Espacio y nada más

A veces hace falta0964998dd51462b3c41f460583b0b6dd enamorarse mal.   Me refiero a dejarse llevar por un deseo que hace que se nos olviden todos los antes y andar sin cuidado con lo que pasará después. Esa fiebre adolescente que hace años nos llevó al psicoanálisis, a la consulta y al libro que juraba nos enseñaría a librarnos de estas cargas. Pues así fue, a la víspera de mis treinta años, habiendo obtenido un doctorado en relaciones tóxicas y en terapias varias para superarlas, simple y desprevenidamente, me enamoré.

Será sin duda esta fiebre una con pocas reseñas biográficas pero una a la que le debo todas las preguntas que hoy se amontonan. ¿Qué es en definitiva, en estos momentos, la libertad para una mujer? ¿cómo se construye la igualdad? Una versión anterior de mí para intentar contestar esto hubiese hecho mano de un par de libros, un glosario del feminismo y admitámoslo, un par de conceptos hechos verdad tan sólo por ser firmados por las Naciones Unidas pero ahora se me da que aquello no vale de mucho.

Necesité, sin alternativa alguna contestarme estas preguntas en mi propia experiencia vital. En las heridas recrudecidas de esta última aventura donde lo hermoso, lo justo y lo anhelado no forman parte de un mismo plano.

Pongamos que en esta aventura lo justo y lo anhelado es producto de la suma inconforme e inestable de ganas. La primera, es la necesidad de tener voz, mi rebeldía jurada a la infancia de ser la pequeña segunda, la menos agraciada de los compañeros del aula. Sin duda, la necesidad de tener voz me llevó con la misma fuerza a la literatura, al derecho y a la política, logrando en cada uno de esos espacios tener una ficción de ser dueña de la palabra.

No era, ahora con toda seguridad, más que una ficción. En la política, hay un terrible segmento que es el de la institucionalidad donde no se tiene voz propia sino que se presta el cuerpo, con boca y dientes, a la figura inanimada del Estado. Uno no dice porque siente o cree sino que establece porque el derecho ordena y la Administración hace.

Mientras que en el derecho, el campo de la palabra también es limitado. No sólo por el reducido léxico del abogado sino porque las ideas llegan siempre por oposición o por absorción. Ni quien crea leyes, ni quien dicta sentencias, ni quien defiende es dueño de la voz sino traductor de todo aquello que le precede: lo político, lo justo, lo económico, etc.

Por eso, mi alternativa final era la literatura y recorrí algunas semanas cargadas de preguntas. Este texto de hecho es un homenaje al grito de Lydda Franco pues al fin y al cabo ¿nacimos para ocupar un espacio y nada más? ¡Cuánta miseria en ello!¡qué difícil hacernos a esa idea cuando hay un fuego que nos interpela y ese es la voz!

Muchas mujeres, de aquellas que lograron el mérito de aparecer con su nombre y género en los estantes se han quejado de cosas parecidas. La mismísima Frida Kalho hervía de celos por las ventajas que a Diego supo procurarle el patriarcado y se quejará, de esa especie de invisibilidad que sufrirá tantos años de su vida.

Angel in the house, ese penoso papel del alma de la casa. Siempre puesto para ayudar, hacer y socorrer. Nunca para sí misma. Contra él escribía Virginia Woolf que quizás, salvo por la tristeza, era una de nuestras más cuerdas compañeras.

Pero cuando me enamoré mal y como varias de las más brillantes de mis amigas, intenté jugar el juego. La cama tendida, el desayuno caliente, la cena a disposición…, pero jugué mal porque para ser el Angel in the house  es necesario no tan sólo que uno lo acepte sino que alguien para aquel marginal espacio, nos seleccione. Aquí, el problema con los años se agudiza porque se niegue o se acepte, hay un juego de poder que se transforma con el paso del tiempo. Los angel in the house, son seleccionados de modo temprano en condiciones de una pretendida igualdad que se va desfigurando hasta constituirse en el dominio pleno de los hombres.

Esa pesada sensación que se agudiza de una presunta escasez de hombres y de una dependencia plena a estar con alguno –cualquiera- de ellos, para ser plenamente mujer. El eclipse allí, tan evidente como rupestre entre el género y el sexo, de la sociedad y de la biología.

En ese momento, la dignidad sufre un espasmo de encontrarse en jaque mate. La mujer existe para ser el angel in the house que repugna pero sin serlo, los espacios que justifican la existencia no se alcanzan. Allí se entremezclan tantas voces, fastidiadas y certeras, puede que una se enamore mal pero al menos “lo intenta”.

En esta hoja todos los espantos están cerca. Los roles que quedan son todas funciones menores, la vida intelectual teñida casi de premio de consolación; la bruja, que puede tener capítulos intelectuales o profesionales pero que en esencia es titular goza de algún sentimiento de libertad y todos los otros espacios habitados por las tías solteronas, las vecinas amargadas y las jefas neuróticas.

Las relaciones entre todos estos extraños seres del bosque siempre es tensa. El Angel in the house acusa de paganas aquellas que se salieron del libreto y aquellas están en una batalla perpetua. La existencia estas mujeres es tan marginal que se desarrolla bajo los augurios que su situación se corrija y en el desespero para encontrar su razón de ser, ya sea por su belleza, sus dotes de socialite, o, venido a menos como don, su inteligencia.

Así las cosas se me hace que existe –o ha de existir- un espacio donde ser mujer no sea ni subordinación ni queja. La voz a la que me aferro se destila en este tema. Alguna cosa se nos ha pasado en esta rivalidad eterna y en esta cena de migajas.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. ¡Excelente colega! Recuerdo mucho a Simone de Beauvoir mientras te leo. Por cierto, tuve el enormísimo placer de devorarme versos incómodos, y lo disfruté mucho. Saludos cordiales.

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