Mi amigo Farid

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París, 1996.

Es en el marco a una invitación de un amigo que decido finalmente escribir esta vieja historia. Una que determinó en 1996 mi curiosidad por los derechos humanos y mi rechazo por prácticas abiertamente contrarias que se realizan en el denominado primer mundo sin que nadie –o casi nadie- se espante.

En 1996 yo era una niña extranjera. Tan pronto puse mis pies en Francia lo entendí. Era extranjera porque no hablaba francés, porque mi historia quedaba del otro lado del océano y porque me tocaría entender que habían dos mundos: el de ellos y el nuestro. Esa brecha que no se supera nunca ni siquiera con documentos de identidad europeos que, obtenidos después, vengan a poner reparo.

Era una niña extranjera en las afueras de una ciudad que dejó de ser importante en 1066 y que luego sólo fue noticia por haber sido bárbaramente arrasada en 1945. Las afueras eran aun menos importantes. Eran tan sólo un conjunto de edificios grises y verdes que rodeaban una explanada que sólo merecía mirarse en primavera. Ese sitio parecía desde entonces olvidado por Dios, allí, se sumaba al desempleo que dejó la migración a Asia de los astilleros las historias de algunas familias extranjeras, principalmente argelinas que habían llegado aspirando a una mejor vida.

También había seres venidos de historias aún más tristes. Niños de Ruanda y de Burundi que burlaron la muerte por la misión de alguna gente de buena voluntad que los llevó para procurarles una oportunidad. Además de ellos, estaba Farid.

Farid era un niño de unos nueve años que venía de un país que en aquella época no pude saber donde quedaba pero que había conocido la guerra. En su tierra, se comían patillas todo el año y la gente tenía un gusto por los colores que contrastaban con la nieve. La nieve, decía él, era eterna. Tan eterna como eran las minas antipersonales de las cuales contaba cómo había aprendido a sortear cuando habían tocado a su hermano. Su madre se había quedado allí con los más pequeños, ese allí que no existía en mi imaginación sólo poblada por las costas de Venezuela… su padre había partido a Francia con él a solicitar asilo o refugio o vida, lo que obtuviera.

Nosotros compartimos dos salones. El de la mañana donde debíamos tortuosamente aprender en no más de tres meses francés bajo la dedicada insistencia de Madame Sylvie, una mujer rubia de vocación innegable. También íbamos al de la tarde, donde no había un profesor sino un incitador, un mago, un periodista, un alquimista, un defensor de lo diverso y de los diversos, Monsieur Jean.

Farid iba mucho más rápido que yo en la faena, había llegado antes y tenía muchas horas de práctica. Supongo que su inteligencia se había despertado también con tantas cosas que había vivido pero nos unía ser los dos seres más extraños que en aquel tiempo habitaron la Escuela Abierta del Valle de Herouville Saint-Clair. Juntos parecíamos podernos burlar, entendiéndonos sin idioma en común, de todos aquellos que tan sólo hablaban francés.

Fue un día, creo que poco antes de la primavera, que llegó la noticia que convulsonó todo aquel colegio de dos pisos y un sótano. Farid iba a ser deportado, su padre no reunía el dinero suficiente para seguir en Francia. Aquello duró no sé si días u horas. Medió una protesta de maestros con niños en la puerta, medió una clase distinta de la refinada educación cívica tricolor de la escuela donde aprendimos la palabra “deportación”. Un día, quizás el siguiente o unos después, él desapareció de ese tejido dejando un vacío de indignación.

Farid y yo nunca volvimos a cruzar caminos creo que nunca podremos hacerlo, su nombre es tan común como el mío y yo como él, no tengo apellido, ¡vaya faena será buscar a Ana en Latinoamérica! ¡vaya faena buscar a un Farid en el mundo! Los años poco a poco se tragaron esa historia pero nada borró ese nombre de mi vida.

Tardé casi una década en volver a aquella escuela, su primera parte, la maternal y la primaria lucían intactas como si el tiempo no hubiese pasado nunca. Me senté par de veces en esa explanada que ya no era abierta como entonces, la nueva Francia había descubierto las rejas, la inseguridad, la paranoia.  La secundaria amada fue derrumbada a la semana de mi regreso en medio de una gran soledad. El cierre de las fronteras había dejado esa ciudad sin extranjeros tanto como el incremento de las tarifas de todo la había dejado sin franceses.

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