Constituyente: una palabra para la paz.

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El tiempo anuncia tempestad, mundial, regional y nacional, y, nadie responsable ni sensatamente puede determinar que lo que ocurre en Venezuela obedece a patrones normales de una diferencia política entre quienes comparten una Patria. Pues si observamos al detalle lo que han sido los últimos meses tendremos que hilar algunos recuerdos.

Así, el hipotético conflicto nació por una decisión del Tribunal Supremo de Justicia. Una, de varias, que han sido dictadas desde que la Asamblea Nacional decidió alejarse del marco constitucional. Después, no fue por ella sino por darle la razón a la Fiscal General. Después, fue por los Magistrados. Después, porque el Defensor del Pueblo no les da la razón y ahora, ahora, es porque todo aquello se complica cuando se llama a una Asamblea Nacional Constituyente.

El discurso es señalar un hipotético golpe de estado. Concepto que significa romper la institucionalidad, normalmente quebrar a quien ejerce el gobierno. ¿Un auto golpe? ¿Un golpe del golpe del golpe? Ya es difícil considerar que otra cosa se argumentará. Borrando y reciclando lo que ya se había dicho, trabajando una inmediatez que borre todo lo que antecedió.

Por eso, en nada importa que la susodicha sentencia, madre presunta del conflicto, fue objeto de una aclaratoria por orden del Consejo de Defensa de la Nación. Lo que significa que ya no tiene existencia jurídica actual.

Pese a eso, sobrevivimos un guión que nos llena de fantásticas escenas de la ignominia como una doña que hace sus necesidades en el Este de Caracas, un puñado de personas que queman un hospital mientras que la vida sigue como si nada en la cuadra siguiente.

Este tiempo, la mente de cada quien recibe a cada minuto una escena apocalíptica y se alternan sitios para linchamientos, pedradas, disparos e interrupciones. Esto, a diferencia de todo lo demás, es escabrosamente real. Los heridos, los fallecidos, los que perderán sus empleos, formales o informales, son reales. Tanto como las mentes en las cuales se maneja la idea de que todo es válido.

¿Pero es así? La vida es un valor sagrado, inigualable, irrecuperable, protegido por todas las religiones y central para el cristianismo al que pertenecemos mayoritariamente. Nuestra vida, la de los humanos, se distingue de la de los demás seres vivos por sus proyectos, por su empatía, y, esto, es tan sólo posible si hay paz.

En paz y en guerra, la hostilidad y la diferencia de los humanos están presente pero en lo que se traducen es fundamentalmente diferente. Ya lo decía el poeta Paul Valery, “en paz, la hostilidad de los hombres entre sí se muestra a través de creaciones en vez de mostrarse a través de destrucciones, como sucede en la guerra.”

Pero la paz no es un estado permanente, mantenerla es una decisión política, colectiva e individual de hacer triunfar la sociedad sobre la barbarie, o, dicho de otro modo, la creación sobre la destrucción. Es la mas fundamental de las decisiones que se toma en un país.

Eleanor Roosevelt, decía que “no basta con hablar de paz. Uno debe creer en ella. Y no es suficiente con creer. Hay que trabajar para conseguirla.”  Del derecho a la paz nadie puede extraerse, la paz es la única situación en la cual los humanos pueden avanzar y ya en este estadio, sobrevivir.

Bajo esta óptica, el llamado a una Asamblea Nacional Constituyente es la activación del último recurso constitucional para enfrentar una situación que, nacional e internacionalmente, compromete la paz y la supervivencia del Estado. Es el llamado a quejarnos, a medirnos, a crearnos en el ámbito de las ideas y de la proyección de cuál es el futuro, en respuesta al rechazo enorme que tiene la zozobra y la muerte que se intenta establecer.

Habrá que debatir el cómo, habrá que apurar el cuándo pero no podemos negarnos a mirarnos, a aferrarnos a una tradición de paz y de cabildos. Somos un pueblo de ideas y hemos de resistirnos a que nos apliquen manuales y esquemas con los que se destruyó Sudán, Libia, la República Centroafricana y tantos tristes etcéteras.

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