La Señora OEA

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El 28 de marzo de 2017 quedará fijado como un día negro para América Latina, con un balance aún por determinar, pues en tal fecha, ocurrieron una serie de eventos que recuerdan el verdadero carácter de una oficina imperial. Como para que no quedara duda del espíritu del alma, veinte países, de los cuales dos deben su condición de Estado a Simón Bolívar se reunieron en un salón así denominado a revivir la traición del Congreso de Panamá.

Canadá, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay, Barbados, Bahamas, Santa Lucía,  Jamaica, Belice y Guyana, fueron quienes confirmaron el quórum para debatir, en contra del régimen normal de un organismo internacional, un asunto que les fue sometido en desconocimiento abierto de la igualdad jurídica del Estado, de la indivisibilidad de la República y del derecho a la autodeterminación de los pueblos.

Algunas voces, no menores, han tomado estas horas para preguntar qué opinión o qué acción merece desde el seno de la Organización de los Estados Americanos situaciones que tienen convulsionado el Continente y que derrumban el mito de la progresividad de los derechos.

¿Por qué no mira la OEA las fosas comunes mexicanas? ¿La libertad de prensa en Centroamérica? ¿Las Maras en Guatemala? ¿Por qué no abre una campaña sin descanso por los niños de la Guajira colombiana, los escolares en la Argentina, los parados en Brasil? ¿Qué acción jurídica o diplomática concreta ha tomado la OEA en favor de los niños migrantes presos en México, o, confinados en la frontera de USA? Ninguna en lo absoluto, o, alguna sin la fuerza para hacer parar o cambiar la situación pero esto es simplemente porque la OEA no está para eso.

Como no está, nos vemos en la urgencia de entender que el tema de los derechos humanos y la integración regional tienen ante todo que superar las barreras epistemológicas, los trucos discursivos, que han  hecho de ellas una quimera para los pueblos.

Los trucos epistemológicos se van desnudando si tomamos en cuenta que los derechos humanos son un catálogo, una noción de justicia, validado con aspiraciones de universal a partir de 1945-48, construido sobre la base de transcribir documentos previos de las sociedades del norte, y, si aceptamos que estos reunen todas las necesidades básicas de las personas.

Planteado así, sin detenernos en lo que su cultura o derecho digan al respecto, veremos que no existe un solo país que los cumpla en totalidad. Porque además de uniformista el catalogo es utópico, es un estándar al que deben aspirar las políticas públicas pero que se ve comprometido con cada asesinato, con cada tribunal sin copias, con cada medida administrativa de deportación. Ninguno puede, como en la Biblia, declararse inocente y tirar la primera piedra. Esto, si a un ejercicio de honestidad plena, apelamos.

Pero determinar quién cumple con los derechos humanos no es un juicio jurídico, es un juicio político porque primero hay que determinar a quién podemos juzgar, formalmente y a quién queremos juzgar materialmente. De allí que África lleve décadas declarándose cada vez más inconforme con un sistema universal de justicia que determina que tan sólo existen violaciones masivas en sus territorios negros.

titular_2_0.jpgAhora, a la vez hay que entender que hablar de la OEA es hablar de la posguerra y esto, es ubicarnos en la construcción de una geopolítica donde tras la destrucción de Europa, Estados Unidos pudo establecerse como principal polo económico y militar del nuevo orden. Para ello, debía asegurar un sistema que evitara la deriva ideológica y sobretodo la influencia de poderes distintos al suyo en su bloque continental.

Por ello, la OEA nace como un acuerdo para mantener un sistema de defensa que involucrara a USA, en caso de cualquier eventualidad en primer término; nace cuando en Colombia se apaga la esperanza y estalla la conflictividad, cuando Venezuela es un país más que complaciente que debe ser suministro estable y económico de combustible, cueste lo que cueste, se oponga quien se oponga.

Para esa OEA original, los derechos humanos son objeto de una declaración no de sus documentos centrales, la lógica es de exclusión de poderes foráneos  y de las ideas raras (comunistas), no la de fundar espacios de cooperación. Los derechos humanos se fueron sumando cuando estos se tornaron la manera de decir que un solo tipo de sociedad era moderna y posible.

Hablamos de una estructura tan perezosa para atender las necesidades de un Continente plagado de dictaduras en las últimas décadas del siglo XX que los analistas especializados no dudan en determinar que durante décadas fueron instancias que se encontraban técnicamente desempleadas puesto que casi no han conocido casos desde su creación; porque sus sistemas son lentos, discrecionales, inestables, dominados por una lógica del “dime quién y te diré qué”, dispersos en tanto que no han logrado en casi siete décadas unificar el derecho que aplican, las entidades que se pronuncian sobre los distintos casos y Estados, cuando tienen, por mucho territorio que sumen, una unión de tan sólo 35 países.

La vida del Comandante Chávez, su experiencia de estadista, demuestra su plena certeza de esta situación cuando habiendo pronunciado el pueblo que aspiraba a una nueva democracia, la OEA entró en una crisis alegando que tan sólo era compatible con sus manuales la democracia representativa, tan cómoda para los monopolios y tan nefasta para los pueblos. Allí surgió, por cierto, la fulana Carta Interamericana.

Es decir, que Pinochet, ni Videla, ni Collor de Mello, ni Carlos Andrés Pérez, habían generado en el seno de esa organización una crisis de pánico tan grande como la idea revolucionaria de una democracia participativa y de referendos.

Cerraba aquella jornada, ebrio de vanidad, el Secretario General de la Organización, tuiteando sobre cómo habían logrado avanzar –por cierto, no llegar- al hipotético maná de la Carta Democrática Interamericana.

Cerraba, casi un año después del primer intento, con un concierto de gobiernos de dudosa factura, fabricados desde Parlamentos antinacionalistas, negados al rol histórico de coadyuvantes del buen gobierno y parte de un país. No medió el tiempo, ni el empeoramiento de las condiciones en Venezuela. Mediaron los golpes de Estado, las amenazas a los financiamientos, el bloqueo de los bancos trasnacionales a un país.

Samuel Moncada nadaba con heroica resistencia. Sandino, con el nombre de algún representante de Nicagua, anduvo con él y Evo, porque la Bolivia hermosa es siempre india.

Asumo que algún momento un pobre obrero, latino sin duda, limpió el salón.

Alguno vería mancillado el nombre de aquel salón.

Pero, Neruda que ante hechos como los que algunos de estos señores sueñan, murió de espanto me lo recordó.

Bolívar siempre vuelve y no siempre hace falta esperar cien años.

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