El Presidente Soto

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El pueblo debe ser el verdadero legislador

Fernando Soto Rojas

Llegué a las ocho de la mañana a capitolio, me bajé en la esquina de Pajaritos. El edificio José María Vargas lucía imponente, agitado y complejo. Dos puertas y dos colas, dos torniquetes. Llamé y anuncié que había llegado.

Era el mes de octubre de 2011, Fernando Soto Rojas presidía la Asamblea Nacional y era el día de la sesión donde se promulgaría la Ley que Sanciona los Crímenes, Desapariciones, Torturas y otras Violaciones de los Derechos Humanos por Razones Políticas en el período 1958-1998.

Fue mi primera sesión y terminó mucho después de que se retiraran los medios. Terminó en una celda del Cuartel San Carlos, bien entrada la noche, donde llevaron el documento promulgado los que habían –seguramente- jurado dictarlo.

Y aunque así lo hicieron, no apareció ese mes, ni el otro año, ni el siguiente, ni aun, el cuerpo de Víctor Soto Rojas.

Por eso, en la realidad de los pueblos, los símbolos y la resistencia son tan importantes. Las promesas  a veces son lo único más fuerte que las balas, el chantaje y el espanto.

Conocí la Presidencia de la Asamblea Nacional el día antes de la sesión en la que se aprobó la Ley Penal del Ambiente. Había un debate tremendo con esa ley, la Asamblea era de la opinión que las empresas podían tener responsabilidad penal.

Desde la Procuraduría General de la República, el Dr. Carlos Escarrá, decía que no. Como el debate era tan jurídico, el Presidente Soto solicitó que en vez de tanto papel, quienes decían que si, lo fueran a ver.

Se abrió la puerta y se veía, después de un largo trecho de piso de madera brillante, un escritorio. En él, estaba colgada una camisa. Soto Rojas, del otro lado de la oficina esperaba en franela. Me miró entre angustiado, sorprendido y agradado. Me acompañaba el Director General de Investigación y Desarrollo Legislativo, sin mucho preámbulo le dijo que yo era Ana Cristina, la de asesoría jurídica.

Soto, ya sentado en el escritorio me miró. Me preguntó qué edad tenía, salió la voz que pudo salir y dije veinticinco, diputado. Soto se reclinó y le dijo a la esposa veinticinco y jefa de asesoría!

Planteó su pregunta de una manera muy llana, se limitó a pedir que le dijera porque esa ley era importante y que era todo aquello que nos mantenía en debate. Terminamos el tema y volvió, en su idioma a la conversa.

Sabes, carajita, ustedes sí que están jodidos, me dijo, porque cuando yo tenía tu edad, nosotros estábamos pensando en la guerrilla, en la lucha, en el  mundo que queríamos tener, en el asco del que teníamos. Era sencillo, había que triunfar o perder, sabíamos que era más posible perder.  Ustedes, ustedes han conocido un país donde se es libre, donde se llega a estos espacios, han podido estudiar, formarse. Ustedes tienen todo que perder. Ustedes tendrán que resistir de verdad y solos porque nosotros, por la edad, nosotros vamos de salida.

Guardó un silencio y me dijo.

Por eso pienso que estando aquí, lo que toca es darle la oportunidad de ser lo que nosotros no fuimos para que tengan herramientas, organización y fuerza.

Cuando me dijo eso, se había alejado del escritorio y recorríamos de a poco la Presidencia.  Pronto, se acabaría ese encuentro que yo nunca olvidé. Lo volví a ver como un asesor ve a sus asesorados para recomendar una decisión u otra o como empleada cuando recorría los pasillos o festajaba navidad.

Sólo hubo otra vez tan importante, en la escalinata del Palacio. Ese día velaban a Robert Serra y él me reconoció entre tantos. Me paré frente a él para saludarle. Me abrazó y me dijo juren carajitos que van a cuidarse. Cuídate carajita.

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