¿Qué hacer con los malos abogados?

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La abogacía, que es el quehacer de los abogados, es una profesión tan compleja como antigua. En su interacción con lo social, los abogados son tan necesarios como los intérpretes para la diplomacia y los médicos para la prescripción de medicinas. Por ello que igualmente numerosas sean las recomendaciones de tener abogados de confianza para asumir retos nuevos como la desconfianza sobre estos personajes. Los abogados son, vale la pena recordar, uno de los colectivos que levantan más dudas en nuestra sociedad.

Mirar en la historia es encontrarnos personajes que hicieron roles que poco a poco se estandarizaron en escribientes-defensores hasta individualizarse en personas como Lysias que según parece fue el más famoso abogado de la antigua Atenas así como también ver la literatura y las crónicas historias  es encontrarnos de la desconfianza que merecieron los leguleyos desde todos los tiempos como testimonian las palabras del cabildo de la ciudad de México y de Buenos Aires, que apenas iniciada la colonización española del continente los fustigó con un “vengan clérigos pero no abogados”.

La verdad es que en Venezuela el ejercicio del derecho sigue siendo un arte difícil, que requiere habilidades diversas y que hace que más de uno se persigne ante la simple idea de tener que dejar sus bienes o sus intenciones en manos de alguno.

Es en ese contexto que en el presente planteo la pregunta ¿qué hacemos con los malos abogados? Malos no el sentimiento –nada exige ser buena persona para ser buen abogado- sino en la práctica. Me refiero al caudal nunca medido de estafas, acciones improcedentes, adelantos de pagos, calumnia contra los jueces –que admitámoslo, en este país siempre son abogados pero no todas las veces son íntegramente malos- que martirizan a quienes, por un azar de la vida, por lo penal o lo civil, se encuentran ante un juez o ante un notario.

La responsabilidad profesional en Venezuela es un territorio poco explorado. No tenemos realmente un sistema legal ni una exigencia cultural de calidad en los servicios que contratamos pero una mala praxis de un abogado puede ser en la práctica tan costosa y dolorosa como la de un médico.

¿Qué hacemos con ella? ¿Es suficiente para ser abogado haber presentado un título ante un colegio que otorga automáticamente una licencia? ¿No debería existir algún tipo de gradación, de valoración desde los espacios profesionales para estos practicantes? El tema es complicado pues por un lado el ejercicio profesional felizmente se ha democratizado y por otro sigue en mora avanzar definitivamente a un mundo donde la ciudadanía se ejerza plenamente sin intermediarios: es decir, sin abogados pero también debe procurarse, sin aristocratizar, una manera en la cual los clientes puedan escoger con algún aval a sus defensores o representantes y estos respondan más que por la imposición de pírricas multas cuando sus errores son tan groseros que develan una acción necia o anti ética.

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