La leve voz del espanto

Debeso-times-square--644x500.jpgsde la infancia nos mostraron la guerra como aquél acontecimiento extraordinario, brutal, donde acudían malos por naturaleza a perseguir a un próspero e inofensivo pueblo compuesto por un hombre, generalmente blanco, siempre cristiano o judío. Parece entonces que todas las personas sabían que vivían la Guerra y esta venía con su respectivo epíteto, entonces pensamos que nuestras bisabuelas o tatarabuelas se despertaron un día en medio de una cruenta “Guerra Federal” de la que conocían las causas, hitos y actores; que los abuelos hablaban abiertamente de la Segunda Guerra Mundial, con tal rimbombancia, o, que a nuestros padres les quitaba el sueño vivir la terrible Guerra Fría.

También creímos que los héroes llegaban a la historia sobre nubes; que siempre enfrentaron dificultades enormes, que eran distintos a todos nosotros y que nunca tuvieron miedo; que nunca los sedujo el ego o el estatus, que no nacieron como cualquiera de los otros, y, quisieron una vida normal. Entonces, ninguno de nosotros es potencialmente parte de los buenos y menos  de los héroes,

De este modo, los hechos humanos del pasado nos fueron presentados pre empacados, pasteurizados, dominados por un narrador omnipresente que supo distinguir cuál hecho era fundamental y sobretodo, quien era el bueno, porque al final, siempre ganaron los buenos. Esta manera de contar el pasado es un celofán que nos nubla la visión del presente donde tan sólo existen noticias y falta esa voz que nos ordene, que divida, lo importante y lo ordinario, los buenos y los malos.

¿Qué tiempo es este? ¿Qué guerra es esta? ¿Quiénes están en guerra? Dos sorpresas nos llevamos. La primera es que no existe un nombre rimbombante que a todos les parezca natural para describir la era; la segunda, es que la gente sigue viviendo. Así, la gente se despierta, tiene hambre, come hoy y mañana quizás, se enamora, escribe el libro que marcará la era y es en medio de eso que pasan todas las cosas que mañana llenarán los libros de texto.

Recuerdo hoy con plena claridad que en el estante central de la biblioteca de mi casa, en Maracaibo, reposa una reliquia familiar: el libro de historia de mi abuelo Pedro que se acaba en la Primera Guerra Mundial. Nunca he olvidado esa última página que me reveló hace años, la primera idea de este texto, para los abuelos, la historia fue noticia.

Hablar de todo esto en un contexto como el actual nace ante el horror que me produce la poca sorpresa, la casi inexistente indignación que sufrimos con los hechos del presente, ¿a dónde vamos? ¿cuál será el nombre de estos años? ¿De qué nos acordaremos?  ¿Hablaremos de  este tiempo como “la tercera guerra mundial”, como ya lo hizo Hollande al día siguiente de los eventos del Bataclan? ¿Hablaremos de la lucha de clases, del período especial o algún otro término menos cubano? ¿Será la romántica epopeya que contarán los traidores, los aprovechados, como hicieron tantos después del 23 de enero? Y eso último lo digo, gane quien gane.

Estas ideas vienen conmigo desde hace semanas pero hoy las acompaña un escalofrío, una pregunta fundamental para mí que me he dedicado al tema de los derechos humanos, reducida a que busco en el presente esa voz espantosa, ruidosa, indignante, que supuestamente perfora el tejido del contrato social; ese grito del Decreto de Guerra a Muerte pero no lo  oigo. También busco ese rostro iluminado, dotado de dotes extraordinario, generoso a morir, carismático a rabiar, pero no lo veo.

Oigo un coro de voces desgraciadas que van por allí anunciando que la Constitución no importa, que los trabajadores no merecen el aumento y que va de a poco profundizando su aventura de destruir la República,  Veo un hecho espantoso de un pseudo juicio presidencial, que sin acusación, juez ni testigo determinó que el Presidente de la República abandonó el cargo y entonces porque si, debe dejar Miraflores. Esto es un evento de una gravedad sin precedentes viniendo de la casa que representa el viejo contrato social que creó este país, pues pensemos entonces si esto se hace con una fracción de poder y contra un Presidente, con cierto apoyo internacional, qué pasaría con tantos con nombres más anónimos, sin acusación, juez o testigo, si estos factores tuviesen el ejército y la policía.

Quizás todos ellos son dirigidos por un gañote terrible como el de Macri que se excusó por la Independencia de América antes que algún Imperio haya compensado los horrores padecidos por nuestros padres negros o nuestras madres indias. Evento que incluso para muchos medios no fue noticia.

Al seguir, busco también esa mirada gélida de maldad absoluta, sin duda, algunos personajes la tienen pero no todos. Más allá del fulano de tal, malhablado y soez, o de la fulana de tal con pinta de cual, la mayor parte es gente que incluso pudo haber coincidido con uno, en la facultad o en clases de latín, o, en el centro comercial. Me resulta entonces que en la política y en la guerra, la bondad o la maldad no son tal sino que son la avaricia, el ego y los intereses las que definen los roles y los discursos.  Cuanta tristeza me produce por el contrario,  que en tiempos tan oscuros parece incluso que algunos personajes y discursos, son plenamente intercambiables entre los bandos, incluso, sin que sus oyentes se den cuenta.

¿Puede Marine Le Pen seducir el voto para el Frente Nacional hablando en términos de socialismo del siglo XXI? ¿Puede algún viejo sagrado del chavismo tomar el discurso más aburridamente repetitivo de la derecha? ¿Puede algún nuevo o viejo opositor cantar a Alí Primera y elogiar a Chávez? Cosas se están viendo, en estos tiempos donde padecemos las graves consecuencias de la fluidez de la memoria.

Pienso en este momento, finalmente, en Tomás Borge y las ganas de que la venganza ante todas las
intentonas sea “este canto florecido sin temores” que implica defender la luz del sueño boliviarano en la permanencia pero también en el alma.

Sé que a muchos estas líneas pueden que les sorprenda o que la consideren de un pacifismo exacerbado, casi estúpido ante la hora.  Sin embargo, sólo nacen de que siento que finalmente he entendido una vieja y maravillosa frase de Silvio Rodríguez pues “es por eso que lo mismo siembra rosas/que razones de bandera y arsenal.” 

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