Asamblea Nacional Constituyente, acto seguido.

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Pronto se cumplirán quince días desde aquel lunes en el que el Presidente de la República, actuando en el marco de la Constitución, convocó a la Asamblea Nacional Constituyente. Desde entonces hemos superado una primera fase en la cual lo vital era entender las razones que ameritaban activar el último y más completo mecanismo de modificación constitucional. En este debate, lo fundamental fue leer colectivamente la Constitución de 1999 para deducir cómo funciona la institucionalidad que hasta ahora nos ha regido. Para la tarea, se han dispuesto parte de nuestros más destacados intelectuales logrando un cumulo de argumentos, claros y concisos, para abonar el camino.

Entonces enfrentamos un nuevo peligro que es quedarnos en este debate, previo y formal, en el cual la palabra es un territorio monopolizado por expertos y no, como ha de ser, una herramienta de todos. Por ello, para abrir el tiempo constituyente, debemos priorizar el escucharnos.

Así, para mí, esta Constituyente ha de preguntarle a todos los venezolanos, en especial a los más jóvenes, en qué país quieren vivir y que consideran que ha de cambiarse en Venezuela para apostar, por primera vez o seguir apostando, por ella.

Al hacerle esa pregunta a la gente que he visitado, en la Sierra de Coro y en una oficina pública de Caracas me han contestado, de una manera que no difiere mucho de las encuestas. La gente quiere seguridad –que entiende asociada o parte de la idea de justicia– y paz económica.  Por paz económica refiero en este texto conseguir los bienes que necesita, de manera continua y a un precio que pueda pagar.

Por ende, la acción ha de ser ubicar los puntos que la gente exige de modo a reconstruir cual es la medula del sentimiento nacional, tanto desde lo que nos angustia como desde lo que nos emociona. Porque ciertamente este es un momento difícil, uno en el que algunos como diría Neruda, destilan un odio que no podría explicarse ni en los más primitivos de los seres que poblaron la tierra pero debajo de esa coyuntura hay una unión sagrada, histórica y presente, que hemos de traer sobre la mesa.

Ningún venezolano puede declarar que vive en condiciones óptimas de seguridad ciudadana así como ninguno puede razonablemente sostener que la situación se arregla con un cambio de gobierno. Las ciudades que han apostado a esas formulas exprés se construyeron a través de amurallarse en zonas rosas y de exterminar parte de su población. Esas formulas violan los principios que justificaron esta República.

Nadie puede obviar que la situación del abastecimiento y del sistema económico se acerca ni siquiera a un estadio que no le cause pánico, ni sostener realmente que en el padecimiento hay profundas diferencias determinadas por la postura ideológica de unos u otros. Quizás si alguna diferencia existe esta deviene de la posición socioeconómica de las personas pero todas se han visto profundamente golpeadas.

Yo dudo que algún venezolano pueda pararse ante la Laguna de Canaima o el teleférico de Mérida y no sentir estremecerse todas las fibras de su cuerpo o evitar gritar gol cuando la vino tinto aparece en escena, o, no sentirse decepcionado de un equipo mal cohesionado que llega a la Serie del Caribe. Así como el más retrogrado de los inmigrantes se consuela comiendo arepas y oyendo al tío Simón, y, el más chavista de sus amigos o padres, lloran con la distancia que queda cuando se tranca el skype.

Por eso la pregunta ha de ser que nos une, que nos falta, que nos asusta. La pregunta ha de ser como nos refundamos, nos perdonamos, nos acercamos. La exigencia ha de ser, a todos los partidos, a todos los periódicos, a todas las radios, respetar que en esta tierra, no viven seres que se odian sino un pueblo unido.

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