque siempre está presto a empezar a trabajar- y mira lejos en el horizonte de las tierras que ahora son suyas. Tiene el don del trabajo y sabe sanar a los enfermos, su saber hace avanzar la cultura, es un noble aventurero, en sentido estricto, un pionero.[1] Entonces, el colonizador representa lo bueno y está libre de esas pesadas cargas del criollo, no sufre de una propensión a la picardía, ni rehúye del trabajo, ni se rebusca ni evade las leyes.

Ese ser no se fue nunca de los pueblos colonizados y no porque siga viviendo en nuestro país donde se fundió –o no- con los otros habitantes del país sino porque vive en el sentimiento de vergüenza de no ser como él.

Frente a él o con mayor precisión debajo de él se encuentra un segundo sujeto, el colonizado a quien todo le está prohibido y una de las primeras cosas es la confianza en su propia capacidad y el cariño por su propia historia. Así, lo cuenta Franz Fanon:

“El indígena es un ser acorralado, el apartheid no es sino una modalidad de la división en compartimientos del mundo colonial. La primera cosa que prende el indígena es a ponerse en su lugar, a no pasarse de sus límites. Por eso sus sueños son sueños musculares, sueños de acción, sueños agresivos. Sueño que salto, que nado, que corro, que brinco.

(…)

Frente a la situación colonial, el colonizado se encuentra en un estado de tensión permanente. El mundo del colono es un mundo hostil, que rechaza, pero al mismo tiempo es un mundo que suscita envidia.

Hemos visto cómo el colonizado siempre sueña con instalarse en el lugar del colono. No quiere convertirse en colono, sino sustituir al colono. Ese mundo hostil, pesado, agresivo, porque rechazando con todas sus asperezas a la masa colonizada, representa no el infierno del que habría que alejarse lo más pronto posible, sino un paraíso al alcance de la mano protegido por terribles canes.

 

El colonizado está siempre alerta, descifrando difícilmente los múltiples signos del mundo colonial; nunca sabe si ha pasado o no el límite. Frente al mundo determinado por el colonialista, el colonizado siempre se presume culpable. La culpabilidad del colonizado no es una culpabilidad asumida, es más bien una especie de maldición, una espada de Damocles. Pero, en lo más profundo de sí mismo, el colonizado no reconoce ninguna instancia. Está dominado, pero no domesticado. Está inferiozizado, pero no convencido de su inferioridad.”

 

Pero esta estructura, tiene entre estos dos puntos extremos sus uniones que, con la brutalidad de los capataces o los custodios reproducen la historia. Podrían ser las que Briceño Iragorry llamaba fatuas señoras de la rancia oligarquía caraqueña, que estaban al servicio de la invasión extranjera prefiriendo hasta el ridículo los productos extranjeros o los pasquines que desde el siglo XIX advertían la latente desgracia que sería que Venezuela deviniera una “alpagatocracia” donde los pardos aspiraran y obtuvieran alguna forma de poder.

Algunas frases nos siguen contando esta historia y no son a nuestro pesar tan sólo el ejemplo ridículo dado por un reincidente como es el ciudadano Presidente de la República Argentina porque por allí siempre se cuela alguno hablando de la “Madre Patria”, “si no hubiese sido por la Independencia, seríamos europeos”, “es que tu sabes aquí como es todo…”

Y hoy en día por demás muchos de los que acuñan y atesoran aquellas frases vergonzosas emprenden la tarea de comparar aquellos mundos, construidos con el despojo de Potosí, el intercambio de oro por espejos o el sacrificio de indios ahogados buscando perlas, esto, por sólo hablar de América refiriendo la desgracia de haber nacido tan distintos a aquél colono ideal.

Hombre que por cierto no existe ni en el continente que trajo la maña de robar y acomplejar a las víctimas de sus crímenes, ni en los mejores alumnos en tal escuela que ocupan la parte más norte de nuestra tierra.

Con esta realidad se conseguirán quienes emprendiendo la tarea de emigrar se sienten un ratico más de cerca con la realidad y salgan de los imaginarios que tan sólo difunde la ideología colonial.

Para todos los demás la advertencia que  hay más de uno con el triste atrevimiento de querer venir a gritar “¡Viva el Rey y viva España!” en nuestra tierra santa.

 

[1] Traducción Libre. Albert Memi. Retrato del Colonizado. Página 33

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