Ron y vergüenza

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A Carlos

Suspiró con cierta amargura. Sentía una injusticia que aquel viernes, tras una semana tan difícil, debiera contentarse con tomarse un ron. Era una especie de maldición la que nos había caído. Una maldición a la que costaba adaptarse incluso si se tenía claridad ideológica del suceso. Me miró y dejó en el aire un “¡que arrecho!” de esos con los que inician en Venezuela tantos lamentos y yo, corrí a buscar un libro y a apropiarme de la imagen.  “Pensar –prosiguió- que el ron venezolano afuera es tan valorado y aquí, bueno, lo sentimos como lo que nos toca”, ocasionando así las líneas que siguen.

El año 2016 fue para todos un año violento. Cambiar la comida, la ropa, los usos. Abandonar los cines, las discotecas, las licorerías. Esta vez, sin medias tintas, la crisis económica, la ausencia de lo importado, es cierta. Nos encontramos entonces, no en la teoría, sino en cada paso cuestionando nuestra vida. Es esta la única manera de sobrevivir.

¿Pero cuál es la maldición? ¿La reciente dificultad económica que es y seria, o, la manera en la qué la historia configuró nuestra economía? Casi todos sentimos que es el presente, en especial, porque los cambios llegaron sin anestesia. Sin embargo, algunos textos nos cuentan lo contrario.

Nuestra vida, las marcas y productos que consumimos invadieron nuestros mercados después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos procuró una nueva hegemonía mundial, y,  el sistema de relaciones que mantendría con la parte sur del Continente, configurando, en palabras de Briceño Iragorry, una “buena vecindad”.

Esta, para prosperar, requirió  “destruir todos los valores sencillos, ingenuos, amables, que se conjugan para dar resistencia realista a las líneas morales de nuestra tradición nacional.” Por ello, todos estos productos que fueron llenando nuestras neveras y despensas fueron “los marinos de la nueva ocupación a quienes los pitiyanquis abrieron festivamente los caminos de la Nación.”

Una vez que, nuestra lógica económica y política, se fue alejando de la alineación ordenada desde el norte la pelea empezó a pegar en el estomago. La alacena quedó vacía cuando debieron reducirse las importaciones y nuestros productos de siempre, los del aceite de palma y los envases cancerígenos, desparecieron.

Pero hoy mi historia no es la comida sino el alcohol. Intentar dibujar esta historia que hoy nos hace sentir frustrados así estemos tomando un tanto de una botella valorada entre 35 y 40 euros, que merece reseñas por ser un producto de denominación controlada; cuyo proceso de destilación es único, y, del cual Venezuela es uno de los diez principales productores en el mundo, distinguiéndose su producción por ser notablemente superior a aquella que se hace en las islas en el Caribe.

Así hoy en día “Ron de Venezuela” es una denominación de origen controlada otorgada por el SAPI desde el año 2003 a los principales rones de Venezuela que cumplen con los requisitos de tener en el total de sus componentes rones de un mínimo de dos años de envejecimiento en barrica de roble blanco y 40 grados de alcohol anhidro. En el 2014 Venezuela fue reconocida mundialmente con los galardones de mejor ron del mundo y mejor destilería del mundo en el Concurso Internacional de Cata celebrado en Madrid.[1]

Pero para el pasado la historia del ron es hermana de la del azúcar pues ambos devienen de la caña que fue un importante cultivo de la época agrícola venezolana. Abandonada frente a las facilidades de la importación de azúcar, siempre escasa y novedosa, la industria fue dejada en un segundo plano importándose cada vez más alcoholes de tierras lejanas. La producción nacional del ron, regulada en tiempos de Pérez Jiménez incidió en los procesos de destilación y le dio las particularidades que le valen la admiración en el exterior frente a la vergüenza nacional de consumir un producto que es por lo menos, tradicionalmente, tres veces más económico que el whiskey que importamos tantos años por encima de las medias de consumo internacional.

El paladar, es uno de los órganos que se educan culturalmente. La historia nacional del alcohol, su producción e importación, legalización y prohibición, guardan oscuros detalles de favorecimientos. Tomar, no es un asunto de consumo sino de estatus. El ron venezolano tiene a su favor muchas más cualidades que el whiskey que consumimos pero no tiene su estatus, por el contrario, huele a esa historia de cañaverales, de ingenio nacional, y, de tambor.

Es entonces tiempo de mirar el paisaje y abrir las papilas, para conocer el sabor de esta tierra, en sus cañaverales y en sus pencas, que guardan parte de los secretos que nos ocultaron cuando el paisaje se pintó con el oscuro aceite que ha sido endosado para hacer de la dependencia nuestro estilo de vida.-

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Ron_de_Venezuela

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2 thoughts on “Ron y vergüenza”

  1. Hermoso texto, muchas gracias por publicarlo. Lúcido, osado y muy real, servido seco, en vaso corto. Yo emprendí esta excelente ruta ¡Salud! ¿Hay posibilidad de suscribirse a su blog para recibir sus próximas publicaciones, vía email? Gracias.

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