La política y el derecho de las más pequeñas cosas

6a00e54ffea71488330148c74ab2ac970c-400wiAl cerrar el año 2016, Ignacio Ramonet publico un artículo sobre los grandes triunfos del gobierno bolivariano en tal difícil año. El mismo fue, con toda justicia, un éxito de redes sociales y tema obligatorio de conversación en los espacios del Sistema Bolivariano de Comunicación. Para sobrevivir aquel tiempo tuvo que ocurrir, como lo ha repetido Nicolás Maduro, un fenómeno político y un aguante social que debe ser considerado como milagroso. Pocos pueblos podrían presumir de tanta fuerza con algunas dignas excepciones a mirar quizás en Cuba, en Palestina o en Siria.

Sin embargo, a diferencia de Ignacio Ramonet, mi perspectiva en estas líneas no es la de un analista, ni siquiera la de una especialista en el proceso venezolano sino tan solo la de una transeúnte mas de esta rivera del Caribe. En ella, convive esa macro política que con tanta agilidad se ha desarrollado con una suma de pequeñas políticas, de pequeños descuidos para conformar la realidad y el imaginario de las personas.

El asunto de lo micro, donde la política no es el arte de conducir pueblos sino la elegancia de abrazar personas, el calor de un apretón de mano o la limpieza de una sala de hospital fue una de las banderas que en el discurso y los hechos supo dirigir el Comandante Chávez y que, en el presentado como neutro mundo de los derechos humanos tiene un peso extraordinario.

El acceso es el primero de todos los derechos. En ese marco antes de poder hablar seriamente de un asunto tan complejo como la existencia de la justicia en un país primero hay que ver si existen casas comunales, tribunales, juzgados de paz, intendencias, autoridades chamanicas, según corresponda, capaces de escuchar y recibir lo que la gente quisiera plantear. La primera fase de todo ese entramado no sería más complejo que el hecho de que alguien haya que oiga.

Puede que el que hable tenga razón o no, que su petición llegue al flamante supuesto de ser declarada con lugar o pase por el infinito viacrucis que conocemos como procedimiento judicial pero la disposición de un espacio y de una persona que escuche es un elemento imprescindible para poder avanzar a esas frases bonitas de la ciudadanía, de la sociedad de iguales, del mundo de los derechos.

Nuestro presente vive en este primer detalle, una época dramática. No tenemos una cultura de atención democrática. Por ello esta  fue una de las más sentidas exigencias del constituyente a la Administración Pública, una que intentamos conseguir mediante un plan bandera de la Revolución para finalmente saldar mediante alocuciones presidenciales, actos públicos, notitas y twitter.

Como no nos escuchamos se pierden bajo el polvo y los virus informáticos decenas de ideas brillantes para la soberanía tecnológica, para la industrialización, para el mejoramiento de los cultivos, y, se va rajando la esperanza de ser realmente capaces de vivir en una democracia participativa y protagónica. Frase que ha de cuidarse de volverse un simple panfleto.

Es para mí casi sorprendente sobre este tema que vivimos hablando del problema comunicacional de la Revolución y por distintos que sean quienes hablan del tema siempre resulta un asunto de cómo decir y jamás de cómo oír.

Para ello destinamos muy poco, una administración pesada y contradictoria y cansonas jornadas de masa donde se repiten consignas y se instruye el cumplimiento de unas directrices ajenas a las posibilidades y deseos de la gente que plantea los problemas simples que marcan su vida.

Cuantas horas, medios y dificultades enfrenta una persona para llegar al médico? Cuáles son las aspiraciones de los estudiantes? Qué espacio público es prioritario? Qué visión tiene para solventar un problema? Como lo marca, lo desanima, la distancia que media entre ellos y los decisores?

Es pequeño este tema, tanto como si quisiéramos hablar de la conformidad o no de la atención telefónica y sus eternas canciones a la perspectiva de inclusión y acción que impulsan nuestro modelo político pero es una especie de aura que cubre distintos espacios mermando nuestra capacidad de resiliencia.

Hay en ello dos elementos peligrosos no tan solo porque el cansancio es una variable política con una fuerza importantísima sino porque son estas contradicciones en lo micro que van llevando a nuestra esfera ese terrible sentimiento de disociación: de no correspondencia entre lo anunciado y lo vivido, y, aun mas peligroso que la realidad de un país depende de seres de dimensiones titánicas y no de un colectivo.

Hay malvados gigantes y bonachones gigantes. En la escena política se va borrando el espacio para seres de mediana inteligencia, de mediana posición, de pequeños espacios de influencia. Dando paso a una tendencia a despolitizarse y a perder de vista las consecuencias de los actos propios sobre el escenario mayor.

Robar se vale porque otros más grandes lo hacen, el trabajo voluntario se empieza a entender como el pesado asunto de proyectar políticamente a un figurín y el tiempo se vuelve una ruleta de un hámster aspirando sobrevivir. El problema tiene dimensiones más graves de las que vemos así en nuestros actos signifique tan solo cambiar el canal de televisión o dejar de leer el periódico.

Pongamos el ojo también en ese espacio, en el piso del hospital y en la ruta del metro. Al menos hoy desde esta perspectiva formada en escuchar hermosos compañeros justificar que no aguantan el estéril espacio del burócrata y gente, desanimada en paradas de bus, lo creo algo más que necesario.

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