Caracas

caracas-metro-map.gifA Caracas su mala fama la precede. Su nombre es usualmente incluido en los rankings menos halagadores a los que pueda una ciudad aspirar: ciudad más cara, ciudad más violenta, peor sitio para vivir… Toda la vida hemos escuchado hablar de lo mismo. Sin embargo, la verdad es que la belleza de este valle es difícil de esconder. Difícil porque aun se cuela por debajo –y por encima- de estos tejidos de concreto y la arquitectura de la inequidad que le dio su rostro actual. Por eso, vale la pena mirar Caracas desde las ventanas pequeñas donde sigue siendo aquella tierra bendecida que respira en el Parque de los Caobos y que esconde, en algunas esquinas, su verdor eterno.

Esa mañana, me tocó mirar otra ciudad. Una que camina sin posar el pie en el piso y que no se detiene en la marcha propia del proletariado. Su movimiento es agónico pero mecánico. Recuerda por segundos esos bailes de salón donde la gente se roza y deja de hacerlo, soltando una sonrisa o sin mirarse. En esa ciudad, todas las gentes usan las mascaras que vienen asociadas al uniforme del funcionario que aún no llega al puesto.

El amanecer de Caracas tiene pocas voces, en su lugar son las grabaciones del metro, el pito y el frenazo. Todas las personas se dirigen amarrando billetes y mirando al lado. Nadie en esa escena se comunica con nadie, ni se vale de nada.

Es un espacio de sentimientos muertos, a lo más un amasijo de miedo y aburrimiento. La gente teme llegar tarde, los accidentes en la vía, los arrebatones… El sonido a lo lejos viene impregnado de salsa y del reporte del tráfico, de algún grito de un niño que protesta. La gente se transforma. Se convierte en masas multiformes, en complementos del espacio del otro y un señor le pega un empujoncito a la señorita para que cierre la puerta del metro.

La ciudad huele a combustible, un tanto de humo negro se va haciendo paso con las primeras luces y allí están las primeras empanadas, el pregonero que habla de la venta de oro y en el kiosco, se venden leyes, matarratas y algún producto de contrabando.

Pocas personas se reconocen individualmente en el movimiento acoplado de las escaleras de Plaza Venezuela. Allí se está, como saliendo, colectivamente del sueño. Unos corren y una señora arrastra un bastón, los niños se cruzan en la geografía de una ciudad donde nadie estudia cerca de casa.

Esa es una Caracas desnuda. Una donde va subiendo el olor a café y en alguna esquina a cigarros. Una que besa en la puerta de la escuela y se despide, una que sigue. Yo he llegado a ella sin conocerla un par de años después de residirla, después de haberla visto muchas veces por las hendijas y sus parques, con el ánimo del cronista y entonces, he despertado.

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Éxito y fracaso

See nothing business concept

La vida, este lapso de tiempo que nadie pidió transcurre entre un ruidoso primer grito y la llegada al irreversible silencio tiene que tener un propósito. Eso nos dice la religión, la historia, las leyendas… Nacimos para salvar el mundo, para vencer la muerte, para resucitar y merecer mejores cosas. Morimos tan sólo porque toca morir. En el medio, todos los conceptos de vivir –y cómo leer las cosas que nos pasan- han cambiado con el tiempo.

¿Qué sentido tiene la vida para nosotros, los codo a codo, tras la Patria que nos legó Chávez? Nosotros, los de la generación de oro, los que gritan que “esta es la juventud del PSUV”, nosotros que crecimos siendo y viendo el momento Chávez y que quedamos huérfanos encarando una tormenta.

¿Qué sentido tiene al vida para los otros, para los yo me iría demasiado, a los que les da igual si Bogotá o Berlín con tal de salir de Caracas?

¿En qué momento, ellos y nosotros, coincidimos, nos parecemos, nos envidiamos? El que se queda aquí en medio de la guerra anhela la relajada imagen proyectada del que se fue, y allá, desde las tardes sin sol, hay vacios que las fotos no llenan.

¿Cuál es el propósito de esta generación experta en salto al vacío, la que sabe escalar montañas y no soporta la idea de nuevas –o reeditadas- pobrezas? ¿Qué hacemos con lo que hace más de un siglo vio Martí en Venezuela? ¿Qué hacemos con la soledad inducida por las redes o la frustración producto de la publicidad? ¿Cuándo sentimos que triunfamos y cómo nos reponemos al vértigo que da subir –hasta sin ganas- para irremediablemente tener que bajar?

Decía Eduardo Galeano que “el código moral del fin del milenio no condena la injusticia sino el fracaso” y este, es un concepto propio de una realidad de competencias donde el ser no es por sí mismo sino para tener y fatalmente para compararse.

De todas las definiciones de fracaso que trae el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) prefiero para estas líneas la tercera según la cual es  la “caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento” ¿qué significa esto en un mundo donde ni siquiera en la ley de la gravedad podemos fiarnos porque las cosas a veces tienen helio, otras oxígeno, otras se modifican para sorprendernos por la aerodinámica, etc.? El hoy no nos dice nada del mañana, las cosas a veces sólo son el espejismo de un eterno marasmo otras la confesión de una eterna tragedia. Sólo somos soldados, de esos que existen por montones esperando su momento que puede llevarlos a la gloria o a la muerte en cada instante.

He escuchado tanto la palabra y he visto tantas veces la cara del que se convence en su tragedia en estos días que estoy absolutamente convencida que no es un fenómeno individual. Han fracasado los dueños de tienda que acostumbrados a inflar precios ven caer sus visitantes; han fracasado los que han llegado al escalafón más alto de la Administración y no logran limpiar la acera; han fracasado los que llenos de laudos no ganan un concurso de profesores; han fracasado los que con laudos, trabajos y casas, perdieron la promesa de una salida afuera; han fracasado los que han aguantado y lo que no han logrado quebrar el aguante.

¿Hemos fracasado todos? ¿Vivimos una década de la desesperanza, del regreso del horror? ¿Son nuestras más íntimas historias confesiones individuales o testimonios de una era?

El fracaso es entonces una situación incierta. Es lo que -el que- se cae, es el bienestar que no llega, es el espacio que no se llena. Es un concepto negativo, como la belleza que Humberto Eco ubica en primer momento en la ausencia de fealdad. Por ello, el fracaso sería la ausencia del éxito.

El éxito es un concepto que no puede tener más estereotipos comerciales: la buena ama de casa, la que espera la madrugada sin protestar el regreso del esposo, el empresario bonachón del carro nuevo, el ministro joven y apuesto. El éxito es una construcción que no se tiene alma adentro sino imagen afuera.

El éxito es lineal, estéril, imposible en una historia donde los ciclos zigzaguean y donde volamos con la belleza de guacamayas, donde no tuvimos el difícil penar de las piedras, donde nos enseñan cada día que la grama en Colombia es siempre más verde.

La frustración es una trampa para el pensamiento. Pudo llevar a la más grande escritora inglesa al suicidio por no ver su estela y a las más amargas cartas y declaraciones de nuestra historia. Contra ella se levantó todo lo que hemos sido, la pregunta está entonces en para qué vivimos, cómo somos, qué queremos.

Estas preguntas como fuentes infinitas de nuestra más íntima libertad no tendrán respuesta en otros sino en nosotros mismos. En lo que nos parecemos y no, en lo que queremos y no.

Respondernos será desafiarnos, poner a prueba nuestras convicciones frente a nuestras realidades, descubrir y soltar los apegos, las ganas de complacer infinitamente. Es un ejercicio del ser que debe apuntalarse en la crisis antes de convertirnos en almas en pena que no se consiguen nunca.

¿Puede Ramos Allup tuitear contra todos?

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El Presidente de la República, Nicolás Maduro Moros, en el marco de los últimos eventos nacionales y tomando en consideración las recurrentes manifestaciones violentas e irrespetuosas del diputado Henry Ramos Allup respecto a las titulares de los otros Poderes Públicos y al pueblo llano –chavista o no-  ha anunciado que presentará una consulta a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia para que emita opinión, con carácter vinculante, si las mismas se encuentran amparadas dentro del marco de la inmunidad parlamentaria.

Esta institución presente en la Constitución ha sido objeto de análisis teóricos y de debates judiciales a lo largo de su historia, los cuales son importantes incorporar en el presente momento político.

Al respecto, hay que observar que diputados y diputadas, en lo que le es común a todos los derechos que se inspiraron en el Parlamento inglés tienen una serie de prerrogativas o privilegios que están destinados a permitirles que ejerzan su función de control, con la mayor libertad que pueda darseles.

Por ello, vamos a ver que hay dos figuras distintas dentro del estatuto del parlamentario, contenidas en nuestra Constitución de la República Bolivariana de Venezuela en los artículos 199 y 200.

Sobre estas consideraciones, los diputados y las diputadas, que son funcionarios públicos sometidos al régimen de la elección popular gozan en virtud de la Constitución y del Reglamento Interior y de Debates de la Asamblea Nacional (Ridan) de una serie de prerrogativas, privilegios o derechos que se desprenden de la naturaleza de la función que ellos individualmente considerados o que el Parlamento, como institución prestan en el marco de la democracia.

“En este sentido se pronuncia Pablo Biscaretti. Tales garantías se traducen en prerrogativas específicas o excepciones al derecho común concedidas a los mencionados funcionarios (considerados colectiva o singularmente), no ya en su interés personal (puesto que tendríamos privilegios como los reconocidos a los componentes de algunas clases en el Ancien Régime) sino en relación con las funciones públicas que deben desarrollar, y tal carácter específico se comprueba también por el hecho de que no son renunciables y atribuyen a sus beneficiarios no derechos públicos subjetivos, sino simples intereses legítimos.

Las mencionadas garantías, además, encuentran hoy día su razón de ser simplemente en la independencia que debe caracterizar a toda Cámara en su cualidad de órgano constitucional del Estado, y no ya en la necesidad tutelar del Poder Legislativo de eventuales presiones del Ejecutivo (como frecuentemente ocurrió hasta comienzos del siglo XI, cuando el carácter no tenía carácter alguno representativo, sino que hasta comienzos del siglo XI cuando el gobierno no tenía carácter alguno representativo, sino que directamente un monarca hereditario); tampoco en la oportunidad de no apartar, por motivos de escaso relieve, a los parlamentarios del ejercicio  de las funciones legislativas (ya que entonces semejantes garantías deberían extenderse a todos los funcionarios colocados en cargos de cualquier importancia).”[1]

En la actualidad, la utilización de la terminología que refiere la existencia de privilegios o prerrogativas antes citada, ha sido descartada, al menos desde el punto de vista normativo pues hoy se encuentran en el Reglamento Interior y de Debates, donde el artículo 17 se refiere llanamente a los derechos de los diputados y diputadas.

Es este el entramado juridico donde se enmarca la  situación de hecho planteada por el Presidente de la República, la cual considero -por las  razones que de inmediato explicaré- se trata de un uso abusivo de la irresponsabilidad y no un supuesto que involucre la impunidad. Esta ligera diferencia es sustancial en cuanto a los procedimientos y consecuencias que genera.

La inviolabilidad, llamada también irresponsabilidad es una prerrogativa de carácter absoluto que protege al diputado o a la diputada contra cualquier acción judicial derivada de sus votos y opiniones. Esta irresponsabilidad es penal y civil. Si el voto o  la opinión del diputado o diputada ha causado perjuicio al Estado o a los particulares, ni aquél ni estos pueden exigirle una indemnización. A esta norma del Derecho Parlamentario se le reconoce su cualidad de orden público, por lo cual, a ella no pueden renunciar los diputados o diputadas.

Su consagración es común en el derecho constitucional, así, este privilegio es conocido en Inglaterra como el freedom from arrest y en Francia como inviolabilité y si su contenido suele ser considerablemente amplio,  hay otros casos como el alemán que son mas restrictivos pues en ellos se establece que esta protección no ampara a quienes siendo parlamentario cometen actos de difamación o injuria.

En nuestro derecho, el artículo 199 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, contiene esta protección indispensable para un normal funcionamiento parlamentario haciendo de ella la concreción normativa del principio de libertad de quienes se dedican a la representación pública desde el Parlamento, en tal sentido dispone,

“Los diputados o diputadas a la Asamblea Nacional no son responsables por votos y opiniones emitidos en el ejercicio de sus funciones. Sólo responderán ante los electores o electoras y el cuerpo legislativo de acuerdo con esta Constitución y con los reglamentos.”

En un analisis comparado vemos como el Tribunal Constitucional Español, al referirse al artículo 71.1 de la Constitución Española, que de forma similar contiene para aquél derecho esta garantía ha señalado que la inviolabilidad, “es una garantía sustantiva que excluye la responsabilidad jurídica de los Diputados y Senadores por las opiniones manifestadas en el ejercicio de su función parlamentaria.”[2] De modo que, si en relación a la inmunidad parlamentaria es fundamental el análisis temporal de los hechos, en relación a la inviolabilidad ha de realizarse un examen si lo dicho se hace en el marco del cumplimiento de las responsabilidades, o, en el goce de las prerrogativas parlamentarias.

Volviendo a Venezuela, en su Constitución comentada, Freddy Zambrano considera que esta prerrogativa conoce de limitaciones materiales en tanto “cubre únicamente los actos propios de la función parlamentaria”[3].

Por lo cual,

“no protege al diputado contra los actos que permanecen al margen de tal función. Por ello no comprenden, naturalmente, las manifestaciones privadas, ni los discursos de cualquier carácter que el legislador haya dicho fuera de su condición oficial. (…) Un diputado no es amparado por esta inmunidad cuando realiza actos que se relacionan con su actividad de hombre público y que no son necesarios para el ejercicio de su mandato popular, o sea, actos que podrían ser realizados por alguien que no es parlamentario, por ejemplo, el diputado que escribe en un periódico, que coloca afiches en las calles o habla en reuniones públicas, que participa en manifestaciones en la vía pública, está obligado a responder como cualquier ciudadano por sus actos.”[4]

Es este en mi opinión el elemento central pues hemos de observar que la inmensa mayoría de las declaraciones por las que hoy el Presidente de la República solicita que la jurisdicción constitucional se pronuncie sobre los dichos de Ramos Allup, han sido emitidos verbalmente o por escrito, por medios de comunicación distintos a las intervenciones, mociones o preguntas que pueden hacerse desde la Asamblea Nacional y que sólo pueden realizar diputados o diputadas.

En consecuencia, todas las declaraciones contra la dignidad o la honorabilidad de personas pueden ser reclamadas por via ordinaria por sus victimas  o por el Ministerio Público -según corresponda- y todo llamado al odio o apología  del delito comprometería su responsabilidad de manera ordinaria.

De allí, que lo planteado por el Presidente de la República no tan solo es juridicamente viable en Venezuela (y en Inglaterra, España, Alemania y Francia) sino que es una exigencia de la democracia que exige la responsabilidad de todos y el respeto por los otros.

[1] Orlando Tovar. Derecho Parlamentario. Publicaciones del Instituto de Derecho Público. Universidad Central de Venezuela. Facultad de Derecho. Caracas 1973. 233 p., p. 57

[2] Tribunal Constitucional Español, Sentencia 9/1990, 18 de enero 1999, F.J. 4°

[3] Zambrano, Freddy: Constitución de la República Bolivariana de Venezuela; Editorial Atenea; Primera Edición; Caracas; 2004; Tomo II, 629 Páginas. página 267

[4] Zambrano, Freddy: Constitución de la República Bolivariana de Venezuela; Editorial Atenea; Primera Edición; Caracas; 2004; Tomo II, 629 Páginas. página 267