Trump y los humanos

Republican U.S. presidential candidate Donald Trump speaks about the results of the Michigan, Mississippi and other primary elections during a news conference held at his Trump National Golf Club in Jupiter

Al parecer, en el año 2016, los estadounidenses descubrieron la política. Aunque ya había pasado, por ejemplo, cuando Bush fue presidente, se dieron cuenta que sus votos no valen mucho para escoger el primer líder de la Nación, y, con migraña abren el año 2017 ante un hecho inédito: pueden los norteamericanos ser gobernados en casa como ellos han gobernado desde siempre sus patios de juego. No pretendo decir con esto que las cosas que ha anunciado la nueva Administración no son graves, son terribles. Son claramente antagónicas con los lineamientos principales del Estado de Derechos Humanos, que desde las Naciones Unidas se pretende, pero, no es tan poco tan novedoso como política de aquél país.

Porque en primer lugar, antes de aceptar como ilustraba Carola Chávez que nos pinten “angelitos negros”[1] hay que reflexionar de cuál país estamos hablando. Hay que entender que quizás hay situaciones sociales que presionaron salir de la disimulada manera de hacer las cosas, así como que estamos descubriendo un país que antes del 20 de enero ya existía.

Así, estamos refiriéndonos al  país con mayor número de presos del mundo y con mayor proporción de su población encarcelada[2], que según datos de agosto de 2016 acaba de concluir el mandato que en su historia deportó más extranjeros pues al  30 de julio de este año habían sido regresadas  2.8 millones de personas, así como a esa misma fecha sumaban 120 personas afroamericanas que habían sido ultimadas por la policía.[3] Por lo tanto, lo primero que hemos de considerar es que las situaciones que presenciamos no ocurren en un país de las maravillas, libre de violencia, xenofobia o racismo.

Ocurren, por el contrario, en un país donde el porte de armas es un derecho constitucional y que se consideran, como sus Presidentes y representantes plenipotenciarios han dicho en distintos momentos, con el derecho de torcer los brazos a los gobiernos; que ha ratificado el menor número de instrumentos de derechos humanos y que ha manifestado, en varias oportunidades, que los tratados son estándares que ellos les aplican a los otros países pero que no pueden o deben serles aplicados.

Teniendo en cuenta esto como primer contexto, podemos entender mejor que las afirmaciones o las propuestas hechas por Trump, pese a que en sectores tengan un rechazo importante y muy mediático, no caen de sorpresa.

a) La Tortura

Una lamentable declaración fue la rendida por Trump a favor de la tortura. El Presidente americano dijo “el ahogamiento simulado es efectivo[4] lo que choca evidentemente contra la prohibición absoluta, erigida en ius cogens, del uso de la tortura pero no tanto con la política de Estado norteamericano.

Según datos recogidos por RT de una investigación de Amnistía Internacional,  el  32% de la población pensaba que en caso de ser detenida en Estados Unidos podía ser torturada, sensación que aumentó al conocerse los detalles sobre las “técnicas de interrogación mejoradas” anteriormente utilizadas por la CIA y sobre los programas de rendición pronto serán revelados en un informe de Inteligencia del Senado.[5] Considerándose, desde por lo menos 2014, que la política antiterrorista norteamericana es un estimulo para la utilización internacional de la tortura, pese a lo que el derecho o la opinión pública puedan considerar al respecto.

b) Los muros

El asunto del muro es uno en los que se han centrado las noticias. Trump quiere un muro en la frontera con México, lo quiere ya y no quiere pagarlo. Esta afirmación y el bombardeo de noticias quizás haga que nos imaginemos que la frontera EEUU-México es una bonita pradera. La verdad es que la frontera en primer lugar no debería quedar donde los estadounidenses dicen pero eso es historia vieja y de rapiña, pero, lo que si es actual es que casi un tercio de la frontera entre Estados Unidos y México se encuentra cubierta por un muro que impide el paso, por ende, el cierre sería de los pasos o la renovación de una estructura preexistente.

Muros como estos existen en varias otras partes: el que Israel hizo en Cisjordania, el que España puso en Ceuta para evitar la entrada de los moros, el que hizo Marruecos en el Sahara Occidental, los dos que bordean Irak y muros que se erigieron dentro de países como Brasil y Perú.

c) Los musulmanes

El tema de los musulmanes es otro asunto que hay que mirar. Convenientemente, el escándalo se ha mudado a los Estados Unidos dando un respiro a Europa que hasta ahora se robaba la primicia de su indiferencia ante la situación, ante la muerte de balseros en aguas del mediterráneo o la muerte por hambre y frío en sus sitios d recepción que distan poco de campos de concentración.

La medida consistente en un decreto que suspende la entrada de todos los refugiados durante 120 días y la concesión durante 90 días de visados a siete países de mayoría musulmana -Libia, Sudán, Somalia, Siria, Irak, Yemen e Irán-, se enmarca en un conjunto de medidas que a nivel mundial se han ido tomando y que hemos denunciado que es la creciente institucionalización de la islamofobia que ha gozado de decretos, prohibiciones y hasta referendos, a lo largo de ese tristemente venerado primer mundo.

Siendo este el estado de las cosas, el escenario parece dejar en evidencia sus grietas. No hemos de extrañarnos que el otro campo en el que Estados Unidos se ha precipitado a recordar que dependen económicamente de ellos, sea las Naciones Unidas, cuyo derecho flexible, incompleto y relativo se muestra incapaz de defender a nadie en o de los Estados Unidos, con la misma fuerza que se les amenaza.

“Humanos” es una palabra difícil, hasta incomoda para el Derecho que se muestra mas acostumbrado a la idea de “personas” cualidad que no se agota a los humanos y que no en todos los tiempos tienen todos los seres mamíferos, bípedos, descendientes de los primates y que en principio, dominan el mundo.

Los Derechos no son categorías estáticas, heredadas sino necesariamente conceptos que hay que defender, luchar y exigir. Momentos como estos han de servir para entenderlo.

[1] http://www.tves.gob.ve/pintame-angelitos-negros-por-carola-chavez/

[2] http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/18/actualidad/1471550483_672073.html

[3] http://internacional.elpais.com/internacional/2016/07/08/actualidad/1467972051_686850.html

[4] http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-38755787

[5] https://actualidad.rt.com/sociedad/view/127908-amnistia-internacional-torturas-eeuu

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De los juristas y el tiempo

Man Reaching for Fleeing Justice --- Image by © Illustration Works/Corbis

A Luz María, que atesora este ejemplo.

Bajo la metáfora “nadie es neutral en un tren en marcha” Howard Zinn compila las vivencias y reflexiones de un profesor que vivió el siglo XX. Desde la segregación de las poblaciones negras al activismo por su abolición,  él cuenta a su manera como la política y la historia las hacen los personajes comunes y cómo, ante todo, las personas deben tener su propia postura.

Resistir o defender; aceptar o rechazar; socialismo o capitalismo; todos son debates que se plantean en la microfísica del poder, y, de los que no se escapa nadie. Son estas ideas mi base para aventurarme a la reflexión sobre cuál es el deber un abogado en los tiempos en los que vivimos.

Primero, quizás tenemos el deber de entender que en la Facultad no aprendimos Derecho sino leyes, lo que nos pondría en evidencia que somos víctimas de un sistema anacrónico, que se satisface con la exégesis. Por ello, pensemos un poco en el engaño de nuestros primeros textos.

Nos dijeron, que este era un sistema de Derecho Continental, que se originó en la postura de Montesquieu para lo público y del Código de Bonaparte, para lo privado. Ambas categorías difícilmente sobreviven porque se han enfrentado a la reconstrucción jurídica de la posguerra, a la influencia de las escuelas austríacas y alemanas,  pasando por las teorías del Estado de bienestar para finalmente caer en el neoliberalismo y el Derecho comunitario.

Por ende, nuestra formación es un entramado, un conjunto de pedazos tomados de distintas partes y épocas, con los cuáles difícilmente entendemos la realidad. Esto en virtud de que además de todas las ausencias que sufrimos, la principal es la de una reflexión sobre el qué  hace y cómo se hace el Derecho. Falta, por ejemplo, entender que el Derecho es sólo un elemento de la cultura y de la historia. Por ende, cambia en sus formas y contenido.

Una de las mentiras fundamentales es la ilusión de estática que ofrece la Facultad con sus viejos y pesados Códigos que son actualmente remembranzas de un proyecto de país que nunca terminó de ser y reflejan valores de otras épocas. La segunda, sería la distancia. El Derecho en la escuela es una construcción terminada de la cual un abogado ha de servirse con un sentido general y concreto de justicia. Servirse, sin la capacidad de sentirse, ni de responsabilizarse, como parte del mismo.

En América Latina, de Carlos Cossio y Couture en adelante, se ha dado en lo filosófico valor al quehacer concreto de los tribunales. Desde esta perspectiva si el Derecho se crea en su aplicación, tienen los abogados al litigar y al argumentar, una responsabilidad directa en la creación del Derecho. Lamentablemente, estos temas son tomados con desdén desde cátedras optativas, o, complejas y recargadas, como resultan las lecciones de Filosofía del Derecho.

Entonces, ¿cuál es, en definitiva, el papel de los abogados ante la Historia? Existe un espacio en el qué la política se torna un tema jurídico y en él, se necesitan abogados con conciencia de clase y de país, en funciones jurídicas y no en el mero discurso político.

¿Son los hechos del hoy, en Venezuela, debates únicamente políticos? ¿Es delegable toda la carga en los políticos? ¿No hay un deber de darle al país, razones y alternativas, en tiempos de marchas y contramarchas, tuiters y contratuiters?

Pasada la guerra, Hans Kelsen reflexionaba y para él, el Derecho ya no era un tema de norma sino un mecanismo para la paz. Un canal de comunicación para los sujetos antagónicos. Con esta perspectiva parece necesario afirmar que ante los tiempos de tanto movimiento, quienes dedican su vida a esta ciencia no pueden permanecer en la retaguardia, como simples mercaderes del procedimiento administrativo y judicial.

Cuando las guerras estallan o hay catástrofes naturales, los médicos saben que es tiempo de ponerse la bata y las botas, asistir al campo de batalla y estar allí, con los heridos, los moribundos, las parturientas…

¿Esa campana no suena para los juristas? ¿Por qué la ignoramos? ¿Cuál es la vocación de un jurista? Más allá de tener el estatus que da el ser abogado, o, la perspectiva de venganza por un problema pasado que anima a muchos de hacerse de esa licencia para hablar duro y amenazar con juicios a todos los transeúntes.

Es cierto que la sociedad no avanza tan sólo por las leyes que dicta pero tampoco hay una noción de progreso que excluya lo jurídico, así como esta afirmación es relativa cuando vivimos en sistemas donde la responsabilidad de la creación de la ley es de sujetos políticos y no de actores jurídicos.

Pero ahora, en tiempos de diálogo y conflicto, hay un deber de proponer, acciones y alternativas, que permitan identificar al otro, conocerlo y mantener en el ámbito de los derechos nuestras diferencias. Es allí, donde faltan tantos. Tantos de cualquier tendencia, que simplemente sean parte de una historia en la que como dice Zinn, nadie puede ser neutro.

Vistas las ausencias, merece la pena homenajear a quiénes a la diana contestaron presentes y dieron al país leyes, constituciones y sentencias, que nos permiten hoy gritar ¡viva la República!

Ron y vergüenza

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A Carlos

Suspiró con cierta amargura. Sentía una injusticia que aquel viernes, tras una semana tan difícil, debiera contentarse con tomarse un ron. Era una especie de maldición la que nos había caído. Una maldición a la que costaba adaptarse incluso si se tenía claridad ideológica del suceso. Me miró y dejó en el aire un “¡que arrecho!” de esos con los que inician en Venezuela tantos lamentos y yo, corrí a buscar un libro y a apropiarme de la imagen.  “Pensar –prosiguió- que el ron venezolano afuera es tan valorado y aquí, bueno, lo sentimos como lo que nos toca”, ocasionando así las líneas que siguen.

El año 2016 fue para todos un año violento. Cambiar la comida, la ropa, los usos. Abandonar los cines, las discotecas, las licorerías. Esta vez, sin medias tintas, la crisis económica, la ausencia de lo importado, es cierta. Nos encontramos entonces, no en la teoría, sino en cada paso cuestionando nuestra vida. Es esta la única manera de sobrevivir.

¿Pero cuál es la maldición? ¿La reciente dificultad económica que es y seria, o, la manera en la qué la historia configuró nuestra economía? Casi todos sentimos que es el presente, en especial, porque los cambios llegaron sin anestesia. Sin embargo, algunos textos nos cuentan lo contrario.

Nuestra vida, las marcas y productos que consumimos invadieron nuestros mercados después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos procuró una nueva hegemonía mundial, y,  el sistema de relaciones que mantendría con la parte sur del Continente, configurando, en palabras de Briceño Iragorry, una “buena vecindad”.

Esta, para prosperar, requirió  “destruir todos los valores sencillos, ingenuos, amables, que se conjugan para dar resistencia realista a las líneas morales de nuestra tradición nacional.” Por ello, todos estos productos que fueron llenando nuestras neveras y despensas fueron “los marinos de la nueva ocupación a quienes los pitiyanquis abrieron festivamente los caminos de la Nación.”

Una vez que, nuestra lógica económica y política, se fue alejando de la alineación ordenada desde el norte la pelea empezó a pegar en el estomago. La alacena quedó vacía cuando debieron reducirse las importaciones y nuestros productos de siempre, los del aceite de palma y los envases cancerígenos, desparecieron.

Pero hoy mi historia no es la comida sino el alcohol. Intentar dibujar esta historia que hoy nos hace sentir frustrados así estemos tomando un tanto de una botella valorada entre 35 y 40 euros, que merece reseñas por ser un producto de denominación controlada; cuyo proceso de destilación es único, y, del cual Venezuela es uno de los diez principales productores en el mundo, distinguiéndose su producción por ser notablemente superior a aquella que se hace en las islas en el Caribe.

Así hoy en día “Ron de Venezuela” es una denominación de origen controlada otorgada por el SAPI desde el año 2003 a los principales rones de Venezuela que cumplen con los requisitos de tener en el total de sus componentes rones de un mínimo de dos años de envejecimiento en barrica de roble blanco y 40 grados de alcohol anhidro. En el 2014 Venezuela fue reconocida mundialmente con los galardones de mejor ron del mundo y mejor destilería del mundo en el Concurso Internacional de Cata celebrado en Madrid.[1]

Pero para el pasado la historia del ron es hermana de la del azúcar pues ambos devienen de la caña que fue un importante cultivo de la época agrícola venezolana. Abandonada frente a las facilidades de la importación de azúcar, siempre escasa y novedosa, la industria fue dejada en un segundo plano importándose cada vez más alcoholes de tierras lejanas. La producción nacional del ron, regulada en tiempos de Pérez Jiménez incidió en los procesos de destilación y le dio las particularidades que le valen la admiración en el exterior frente a la vergüenza nacional de consumir un producto que es por lo menos, tradicionalmente, tres veces más económico que el whiskey que importamos tantos años por encima de las medias de consumo internacional.

El paladar, es uno de los órganos que se educan culturalmente. La historia nacional del alcohol, su producción e importación, legalización y prohibición, guardan oscuros detalles de favorecimientos. Tomar, no es un asunto de consumo sino de estatus. El ron venezolano tiene a su favor muchas más cualidades que el whiskey que consumimos pero no tiene su estatus, por el contrario, huele a esa historia de cañaverales, de ingenio nacional, y, de tambor.

Es entonces tiempo de mirar el paisaje y abrir las papilas, para conocer el sabor de esta tierra, en sus cañaverales y en sus pencas, que guardan parte de los secretos que nos ocultaron cuando el paisaje se pintó con el oscuro aceite que ha sido endosado para hacer de la dependencia nuestro estilo de vida.-

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Ron_de_Venezuela

La leve voz del espanto

Debeso-times-square--644x500.jpgsde la infancia nos mostraron la guerra como aquél acontecimiento extraordinario, brutal, donde acudían malos por naturaleza a perseguir a un próspero e inofensivo pueblo compuesto por un hombre, generalmente blanco, siempre cristiano o judío. Parece entonces que todas las personas sabían que vivían la Guerra y esta venía con su respectivo epíteto, entonces pensamos que nuestras bisabuelas o tatarabuelas se despertaron un día en medio de una cruenta “Guerra Federal” de la que conocían las causas, hitos y actores; que los abuelos hablaban abiertamente de la Segunda Guerra Mundial, con tal rimbombancia, o, que a nuestros padres les quitaba el sueño vivir la terrible Guerra Fría.

También creímos que los héroes llegaban a la historia sobre nubes; que siempre enfrentaron dificultades enormes, que eran distintos a todos nosotros y que nunca tuvieron miedo; que nunca los sedujo el ego o el estatus, que no nacieron como cualquiera de los otros, y, quisieron una vida normal. Entonces, ninguno de nosotros es potencialmente parte de los buenos y menos  de los héroes,

De este modo, los hechos humanos del pasado nos fueron presentados pre empacados, pasteurizados, dominados por un narrador omnipresente que supo distinguir cuál hecho era fundamental y sobretodo, quien era el bueno, porque al final, siempre ganaron los buenos. Esta manera de contar el pasado es un celofán que nos nubla la visión del presente donde tan sólo existen noticias y falta esa voz que nos ordene, que divida, lo importante y lo ordinario, los buenos y los malos.

¿Qué tiempo es este? ¿Qué guerra es esta? ¿Quiénes están en guerra? Dos sorpresas nos llevamos. La primera es que no existe un nombre rimbombante que a todos les parezca natural para describir la era; la segunda, es que la gente sigue viviendo. Así, la gente se despierta, tiene hambre, come hoy y mañana quizás, se enamora, escribe el libro que marcará la era y es en medio de eso que pasan todas las cosas que mañana llenarán los libros de texto.

Recuerdo hoy con plena claridad que en el estante central de la biblioteca de mi casa, en Maracaibo, reposa una reliquia familiar: el libro de historia de mi abuelo Pedro que se acaba en la Primera Guerra Mundial. Nunca he olvidado esa última página que me reveló hace años, la primera idea de este texto, para los abuelos, la historia fue noticia.

Hablar de todo esto en un contexto como el actual nace ante el horror que me produce la poca sorpresa, la casi inexistente indignación que sufrimos con los hechos del presente, ¿a dónde vamos? ¿cuál será el nombre de estos años? ¿De qué nos acordaremos?  ¿Hablaremos de  este tiempo como “la tercera guerra mundial”, como ya lo hizo Hollande al día siguiente de los eventos del Bataclan? ¿Hablaremos de la lucha de clases, del período especial o algún otro término menos cubano? ¿Será la romántica epopeya que contarán los traidores, los aprovechados, como hicieron tantos después del 23 de enero? Y eso último lo digo, gane quien gane.

Estas ideas vienen conmigo desde hace semanas pero hoy las acompaña un escalofrío, una pregunta fundamental para mí que me he dedicado al tema de los derechos humanos, reducida a que busco en el presente esa voz espantosa, ruidosa, indignante, que supuestamente perfora el tejido del contrato social; ese grito del Decreto de Guerra a Muerte pero no lo  oigo. También busco ese rostro iluminado, dotado de dotes extraordinario, generoso a morir, carismático a rabiar, pero no lo veo.

Oigo un coro de voces desgraciadas que van por allí anunciando que la Constitución no importa, que los trabajadores no merecen el aumento y que va de a poco profundizando su aventura de destruir la República,  Veo un hecho espantoso de un pseudo juicio presidencial, que sin acusación, juez ni testigo determinó que el Presidente de la República abandonó el cargo y entonces porque si, debe dejar Miraflores. Esto es un evento de una gravedad sin precedentes viniendo de la casa que representa el viejo contrato social que creó este país, pues pensemos entonces si esto se hace con una fracción de poder y contra un Presidente, con cierto apoyo internacional, qué pasaría con tantos con nombres más anónimos, sin acusación, juez o testigo, si estos factores tuviesen el ejército y la policía.

Quizás todos ellos son dirigidos por un gañote terrible como el de Macri que se excusó por la Independencia de América antes que algún Imperio haya compensado los horrores padecidos por nuestros padres negros o nuestras madres indias. Evento que incluso para muchos medios no fue noticia.

Al seguir, busco también esa mirada gélida de maldad absoluta, sin duda, algunos personajes la tienen pero no todos. Más allá del fulano de tal, malhablado y soez, o de la fulana de tal con pinta de cual, la mayor parte es gente que incluso pudo haber coincidido con uno, en la facultad o en clases de latín, o, en el centro comercial. Me resulta entonces que en la política y en la guerra, la bondad o la maldad no son tal sino que son la avaricia, el ego y los intereses las que definen los roles y los discursos.  Cuanta tristeza me produce por el contrario,  que en tiempos tan oscuros parece incluso que algunos personajes y discursos, son plenamente intercambiables entre los bandos, incluso, sin que sus oyentes se den cuenta.

¿Puede Marine Le Pen seducir el voto para el Frente Nacional hablando en términos de socialismo del siglo XXI? ¿Puede algún viejo sagrado del chavismo tomar el discurso más aburridamente repetitivo de la derecha? ¿Puede algún nuevo o viejo opositor cantar a Alí Primera y elogiar a Chávez? Cosas se están viendo, en estos tiempos donde padecemos las graves consecuencias de la fluidez de la memoria.

Pienso en este momento, finalmente, en Tomás Borge y las ganas de que la venganza ante todas las
intentonas sea “este canto florecido sin temores” que implica defender la luz del sueño boliviarano en la permanencia pero también en el alma.

Sé que a muchos estas líneas pueden que les sorprenda o que la consideren de un pacifismo exacerbado, casi estúpido ante la hora.  Sin embargo, sólo nacen de que siento que finalmente he entendido una vieja y maravillosa frase de Silvio Rodríguez pues “es por eso que lo mismo siembra rosas/que razones de bandera y arsenal.” 

La Asamblea y las palabras.


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Ningún estudiante de leyes,  incluso si no llegó a graduarse de abogado se libró de leer el artículo 4 del Código Civil, con él, más allá de los esfuerzos que un verdadero jurista debería hacer, cualquier persona entiende cómo funciona el Derecho. Y es que, del Código de Napoleón en adelante nadie se atreve a dudar que “a la Ley debe atribuírsele el sentido que aparece evidente del significado propio de las palabras, según la conexión de ellas entre sí y la intención del legislador.” Es decir, que el Derecho aplicable a cualquier situación se enraíza en el sentido común que tienen todas las personas que comparten un idioma y una cultura.

Siempre el Derecho y la política han estado en contacto, ambos se definen, se pelean, se reconcilian… Quien gana hace las leyes y las interpreta a su conveniencia, así, existieron los juicios de Núremberg aunque no hubiese ley previa, o se dispuso que todos los recursos naturales de las colonias eran del Rey, sin embargo, nadie puede renunciar al Derecho que es omnipresente y coercitivo ni a la más elemental lógica de usarlo como y para lo que las palabras dicen que sirve.

Pese a lo evidente que resulte lo anterior en Venezuela algunos sectores políticos se han apartado a tal punto de las normas mínimas de convivencia política y funcionamiento institucional que ahora han emprendido desde la Asamblea Nacional una pelea frontal contra el sentido de las palabras; han encontrado instituciones que no existen, y, funciones que no les corresponden. Han tomado para sí la aventura de una implosión que desmiembre al Estado desde uno de sus componentes. Han renunciado al contenido del artículo 4 del que hablamos tanto como al artículo 9 de la Constitución de la República que sin adornos señala  que en Venezuela el “idioma oficial es el castellano”.

Esto porque tras una sesión celebrada, el lunes 9 de enero de 2017, la Asamblea Nacional declaró un “Acuerdo de declaración de abandono del cargo de Presidente de la República por parte de Nicolás Maduro Moros” lo que exige ubicarnos en esa naturaleza de lo jurídico de ciencia social y cultural  que, para estar al alcance de todos, tiene como mínimo elemento de seguridad el que las palabras con las que se escribe signifiquen lo mismo en las leyes que en el diccionario; así como que las categorías se empleen en los casos que corresponden y no se haga de las limitadas facultades del Estado un extraño collage donde las potestades de control y el contrapeso político, en vez de ser instrumentos del buen gobernar sirven para derrocar gobiernos.

Pongamos en primer lugar que el abandono requiere que una persona se vaya, no vuelva, se retire, cometa el coloquial acto de “dejar la peluca” lo que no puede sostener nadie que vive en un país donde cada vez que prende el televisor aparece en vivo o en retransmisión el Presidente de la República; y, en segundo que los acuerdos no generan obligaciones jurídicas específicas como si lo hacen las leyes, o, las mociones que hace el Parlamento. Un acuerdo es un compromiso, entre nosotros, no frente a otro.

A los efectos de las consecuencias, como dijimos en antes, las tensiones entre el Derecho y la Política son tan típicas que la regulación de la cuestión pública es un canal para evitar desviaciones así que el asunto volverá a su cauce, por las buenas o por las no tanto, por medio de la jurisdicción constitucional.Pues fue por ello, por el reconocimiento de la capacidad de una Asamblea o Congreso de atentar contra los Derechos Fundamentales y los intereses superiores, que el viejo juez de palo dejó de ser tan sólo la boca que dice la ley y se convirtió en su intérprete para guardar los estamentos de lo social.

Por ello, de ese acuerdo no podrá desprenderse una orden de convocar a elecciones ni una medida que ordene al Presidente de cesar en su función. Sin embargo, las consecuencias de esta pelea continuada de la Asamblea Nacional con el Derecho y las palabras no puede tomarse a la ligera.

Pues estamos en un momento en el cual la Asamblea Nacional se otorga la capacidad de derogar, omitir u olvidar, la Constitución y sus procedimientos,lo que es un gran riesgo para la democracia pues significa que desde los más altos estratos, donde es vital lo simbólico, quiere instaurarse una era de revanchas y un marco jurídico sin garantías. Uno que a todos y a todas nos ha de recordar esas nefastas eras del “dispare primero y averigüe después”, que esperemos hayan quedado para siempre en los anales de la historia muerta.

Derechos, trabajo y telecomunicaciones

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¿Listos? Pues ha arrancado oficialmente el año 2017 y con ello, la agenda reencontró las diligencias y nosotros, la rutina.  Para este tiempo que abre siguen existiendo temas que discutir con un escenario político que se va calentando, pero también, insisto en recordarlo, hay temas de nuestra cotidianidad y de nuestros derechos que debemos ir considerando.

Así, abre el escenario laboral venezolano con un nuevo incremento salarial y seguimos enfrentando el gran reto de los últimos cuatro años: la insaciable voluntad de ciertos sectores, con algunos éxitos,  de arrebatar la calidad de vida de las mayorías con los desmesurados aumentos de precios y el boicot a la distribución de los bienes de uso continuado; logrando este ser el tema central de preocupación de los asalariados, lo que favorece para que pasen por debajo de la mesa otros asuntos que son también principales para la vida de quien trabaja.

Para el año 2016, la reforma laboral francesa fue la más ruidosa por ser un burdo ejercicio de precarización legislativa de las condiciones de los asalariados pero contiene una categoría, inspirada en ciertas prácticas alemanas, que, como una forma de clausula busca modernizar el régimen y evitar una burla al derecho al reposo que se sujeta de la anomia en la materia. Se trata de un derecho laboral a la desconexión, entendido simplemente como el derecho a no contestar el teléfono y/o no recibir comunicaciones laborales fuera de tiempo en que se está en una oficina bajo condiciones de dependencia. (Ver artículo que refiere la creación del derecho a la desconexión –> http://www.lepetitjuriste.fr/droit-social/droit-individuel-du-travail/droit-a-deconnexion-technologie-force-t-a-faire-heures-supplementaires/)

Se trata de entender que las telecomunicaciones y su capacidad de acompañarnos todo el tiempo se constituyen en un medio de irrumpir en la vida privada del trabajador así como una forma de generar un tiempo de trabajo no remunerado e irrespetuoso que no se encuentra regulado en el presente.

Las categorías base para estas consideraciones se encuentran en nuestra legislación laboral e  incluso con mayor generosidad después de la reforma del 2012 pero el reconocimiento de un abuso patronal en el escribir, exigir o presentar solicitudes vía web o teléfono no han sido específicamente reguladas ni afirmativa ni negativamente.

Tiene su interés ver que esta situación, como posible solicitud del trabajador o prohibición para el patrono, se está evaluando en relación a quienes tienen relaciones de dependencia y no se considera como tal el hecho de que una persona realice un teletrabajo, o, sea un emprendedor sino que se solicite trabajar fuera de lo contratado presencialmente como parte de aquél trabajo ordinario.

Sin duda alguna, es cuestión de tiempo, que por la vía judicial o parlamentaria, estos temas tengan que ser discutidos en Venezuela debiendo observar incluso su otra faceta, el uso de las redes sociales en el trabajo como modo de no laborar pese a la presencia física, pero, interrumpidos como hemos sido todos en el pasado sé que este es un buen tema para preguntarnos ¿cuáles condiciones de trabajo tenemos? ¿Cuáles necesitamos? Más allá del inevitable debate del salario y el poder de adquisición que representa.