Mirar lo que duele

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Tomábamos un café. Quizás en otro tiempo habríamos ido a almorzar o a beber algo. En este, compartir un café ya era una prueba de resistencia al vendaval de precios que devoraba todos los hábitos que antes tuvimos. Como en los últimos diez años, un encuentro con Jean Paul, era encontrarnos con los dilemas de nuestra historia, con su perspectiva aún más critica que la mía, con sus cuentos de monte arriba y mi anecdotario de alguna esfera más propia de lo que Nazareth Balbás llama el “chavismo chic”.

Sin embargo, no teníamos buena cara. El encuentro lo vivíamos en un momento difícil, en medio de una lluvia de contradicciones, de dudas. Sabíamos también algunas cosas, habíamos militado desde la noche de los tiempos en la izquierda y no queríamos pasar a esa hoja de la izquierda del sofá, la que primero pacta con la derecha antes de entender la complejidad del tiempo histórico pero no querer hacerlo no nos era una causa suficiente como para seguir amparados únicamente en el panfleto.

Por ello, a él, dedico estas líneas.

¿Cómo se ven los países en guerra? ¿Cómo huele la sangre dominando los espacios? ¿De qué color es la mezcla de plomo, con tierra y fluidos? Estar en guerra mancha los paisajes. Pienso con frecuencia en esa idea de Cabrujas, desde Carabobo siempre hemos vivido en una especie de posguerra venezolana donde nada es definitivo, ni seguro, ni mucho más que un “ay ay”.

Desde que Venezuela se levantó contra el neoliberalismo el asunto no es sólo la posguerra, es el campo de batalla y desde que ganaron los pobres, los agrupaos en la canción de Gino González esto es joropo, enea, faena…

Pero la cosa no es sólo esta. De la muerte de Chávez a hoy en día el asunto es batalla de Carabobo, día de desembarco, intifada. Ponga usted el nombre del acontecimiento dramático. La guerra está marcando las calles de este país, las caras de esta gente, la esperanza de este pueblo.

Reunirse tiene a veces ese riesgo de encontrarnos con malas noticias, vivir es desafiar los imposibles, trabajar es un ejercicio infértil. La ciudad ha cambiado, la gente ha cambiado y estamos ante esa dramática hora donde hay tantos ataques que nuestras banderas se reducen a encontrar la manera de sobrevivir.

Ahora sobrevivir exige ciertos mecanismos de adaptación y de evasión, los humanos aprendemos a ignorar las cosas que nos hacen daño y a compensar lo que perdemos. Cuentan que los ciegos oyen mejor y que a quienes les faltan las manos aprenden a valerse de sus pies.

La cosa, que siempre es económica, está ruda, difícil, arrecha. Esa frase es un inevitable de una conversación de café, de un paso por el metro o de una llamada de teléfono. Tan sólo usted escuchará como variable la afirmación que la cosa, está difícil.

Dichosos en ese contexto son los que las tijeras les permiten cortar cosas dispensables, por muy queridas que sean. Desafortunados quienes la tijera les ha encontrado en el núcleo más duro del vivir. El fantasma, deseado tantas veces por la contrarrevolución, de la miseria se ha vuelto más corpóreo, menos raro. Ya no le da el instinto de aparecer de noche, cuando apenas alguno pueda verlo, deambula en medio de las calles con su mano extendida, su ropa enmohecida, su mirada pérdida.

¿Qué hacemos con él? ¿Cuál es la postura ética, política a tener en este tema? Porque la miseria es producto de la economía y de su compresión. Miraba algunos de esos cuerpos como si tuvieran en la frente escrito fraking, evaluadora de riesgo, mercado cerrado, City Bank, sanciones internacionales…

Pero saber la causa no hace desaparecer la consecuencia. No cuando aquello es producto de factores que no dominamos y que están además en plena rebelión. Por eso, es ver desfilar por las calles que realmente estamos en guerra, que vivimos desde hace algún tiempo una rebelión económica y la enfrentamos con mariscales de campos, con decisiones de estrategia.

¿Y si así no desaparece, qué hacemos? Pienso que hay que mirar lo que duele. Hacerlo es ser coherente con una visión política y enfrentarlo requiere una acción de la misma naturaleza. No se trata de dar o no dar dinero a quien lo pide porque aquello quedó claramente dicho, por ejemplo, en Eduardo Galeano a quien vamos y volvemos para pensarnos.

“A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba hacia abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder: en el mejor de los casos, alguna vez habrá justicia, pero en el alto cielo. Aquí en la tierra, la caridad no perturba la injusticia. Sólo se propone disimularla”.

 

Se trata de declararle la guerra al “ombliguismo” que es una práctica aristocrática, a la guerrilla de iguales, de aspirantes a ministros y llevar la lógica y la estructura socialista al acompañamiento y empoderamiento de los más heridos por esta guerra.

 

¿Puede, ser verdaderamente socialista una juventud chavista que olvide la imagen de Chávez abrazando un indigente en el Silencio? ¿Puede haber un mañana digno para este continente si no recordamos, como diría Allende que un obrero es nuestra causa, piense en lo que piense, vote por quién vote?

 

La historia, decía el Che en 1964, tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vituperiados de América Latina, nuestro anhelo de seguir teniendo Patria exige como desde 1999 nos lo idicaba Chávez primero tener pueblo. Pueblo en condiciones de seguir luchando,  pueblo liberado de la exclusión y la miseria, material y afectiva.

 

Nuestra ideología tantas veces referida por Chávez como un ejercicio de cristianismo apunta a la esperanza noble de un mejor mundo pero como lo decía Mujica para alcanzar ese mejor mundo es necesario encontrar una mejor humanidad.

 

No una humanidad ni una militancia que se baste en quejarse que todo está mal, o, en buscar responsables gigantes y propuestas inalcanzables sino una que mire y le duela; que piensa y haga.

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1 thought on “Mirar lo que duele”

  1. Cuando me llegó el email avisándome que usted había compartido otro escrito, me dije: no, esto no lo leo en el trabajo, cuando llegue a la casa me sirvo un roncito puro y me instalo a leerlo ¡A veces los hombres tenemos momentos lúcidos! pues, ha sido una lectura telúrica, dramáticamente real y muy escandalosa. Espero que muchos atiendan este escándalo y se involucren. Lo peor de todo esto, es que pudieran estar logrando que cuando llegue la tan anhelada (para ellos) reedición del 11, no habrá pueblo para otro 13. Cuente conmigo, estoy haciendo todo lo que está a mi alcance para coadyuvar a formar esa nueva humanidad. Gracias por compartir su escrito diosa.

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