El señor Meda

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Si algo tuviese que confesar serían dos cosas sobre esta historia. Como cualquier niño en la escuela francesa no conocí jamás su nombre completo, y, ahora que las cosas están como están, son muchas las veces que le recuerdo.

Era el mes de agosto cuando ya el sol comienza a dar muestras que el verano se acaba, los supermercados ya se habían llenado de plumas y hojas de cuadros rosas con azul. Era el tiempo hermoso de la vuelta a clases con sus bultos cuadrados, el ritual de entrega de los libros de texto, cuando fue el tiempo de la primera clase de educación física.

La escena no podía ser más contrastante con el penoso trance de las dos horas a la semana en el Colegio Claret donde una profesora regordeta y mal hablada hacía señas con desdén a las niñas que se ejercitaban, separadas de los niños, haciendo extrañas piruetas sobre una mal conservada colchoneta.

Las clases del señor Meda empezaban bajo la terrible lluviecita del otoño trotando en estricto orden y sin distingo alguno por el bosque húmedo y oscuro. Había que trotar sobre el barro y el clima era atroz. El frio chocaba contra el cuerpo. Era demasiado el frio para andar en franelilla y demasiado el calor para estar en suéter.

Quizás si eso hubiese sido todo recordaría con desprecio aquella pesada escena, gozando el despertar en este valle templado de Caracas, donde, cuando la pereza no gana vuelvo a correr o a patinar un tanto. Por ello, la historia del Señor Meda es la de un hombre que interrumpía la marcha porque sobre las hojas se desplazaba algún insecto cuyo conocimiento era un deber universal.

Así, sus clases iban desde mostrar pequeños y babosos bichos que podían comerse con el único riesgo de morir del asco hasta detenerse frente a los hongos y las plantas.

El profesor de educación física convertido en maestro de supervivencia tenía una especial estima por la citronela, citronelle, una hoja de olor cítrico capaz de mantener alejado todos los bichos capaces de generar picadas. Una pequeña maravilla, gratuita y segura.

Las horas en el bosque se sucedían siempre por su esmerada lección de historia del deporte que partía de Atenas donde aquellos David aprendían a lanzar el disco hasta llegar al tiempo de los deportes modernos.

Bajo las delicadas explicaciones de aquel hombre yo le lance por la cabeza a una compañera un disco, le pegue el bate a un instructor de beisbol que pronto perdió la ilusión que sintió al saber que una venezolana estaba en ese campo. Pensó –gran error- que yo podría entender algo de la explicación.

Si nunca aprendí nada y mi único talento atlético detectado, que era correr, fue condenado al conteiner de las cosas que nunca fueron, recuerdo de aquel hombre su noción de respeto por lo que somos, lo que nos rodea y las historias de las mínimas cosas.

Por ello, recuerdo su nombre con cada árbol caído y cada vela que prendo, obviamente, de citronela.

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