Yo quería ser arquitecta

Fruto-Vivas-1.jpgHoy en día, a mis treinta años y con una carrera de la cual solo puedo sentirme agradecida no dudo un instante que aquella tarde del 2003 cuando asumí que haría una carrera en el Derecho no fue un error. Lo decidí porque sentía que con ello ayudaría a la gente, quería hacerlo, anhelando grandes escenarios. Salas de juicio, argumentaciones irrefutables. Anhelaba conocer y hacer justicia.

La historia  familiar venía impregnada de normas. Mi abuelo fue Constituyente en el 47 y después diputado, senador… Mi padre enseñaba Derecho. Mi tía era asesora jurídica del Canal de Panamá, mis dos padrinos y mi madrina –siempre me robo al padrino de mi hermana- eran abogados. Era un destino predispuesto del que todos ellos intentaron desalentarme. Mi abuela quería que estudiara idiomas, mi padre letras, mi padrino, que me inventara un oficio más feliz pero yo no dudaba, no después del Paro Petrolero. Sin paro, probablemente yo hubiese estudiado y hecho otra cosa.

Fueron días tan locos, los que duró el paro, los que le siguieron… Era tanta mi sensación que alguien podría convencer y demostrar que eso no se hacía, que no había derecho, que yo me encaminé.

Pero no pienso en eso hoy porque quizás esa no fue mi única pasión. Fue una pasión justificada, sembrada, genética pero no la primera, la principal, frustrada por la falta de talento de mis maestros o la mía. O, por esa manera que tiene la desidia de los maestros de convertirse en el rechazo de los alumnos.

Mi primera idea fue ser arquitecta. Esa, esa nadie podría decir de donde salió.

Yo quería ser como Fruto Vivas que era un rockstar para mí. Había llegado a mi panteón por Elsy del Carmen, por los proyectos de consolidación de barrios a donde me arrastraba La Gocha. Las ideas simples y los fastuosos proyectos, todos eran pan comido para ese señor.

Mi pasión alcanzó el absoluto idilio cuando desempolvé sus viejas notas que reposan en la Facultad de Arquitectura, allí, ya no quise ser abogada. Yo quería ser Fruto Vivas, su discípula, su alumna pero aquello no podía ser.

Hubiesen terminado inocentes con techos por la cabeza por mi incapacidad numérica, los obreros hubiesen rozado la rabia y el absurdo por mi pobre noción del espacio y las formas geométricas.

No había forma, no pude serlo pero como lo soñé!

Un par de años después lejos de esa facultad, descartada esa idea, me invitaron a hablar sobre cómo se podía ser un abogado comprometido con su tiempo. Era miércoles en el Teatro Nacional en Caracas. Yo moría de miedo. A mi lado estaría el Dr. Escarrá y yo sentía que ese escenario, con su penetrante luz blanca, era demasiado para mí.

Al salir, junto a la puerta estaba Fruto Vivas felicitándome por mi exposición y yo, yo morí de amor.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. José dice:

    ¡Hermoso texto, gracias, infinitas gracias por compartirlo! (Me siento como un acosador, comentándole todos los artículos jeje prometo no ser tan intenso, pero realmente los disfruto mucho)

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