Sobre escribir

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Horacio Raydan. Biblioteca María Calcaño. 2008.

Hace algunos años, quizás ya más de lo que quiera admitir, quedé muy impresionada al conseguir entre los textos de Neruda una oda a la cebolla. No me impresionó tanto el verso como me intrigó su razón de ser. Por años, cada tanto, volvía a acordarme de aquello hasta que ahora, sin pretender tener en mi mano las razones de Neruda, lo entiendo.

El oficio de escribir es un acto de sentimiento. Una manera de desnudarse y de retarse, un ejercicio de cavar dentro el alma. Al menos, eso he hecho yo con él. A diferencia del juramento que presté como abogada, yo como escritora juré no jurar. Decidí, regalarme una habitación donde ser libre.

Por eso cuando escribo no sufro la penosa tarea de ubicar las frases según una métrica ni siquiera me preocupa demasiado el asunto de los géneros. En prosa, a mí me da lo mismo narrar una noticia que preparar una clase o fijar una opinión. El asunto, de qué es lo que resulta no me mortifica. Claro, que una sabe cuándo debe delimitar algún ejercicio, por ejemplo, a la hora de escribir un discurso.

Pero en mi oficio de escribir nunca he sido estrictamente una periodista ni siquiera un actor político. Por eso, me da lo mismo escribir sobre las verdades más insignificantes que voy descubriendo sobre el amor o la política, que, sobre la economía doméstica. Pude allí entender la oda a la cebolla cuando me sentí absolutamente constreñida a escribir sobre la falacia que sostienen los que dicen que lavar ropa es echarla a la maquina y nada más. Me pregunté obstinada ¿esa gente, esa gente nunca se ha conseguido una mancha?

Allí el asunto de lavar es otra cosa, hay que pasar horas mirando la naturaleza del problema, probar los químicos corrientes y morir con los secretos de abuela. La vida al lavar es otra cosa, es una magia de la mecánica y la química, tan usual, que no la miramos.

Puede resultar extraño que dedique un texto sobre escribir a una mancha que no sé sacar pero me es necesario cuando hay gente que viene, en estos días tan inciertos, como quien se para en una rocola y pide que una escriba sobre una cosa, o, que leyendo lo que uno escribe reclama que no escribió sobre lo otro.

Una no es una rocola. Escribir no es el acto de reproducir líneas compuestas de sujeto y predicado. No lo es cuando una no vive de escribir, o, anda corriendo sobre la última moda. Están pasando tantas cosas y en tantos sentidos que como todos ando con el vértigo encallado en el corazón pero cada quien busca su manera de vivir. Lo mismo hicieron todos los grandes escritores durante las pasadas guerras, las pasadas crisis económicas y allí, quedan las novelas de amor, las odas a la cebolla, las críticas a la sociedad.

Los escritores no somos más que la gente más asustada, quizás y entre nosotros existen seres de todas las formas. Habrá quien escriba para esconder lo que hasta ahora ha sido, o, buscando la gloria en los años próximos, quienes en vida o en textos a mí me enseñaron a escribir fueron amados cuando ya los había alcanzado la muerte y olvidado el cotidiano, nadie tachó de pecado que en vez de manifiestos escribieran cartas de amor para Sofía.

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