Ruperto y las cinco auyamas.

9803410483979625Los abogados penalistas por generaciones se han enfrentado a  la fundamental dificultad, filosófica en esencia, de determinar para qué sirven las penas. Muchos apelan a la idea que sirven para disuadir a los posibles delincuentes; otros, para saciar la sed de justicia de la gente; otros, para demostrar la fuerza del Estado. La verdad es que a ciencia cierta, penados como han sido millones de humanos, nadie sabe si penar sirve para algo.

El debate se vuelve más difícil cuando el delito que juzgamos si bien es en toda su dimensión una conducta antijurídica, típica y culpable es cometido en unas circunstancias o sobre unos bienes de tan pequeña entidad que, si no fuera porque la ley lo prohíbe, no merecería ninguna atención y el posible castigo no pasaría del materno coscorrón.

En esta línea, por el sujeto que lo cometió y por el objeto sobre el cual lo hizo, se encuentra el hurto de cinco auyamas por un adolescente de dieciséis años que ha sido indebidamente mediatizado.

La nota de prensa publicada en Aporrea.org en fecha 21 de noviembre del año en curso indica “funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), adscritos al Destacamento 113 de Lagunillas, estado Zulia, detuvieron este domingo a un joven de 16 años, tras haberse robado 5 auyamas de un vivero ubicado en una carretera que une a Ciudad Ojeda con Lagunillas.”[1] Demostrando que si para el derecho existe el principio de economía procesal que hace desechable todo lo que pueda considerarse delitos de bagatela para quien redactó la nota –sea el medio o la Guardia Nacional Bolivariana- no existió en el presente caso la misma consideración.

Las hojas sobre las cuales se reseñó al infractor, la tinta de la impresora en la cual se imprimió la lectura de sus derechos, los segundos telefónicos que se ocuparon en notificar al fiscal. Cada uno y peor, todos sumados, superan el valor económico del bien hurtado. Esto en el entendimiento que de la bochornosa foto, fichaje y nota, no pasará este evento.

El hurto famélico es un viejo problema para los penalistas pues enfrenta la tipología del derecho penal con la finalidad del proceso, pues, saciar el hambre es una necesidad inexorable por ende condenar la acción es negar con el derecho el más fundamental sentido de humanismo y de justicia.

No quedándose en esto, justo en el día internacional de los derechos del niño, nuestro pobre Ruperto es fichado y plenamente identificado, acción absolutamente proscrita en el artículo 65 de la Lopnna que por cierto es la norma por la cual si a alguien se le ocurriese perseguir en justicia al joven, sería enjuiciable y su acto no acarraría más que una simbólica sanción educativa.

La proporcionalidad es un principio al que no pueden renunciar los cuerpos de seguridad. El error está entonces en la dimensión del procedimiento comparado al hecho que lo generó pero igualmente grave es la difusión de la noticia. A todos los involucrados valga recordarle que con actos automáticos, irreflexivos y de rutina también se lesionan derechos fundamentales y proyectos de vida.-

[1] http://www.aporrea.org/actualidad/n300473.html

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El país posible: Venezuela 2021

C121489022_30756abb71.jpghávez desde sus incontables tribunas siempre vaticinó que transcurridos los años llegaríamos a un luminoso año
2021. Allá, todas las miserias de tener que construir la Patria nueva se verían recompensadas: se alcanzaría la Patria socialista, podríamos vivir viviendo, el poder respondería a una nueva geometría donde los actores acatarían una ética socialista. Así, Chávez siempre puso la estrella en el futuro.

El proyecto bolivariano se convirtió entonces en la realidad en la que vivimos pero sobretodo la promesa que hacíamos, jóvenes y viejos, a las venideras generaciones. Con ello, por primera vez, para las mayorías existió un “país posible”.  Tras esa meta, los planes y el empeño por la educación y la democratización le otorgó a los venezolanos por lo menos dos elementos de riqueza estructural: un mejor nivel de salud y sobretodo una mayor educación que debía ser el medio principal para impulsar y mantener  la joven República que apostaba por metas tecnológicas de primera gama, con un satélite como mejor ejemplo.

Con el paso de los años y sobretodo con la desaparición física del Presidente Chávez el país posible se fue –y lo fueron- diluyendo. El acoso a la Nación rápidamente se tradujo en un ataque continuado a la normalidad, la cual por cierto es ahora un anhelo pese que en el proyecto nación era tan sólo un estadio previo a la verdadera meta. En ese contexto el discurso dejó de señalar el 2021 como el momento al que llegaríamos victoriosos y pasó a contemplar que cada día en paz era en sí un logro, uno, que en medio de las condiciones materiales y psicológicas de la gente ha sido objeto de grandes manipulaciones.

Pues frente a nuestro abandono del discurso que cuenta que alcanzaremos un mejor momento, se ha fortalecido una idea que esto terminará, así, sin más. En la conversa del metro, de la calle, de la oficina,  los más optimistas tan sólo se agotan en  la nostalgia de lo ya recorrido sin muchas luces de lo que queda por alcanzar.

El país posible, aquel a cuya construcción hay que apostar, ha sido secuestrado por la guerra. Si afirmo esto es en el contexto en el que a través del dialogo todos los factores políticos finalmente han aceptado que estos tres últimos años hemos vivido una agresión de alta intensidad que ha socavado las bases de la economía pero también de la esperanza.

Con estas ideas parece que pisamos a pocos metros del precipicio, sin que nada justifique quedarse allí, como quien sabe que inexorablemente caerá al vacío. En este sentimiento, venezolanos de izquierdas y de derechas, del chavismo y de la contrarrevolución, han hecho la maleta con su nivel profesional que les legó el modelo del Comandante.

La desesperanza parece así haber sido inoculada de la manera más democrática que uno pudiera imaginar incluso sin que escapen de ellas quienes, con ese dolor a cuestas, les toca encarar la tormenta.

Por eso, pensar el país posible, recuperar el sueño bolivariano de la sociedad de iguales, de participación protagónica es tan vital como la recuperación del sistema económico y aunque este segundo haya sido un vehículo para este sentimiento no podemos confundirnos y creer que con la mera recuperación económica podremos cumplir la tarea que nos habíamos fijado.

Es tiempo de recuperar en el 2016 el profetizado 2021 con todos los elementos de discurso, de debate y de planificación de los cuales podamos hacer mano tanto como es este el momento idóneo para hacerlo: por primera vez, pese a las amenazas, hay muestras de que se abren nuevas realidades políticas para el país.

Pensarnos, discutirnos, perdonarnos, proyectarnos. Con todos estos verbos conjugados en plural hemos de tomar la iniciativa para que el dialogo no se convierta en pacto y para que la Revolución no sea difamada al punto que algunos insensatos se confundan comprando las nefastas ideas que socialismo es dificultad y no, un sueño común que despierta en esta tierra desde que nuestros grandes caciques se negaron a rendirse.

Escoger lo político

inclusiva Los últimos dos años han sido tiempos de un extenuante show mediático. El panorama parece meticulosamente diseñado para que la gente se convenza que son pocas las respuestas que en la política puede obtener para su vida cada vez más aislada y compleja. Así las cosas, vemos como se han repetido hasta el absurdo las elecciones en España para terminar fortaleciendo al Partido Popular (PP) frente a un cada vez menos socialista y menos partido, Partido Socialista Español; ha sido el tiempo del nefasto impeachment brasileño que terminó con una Presidenta votada por millones apartada del poder, un ex Presidente perseguido, un diputado preso pero fundamentalmente con una nueva abstención mayoritaria en el país a las siguientes –casi inmediatas- elecciones; a la vez que en nuestra casa, Venezuela, ha sido un tiempo de furia y desgaste. Es en ese marco que pienso que es necesario reflexionar, en vísperas de las elecciones norteamericanas, de la importancia de salvar la política.

¿Qué hacer con tanto desespero? ¿Quién es el sujeto que puede impedir tantas guerras que se anuncian? ¿Por qué lo religioso vuelve a aparecer cuando el discurso de la modernidad era laico? ¿Qué importancia recupera la Iglesia católica recientemente famosa tan sólo por pederastia?  ¿Cómo es posible que el mundo se mine de campos de refugiados y no cause escándalo? No son menores las preguntas que se pasan por debajo de la mesa en un contexto donde parece que todos estamos excesivamente saturados al punto que la única manera de evitar enloquecer es ignorando al otro y lo que incluso pase con nosotros.

Es cierto, la humanidad sólo conoce el conflicto. Este es su estado natural toda vez que los recursos y  los espacios son limitados y que por milenios tan sólo hemos vivido en medio de conflictivas transformaciones del sistema socioeconómico. Por eso, hubo un tiempo en el que los que mandaban eran los que tenían la bendición de Dios, otro los que tenían el saber, otro los medios de producción. De modo que siempre ha habido alguien dispuesto a ganar, otro dispuesto a robar y finalmente, un infinito grupo de gente que pierde la partida.

Cada tanto tiempo mientras estas transformaciones ocurren existe con más o menos fuerza en colectivo ese sueño individual y disímil que todos llevan dentro: el anhelo de justicia. Precisando que a los efectos de estas notas por justicia y paz haremos consideraciones supremamente limitadas: entendiendo la primera como la esperanza de la supervivencia digna y la segunda, la erradicación de los tormentos sociales más apremiantes que amenazan la normalidad de la vida individual y familiar.

Esas son las angustias primeras en un contexto donde afirmar la cercanía de una guerra mundial ha dejado de ser descabellado cuando en el país erigido en policía universal la campaña presidencial ha girado sobre affaires del ex Presidente y excesos del magnate, con un discurso donde ambos candidatos pregonan el mayor desprecio por los otros pueblos. Ya bien sea con un discurso anti inmigrante como el de  Trump o con el discurso guerrerista de Clinton quien se enorgullece de haber destruido el más prospero de los países de África.

En reportes frecuentes se evidencia que África sigue siendo el continente de las mayores miserias en un presente signado por guerras, alentadas desde afuera, que han determinado una realidad de huérfanos, sin acceso al agua potable e infectados masivamente de VIH y enfermedades que, en las otras latitudes, ya no son mortales.

Un continente entero del que no hablamos vio en el último período guerras civiles en República Centroafricana, en Sudán y en otros enclaves donde convenientemente se trabajó una intervención internacional hasta llegar a la guerra sin fin aplicada en Libia.  A esta lista y con sus distancias podríamos mencionar como los socios imperiales han seguido oprimiendo a Palestina, a Yemen, al pueblo Saharaui, etc.

Parece entonces que hay un clima mundial donde ser optimista incluso mantener como a los albores del siglo XXI que el tiempo de la guerra se había cerrado con el siglo XX es un discurso que no podremos sostener frente a una comunidad internacional cada vez más alienada y desconectada en los puntos que unen las crisis, magnifican los problemas y construyen héroes.

Podríamos entonces desde cualquiera de estos puntos del globo y desde el nuestro darnos por cansados y desechar la política. Culpar al debate de nuestras diferencias de los peores males y finalmente preferir que alguna fórmula tecnocrática y fría se encargue de regir nuestros países. Se trataría entonces de dejarnos llevar por la idea que nuestra existencia y acción es insuficiente para intervenir en conflictos más antiguos que nosotros y que a la final, cualquier esfuerzo se pierde.

Estos pensamientos no llegan a nosotros de manera accidental. El capitalismo requiere de poblaciones desesperadas y despolitizadas que renuncien a todo porque sienten que nunca ganan nada. El imperialismo requiere personas agobiadas en sobrevivir para centrar las posibilidades de avance mundial y convertirlas en mercancía que se obtienen con poco y se venden a precios exorbitantes a los países periféricos, incluso si se trata de comida o medicinas.

En estos temas, las comunicaciones siempre han sido cortadas y salvo nobles esfuerzos de algunos personajes que lograron sortear los bloqueos históricos han sido pocos los foros donde los pueblos puedan encontrarse en sus cansancios comunes para remontarlos como han sido pocos los tiempos de relativa paz que permitan hacerlo.

Detrás de lo político –por lo que vale la pena seguir intentando- se encuentra el perfeccionamiento de un sistema socioeconómico cuya lógica no es la del bienestar sino la de la ganancia; no es la de la integración sino la de la dominación; no es la de la igualdad es la de la acumulación; no es la de los Estados sino la de las corporaciones.

Enemigos estos que saben camuflajearse, quemando sus aliados después de utilizarlos que supieron diseñar todos los contenidos que masivamente nos dominan así como los aparatos que usamos para recibirlos. El tiempo es entonces de una batalla difícil que tiene muchos elementos comunes a aquellos que precedieron las grandes guerras y la apuesta es demostrar que aprendimos que la violencia sólo sirve para fortalecer ciertas incipientes empresas que se saben aliar.