Éxito y fracaso

See nothing business concept

La vida, este lapso de tiempo que nadie pidió transcurre entre un ruidoso primer grito y la llegada al irreversible silencio tiene que tener un propósito. Eso nos dice la religión, la historia, las leyendas… Nacimos para salvar el mundo, para vencer la muerte, para resucitar y merecer mejores cosas. Morimos tan sólo porque toca morir. En el medio, todos los conceptos de vivir –y cómo leer las cosas que nos pasan- han cambiado con el tiempo.

¿Qué sentido tiene la vida para nosotros, los codo a codo, tras la Patria que nos legó Chávez? Nosotros, los de la generación de oro, los que gritan que “esta es la juventud del PSUV”, nosotros que crecimos siendo y viendo el momento Chávez y que quedamos huérfanos encarando una tormenta.

¿Qué sentido tiene al vida para los otros, para los yo me iría demasiado, a los que les da igual si Bogotá o Berlín con tal de salir de Caracas?

¿En qué momento, ellos y nosotros, coincidimos, nos parecemos, nos envidiamos? El que se queda aquí en medio de la guerra anhela la relajada imagen proyectada del que se fue, y allá, desde las tardes sin sol, hay vacios que las fotos no llenan.

¿Cuál es el propósito de esta generación experta en salto al vacío, la que sabe escalar montañas y no soporta la idea de nuevas –o reeditadas- pobrezas? ¿Qué hacemos con lo que hace más de un siglo vio Martí en Venezuela? ¿Qué hacemos con la soledad inducida por las redes o la frustración producto de la publicidad? ¿Cuándo sentimos que triunfamos y cómo nos reponemos al vértigo que da subir –hasta sin ganas- para irremediablemente tener que bajar?

Decía Eduardo Galeano que “el código moral del fin del milenio no condena la injusticia sino el fracaso” y este, es un concepto propio de una realidad de competencias donde el ser no es por sí mismo sino para tener y fatalmente para compararse.

De todas las definiciones de fracaso que trae el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) prefiero para estas líneas la tercera según la cual es  la “caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento” ¿qué significa esto en un mundo donde ni siquiera en la ley de la gravedad podemos fiarnos porque las cosas a veces tienen helio, otras oxígeno, otras se modifican para sorprendernos por la aerodinámica, etc.? El hoy no nos dice nada del mañana, las cosas a veces sólo son el espejismo de un eterno marasmo otras la confesión de una eterna tragedia. Sólo somos soldados, de esos que existen por montones esperando su momento que puede llevarlos a la gloria o a la muerte en cada instante.

He escuchado tanto la palabra y he visto tantas veces la cara del que se convence en su tragedia en estos días que estoy absolutamente convencida que no es un fenómeno individual. Han fracasado los dueños de tienda que acostumbrados a inflar precios ven caer sus visitantes; han fracasado los que han llegado al escalafón más alto de la Administración y no logran limpiar la acera; han fracasado los que llenos de laudos no ganan un concurso de profesores; han fracasado los que con laudos, trabajos y casas, perdieron la promesa de una salida afuera; han fracasado los que han aguantado y lo que no han logrado quebrar el aguante.

¿Hemos fracasado todos? ¿Vivimos una década de la desesperanza, del regreso del horror? ¿Son nuestras más íntimas historias confesiones individuales o testimonios de una era?

El fracaso es entonces una situación incierta. Es lo que -el que- se cae, es el bienestar que no llega, es el espacio que no se llena. Es un concepto negativo, como la belleza que Humberto Eco ubica en primer momento en la ausencia de fealdad. Por ello, el fracaso sería la ausencia del éxito.

El éxito es un concepto que no puede tener más estereotipos comerciales: la buena ama de casa, la que espera la madrugada sin protestar el regreso del esposo, el empresario bonachón del carro nuevo, el ministro joven y apuesto. El éxito es una construcción que no se tiene alma adentro sino imagen afuera.

El éxito es lineal, estéril, imposible en una historia donde los ciclos zigzaguean y donde volamos con la belleza de guacamayas, donde no tuvimos el difícil penar de las piedras, donde nos enseñan cada día que la grama en Colombia es siempre más verde.

La frustración es una trampa para el pensamiento. Pudo llevar a la más grande escritora inglesa al suicidio por no ver su estela y a las más amargas cartas y declaraciones de nuestra historia. Contra ella se levantó todo lo que hemos sido, la pregunta está entonces en para qué vivimos, cómo somos, qué queremos.

Estas preguntas como fuentes infinitas de nuestra más íntima libertad no tendrán respuesta en otros sino en nosotros mismos. En lo que nos parecemos y no, en lo que queremos y no.

Respondernos será desafiarnos, poner a prueba nuestras convicciones frente a nuestras realidades, descubrir y soltar los apegos, las ganas de complacer infinitamente. Es un ejercicio del ser que debe apuntalarse en la crisis antes de convertirnos en almas en pena que no se consiguen nunca.

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