La mujer amputada

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¿Puede un texto íntimo sobre el ser que somos nacer en la espera de una atestada y polvorienta ferretería? Sin duda, debería disculparme con mis lectores por traerlos a esta escena. Al ruido, al polvo, a las miradas de la avenida Baralt de Caracas y sus bazares de pequeñas cositas, bichitos, conexiones, metales, cables, plásticos… pero es justo allí donde empiezo a pensar este texto en el que quiero hablar desde adentro de esa mujer amputada que me descubro siendo y que sin duda encuentro en tantas de mis congéneres.

Ignoro si alguna vez alguien tendrá en su vida aspiraciones de catalogar la mía. A la vez que me divierto en adivinar cuál sería el adjetivo que escogería para referirse a mí ¿abogada? ¿escritora? ¿política? No creo que a nadie se le ocurra describirme de otro modo aunque hay quienes usan el pasmoso adjetivo de “intelectual”.

La verdad en esa ferretería es que soy una mujer de metro y medio, zapatos brillantes, falda a la rodilla y camisa verde. Soy un bicho raro. Poco antes salía de la biblioteca, con el pelo a medio recoger, los lentes gruesos, el silencio ceremonial. Allí, soy un bicho ordinario. Entonces me dibujo en el asombro de los hombrecillos que me miran, con el sudor en la frente, la franelita gastada, deslucida, olorosa. Me entiendo en ese momento como medio ser.

He vivido semanas de un drama que es una verdadera comedia. Me atacan inclementes todas las facetas de la vida cotidiana. Me he dedicado en serio a esto de escribir y de hablar y se me ha formado una revuelta. El piso decidió pintarse de sucio con una capa que sólo se intimida, por un par de horas, con las escobas, las aguas y los químicos. El carro es un auténtico guarimbero pero sé que debo disculparlo, el pobre ha sido una especie de Oliver Twist, siempre dispuesto a superar la infamia a cambio de mi cariño. Pongan ustedes los etcéteras que me llevaron pese a mi desconfianza, a una ferretería de la avenida Baralt.

He decidido que es tiempo de buscar la mitad que no he sido nunca. Tengo una agenda, un cuaderno y una lista de reproducción de youtube que me habla de aceites, motores, ruidos…, y este es ahora mi experimento en cuerpo propio de lo que tanto teoricé antes sobre la igualdad de géneros.

Somos, en esta sociedad binaria, todos tan sólo una mitad. Créanme, no lo digo románticamente. Lo pensaba ayer en la última mesa del bar donde escuchaba el discurso en el cual, por enésima vez, se ahogaba uno de mis proyectos emocionales. El, tenía que encontrar una esmerada retorica que me alejara de evidenciar que los hombres también se asustan.

Por tanto, amputados como vamos tenemos que aceptar una especie de dependencia impuesta con reglas claras. Usted, como pensaría Lydda debe ser tan desgraciada como la muchacha de la novela porque para eso una está. El, tendrá que estampar el beso protocolar y desvivirse en asuntos de hombres que cargan el peso de la familia ejemplar.

Nosotras, a medio siglo o un poco más, de la liberación femenina seguimos siendo una mitad amputada de la posibilidad del desarrollo pleno. Ese, que hará que si pisamos una ferretería no tengamos que padecer el discurso de la mami, la mirada desconfiada que determina, con exactitud si pertenecemos a las divorciadas, a las marimachas, o, a las mujeres solas que son una especie de categoría que integra aquellas dos clasificaciones del mal.

En esa escena sentía con claridad que una nunca se escapa a ese machismo y su violencia. Ciertamente,  yo he podido caminar mi carrera con los dos pies sobre la tierra. He comido en espacios donde sólo algunos entran. He conocido hombres y mujeres de esta historia y alguna hoja, ha tenido mi nombre. Allí llegué, con la línea que se hace cuando uno va avanzando, a una estructura de poder. La mirada no fue tan distinta que la del hombrecillo de la ferretería, siempre entre el morbo, la compasión y la desconfianza.

La pregunta en mi distinguido interlocutor pasó de considerar de quién habría sido mujer para llegar a esa sala, a, considerar qué clase de distorsión haría que adoptara una vida entre los hombres tan lejos de tener un hombre. En esa mente, las palabras son como en el matrimonio, el hombre es marido y mujer, pues, es mujer.

Por eso este texto empezaba en esa ferretería. Las concepciones sobre el género siguen siendo las mismas sólo disimuladas porque se ha visto que aquello del súper macho es políticamente anticuado.

Ironizaba con mis amigos en días recientes sobre qué me he propuesto buscar la dirección de la fábrica de esposas, acompañantes y asistentes de nuestros políticos. Producimos al por mayor muchachas de pelo negro largo, cuerpo curvilíneo, uñas de plástico y pocas palabras. Su función es decorativa, signos del estatus como las camionetas y los celulares. Muchas provenientes de los campos y de las zonas desfavorecidas, arrancadas de la posibilidad de un desarrollo intelectual independiente. Son las que alimentan el listado que miraba el Ministro, el de “mujer de…”

Esa muchacha es en el imaginario colectivo mi antónimo. Situación que no creo cierta. Es una mujer que luce y le explican una existencia tan amputada como la mía. Su espacio meramente domestico no toca sino en la sala de espera mi espacio, principalmente público. Su existencia como antónimo hace que algunos se imaginen y castiguen con que sus anhelos y los míos son opuestos. Buscará aquella una relación que la proteja y le saque la vida de los entuertos.

¿Yo? Pues nadie se explica que buscan las mujeres en estas otras esferas, hay una tolerancia incomoda con nuestra existencia que va a acumulando desde las proclamas del supremo catolicismo y sus promesas que moriremos vistiendo santos hasta el imaginario de otras que nos catalogan como verdaderas arpías, luego, ese limbo extraño para aquellos que no saben exactamente qué hacer con nosotras cuando retamos su existencia binaria, cuando no acudimos al “sálvame” que estaba en la página dos del manual de las parejas.

En toda evidencia, me resulta que el sistema binario que tiene un mundo de dos y luego sigue con sus opuestos nos va quitando pedazos. Nos limita un universo de saberes que necesitamos. El mundo es la idea y también es la cosa. Es la administración de la casa y la existencia pública. No tan sólo no somos contrapuestas porque esa oposición nace de una amputación, de hombres y mujeres, tan capaces de ser sensibles y esmerados, infieles y violentos, el uno como el otro. Se mantiene en la permanencia de un discurso hacia la mujer que sigue viendo un universo que catalogar entre brujas y doncellas. Señoras y perversas.

Tan amputados todos, tan mal complementados. Tan urgidos de completarnos hacia y desde adentro, tan perdidos en un discurso que se construye en salones de reuniones y que pasa tan pocas veces el dedo sobre el mostrador de metal y vidrio donde empecé a hablar con ustedes de mis propias amputaciones.

Yo, tan intelectual como pueda ser cargo la incapacidad de las ejecuciones mínimas que tantas saben construir y por eso estoy frente a aquel hombre en el mostrador, convencida que mi curso virtual de plomería me permitirá ver diferencias más profundas que las que hasta esa fecha veía, sólo capaz de distinguir que es de plástico y si aquello es metal.

Y lo pienso esto es quizás el asunto aquel de la sororidad que tan titular fue hace unos años en el manual rápido de feminismo, es un asunto de negarnos a detestarnos a la final somos tan sólo miembras del mismo esquema manifiestamente represor y básico.

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