Escoger lo político

inclusiva Los últimos dos años han sido tiempos de un extenuante show mediático. El panorama parece meticulosamente diseñado para que la gente se convenza que son pocas las respuestas que en la política puede obtener para su vida cada vez más aislada y compleja. Así las cosas, vemos como se han repetido hasta el absurdo las elecciones en España para terminar fortaleciendo al Partido Popular (PP) frente a un cada vez menos socialista y menos partido, Partido Socialista Español; ha sido el tiempo del nefasto impeachment brasileño que terminó con una Presidenta votada por millones apartada del poder, un ex Presidente perseguido, un diputado preso pero fundamentalmente con una nueva abstención mayoritaria en el país a las siguientes –casi inmediatas- elecciones; a la vez que en nuestra casa, Venezuela, ha sido un tiempo de furia y desgaste. Es en ese marco que pienso que es necesario reflexionar, en vísperas de las elecciones norteamericanas, de la importancia de salvar la política.

¿Qué hacer con tanto desespero? ¿Quién es el sujeto que puede impedir tantas guerras que se anuncian? ¿Por qué lo religioso vuelve a aparecer cuando el discurso de la modernidad era laico? ¿Qué importancia recupera la Iglesia católica recientemente famosa tan sólo por pederastia?  ¿Cómo es posible que el mundo se mine de campos de refugiados y no cause escándalo? No son menores las preguntas que se pasan por debajo de la mesa en un contexto donde parece que todos estamos excesivamente saturados al punto que la única manera de evitar enloquecer es ignorando al otro y lo que incluso pase con nosotros.

Es cierto, la humanidad sólo conoce el conflicto. Este es su estado natural toda vez que los recursos y  los espacios son limitados y que por milenios tan sólo hemos vivido en medio de conflictivas transformaciones del sistema socioeconómico. Por eso, hubo un tiempo en el que los que mandaban eran los que tenían la bendición de Dios, otro los que tenían el saber, otro los medios de producción. De modo que siempre ha habido alguien dispuesto a ganar, otro dispuesto a robar y finalmente, un infinito grupo de gente que pierde la partida.

Cada tanto tiempo mientras estas transformaciones ocurren existe con más o menos fuerza en colectivo ese sueño individual y disímil que todos llevan dentro: el anhelo de justicia. Precisando que a los efectos de estas notas por justicia y paz haremos consideraciones supremamente limitadas: entendiendo la primera como la esperanza de la supervivencia digna y la segunda, la erradicación de los tormentos sociales más apremiantes que amenazan la normalidad de la vida individual y familiar.

Esas son las angustias primeras en un contexto donde afirmar la cercanía de una guerra mundial ha dejado de ser descabellado cuando en el país erigido en policía universal la campaña presidencial ha girado sobre affaires del ex Presidente y excesos del magnate, con un discurso donde ambos candidatos pregonan el mayor desprecio por los otros pueblos. Ya bien sea con un discurso anti inmigrante como el de  Trump o con el discurso guerrerista de Clinton quien se enorgullece de haber destruido el más prospero de los países de África.

En reportes frecuentes se evidencia que África sigue siendo el continente de las mayores miserias en un presente signado por guerras, alentadas desde afuera, que han determinado una realidad de huérfanos, sin acceso al agua potable e infectados masivamente de VIH y enfermedades que, en las otras latitudes, ya no son mortales.

Un continente entero del que no hablamos vio en el último período guerras civiles en República Centroafricana, en Sudán y en otros enclaves donde convenientemente se trabajó una intervención internacional hasta llegar a la guerra sin fin aplicada en Libia.  A esta lista y con sus distancias podríamos mencionar como los socios imperiales han seguido oprimiendo a Palestina, a Yemen, al pueblo Saharaui, etc.

Parece entonces que hay un clima mundial donde ser optimista incluso mantener como a los albores del siglo XXI que el tiempo de la guerra se había cerrado con el siglo XX es un discurso que no podremos sostener frente a una comunidad internacional cada vez más alienada y desconectada en los puntos que unen las crisis, magnifican los problemas y construyen héroes.

Podríamos entonces desde cualquiera de estos puntos del globo y desde el nuestro darnos por cansados y desechar la política. Culpar al debate de nuestras diferencias de los peores males y finalmente preferir que alguna fórmula tecnocrática y fría se encargue de regir nuestros países. Se trataría entonces de dejarnos llevar por la idea que nuestra existencia y acción es insuficiente para intervenir en conflictos más antiguos que nosotros y que a la final, cualquier esfuerzo se pierde.

Estos pensamientos no llegan a nosotros de manera accidental. El capitalismo requiere de poblaciones desesperadas y despolitizadas que renuncien a todo porque sienten que nunca ganan nada. El imperialismo requiere personas agobiadas en sobrevivir para centrar las posibilidades de avance mundial y convertirlas en mercancía que se obtienen con poco y se venden a precios exorbitantes a los países periféricos, incluso si se trata de comida o medicinas.

En estos temas, las comunicaciones siempre han sido cortadas y salvo nobles esfuerzos de algunos personajes que lograron sortear los bloqueos históricos han sido pocos los foros donde los pueblos puedan encontrarse en sus cansancios comunes para remontarlos como han sido pocos los tiempos de relativa paz que permitan hacerlo.

Detrás de lo político –por lo que vale la pena seguir intentando- se encuentra el perfeccionamiento de un sistema socioeconómico cuya lógica no es la del bienestar sino la de la ganancia; no es la de la integración sino la de la dominación; no es la de la igualdad es la de la acumulación; no es la de los Estados sino la de las corporaciones.

Enemigos estos que saben camuflajearse, quemando sus aliados después de utilizarlos que supieron diseñar todos los contenidos que masivamente nos dominan así como los aparatos que usamos para recibirlos. El tiempo es entonces de una batalla difícil que tiene muchos elementos comunes a aquellos que precedieron las grandes guerras y la apuesta es demostrar que aprendimos que la violencia sólo sirve para fortalecer ciertas incipientes empresas que se saben aliar.

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