El 15 de septiembre de cada año, se celebra desde que la Unión Interparlamentaria adoptara una Declaración Universal sobre Democracia que reafirma sus principios y los elementos y prácticas necesarios para un gobierno democrático, el día de la democracia.

Fecha que es usada con plena alevosía para ratificar los expedientes negros de los malos alumnos del sistema internacional. Así, se escucharán rimbombantes declaraciones contra algunos gobiernos, entre los cuales, muy probablemente vuelva a estar Venezuela.

Antes que eso ocurra queremos revisar algunas ideas sencillas para que cada quien asuma el día y el bombardeo mediático correspondiente desde su consciencia.

Por ello, queremos revisar algunas ideas sobre la democracia.

Si nos acordamos de aquella clase de educación cívica lo primero que tomaremos en cuenta es la definición etimológica –la de las palabras- que nos hablará que existe un demos –que es un pueblo- que ejerce un kratos –que es un poder-, cerrando nuestro recuerdo con esa idea de agenda que la democracia es aquel sistema político donde el poder lo ejerce el pueblo.

Si esto es así, felicitaciones, usted obtuvo seguramente un veinte en la boleta con un concepto que no nos dice absolutamente nada –como buena parte de las otras bases que nos trajimos de la escuela-, porque todavía nos encaramos al problema de saber quién es el pueblo e incluso que es el poder.

¿Es el pueblo toda la población de un país? ¿Es la mayoría de un país? ¿O, tan sólo con que haya mucha gente basta para que se considere el pueblo? A lo largo de la literatura social y del discurso político todos estos conceptos parecen ser intercambiables: mucha gente en una marcha es el pueblo, la mayoría que votó es el pueblo, todos los venezolanos somos el pueblo.

A los efectos de la democracia, en sus significados más generales de todos estos conceptos tan solo importa el de la mayoría –incluso cuando la minoría cuente tan sólo con una persona menos y por tanto sea muy numerosa-. Pese a ello, los gobiernos respaldados por mayorías que no dan espacios a las minorías no son tampoco considerados como democráticos.

Una democracia es entonces el gobierno de una mayoría, sobre un todo –que equivale a un país- al cual se han venido exigiendo otras cosas como respetos a normas jurídicas preestablecidas o previsiones en materia de derechos fundamentales. Estos últimos temas ya no van a referirse al demos sino al kratos.

El poder es, la potestad de someter al otro, en base al mito de un viejo hecho que así lo legitima, incluso contra su voluntad, para alcanzar un interés público o general.

Normalmente, aquí terminan las clases sobre la idea de democracia e incluso el contenido que sobre la misma reflejan los documentos internacionales que hoy resaltan como el hecho de vivir en una democracia seria inclusive un derecho humano.

Esta lectura, sin embargo, resulta claramente parcial porque obvia que el mundo de hoy está conformado en una densa maraña donde el único que ejerce poder no es tan solo esta autoridad electa por esa mayoría sino que la economía y el plano internacional son agentes de presión y de moldeamiento de nuestras sociedades tan o más importantes que todos los sujetos de los que hablamos antes.

Este asunto de la democracia real como enemiga del capitalismo es un tema profundo pues vemos en el plano internacional validarse un discurso que ubica elementos del capitalismo como esencia de la democracia olvidando que si este es el gobierno de la mayoría para todos, no puede sostenerse como natural la exclusión propia de este sistema económico. Por ello, pensamos como Boaventura Dos Santos,

La democracia liberal fue históricamente derrotada por el capitalismo y no parece que la derrota sea reversible. Por eso, no hay que tener esperanzas de que el capitalismo vuelva a tenerle miedo a la democracia liberal, si alguna vez lo tuvo. La democracia liberal sobrevivirá en la medida en que el capitalismo global se pueda servir de ella. La lucha de quienes ven en la derrota de la democracia liberal la emergencia de un mundo repugnantemente injusto y descontroladamente violento debe centrarse en buscar una concepción de la democracia más robusta, cuya marca genética sea el anticapitalismo. Tras un siglo de luchas populares que hicieron entrar el ideal democrático en el imaginario de la emancipación social, sería un grave error político desperdiciar esa experiencia y asumir que la lucha anticapitalista debe ser también una lucha antidemocrática. Por el contrario, es preciso convertir el ideal democrático en una realidad radical que no se rinda ante el capitalismo. Y como el capitalismo no ejerce su dominio sino sirviéndose de otras formas de opresión, principalmente del colonialismo y el patriarcado, esta democracia radical, además de anticapitalista, debe ser también anticolonialista y antipatriarcal. Puede llamarse revolución democrática o democracia revolucionaria -el nombre poco importa-, pero debe ser necesariamente una democracia posliberal, que no puede perder sus atributos para acomodarse a las exigencias del capitalismo. Al contrario, debe basarse en dos principios: la profundización de la democracia sólo es posible a costa del capitalismo; y en caso de conflicto entre capitalismo y democracia, debe prevalecer la democracia real.

Lo que pensamos era la causa por la cual decía Eduardo Galeano, en el libro de los abrazos, “la democracia es un lujo del norte. Al sur se le permite el espectáculo, que eso no se le niega a nadie. Y a nadie molesta mucho, al fin y al cabo, que la política sea democrática, siempre y cuando la economía no lo sea.”

 

Y esta idea que existen pueblos que tienen derecho a un sistema de gobierno que les represente mas y a remodelarlo según sus necesidades históricas es la clave de lo que le está negado al sur que ha de acoplarse a conceptos que pueden no se acerquen a los sentimientos y necesidades de su gente. Este es el caso por ejemplo de lo que sentía Roque Dalton sobre la libertad de prensa, tan costosa y defendida cuando se habla del derecho que a ella tienen los grandes mediotenientes, tan barata y relativa cuando se mira desde el derecho que tiene un  cualquiera de denunciar algo o de informarse fielmente.

La democracia en el Continente era una vieja de memoria corta, de vals con los tiempos predefinidos donde el mandante cedía todos los derechos salvo el de obedecer. Hasta que algunos países se dieron la titánica tarea de desafiar las fronteras de lo que se había condenado afirmándolo imposible, planteando un sistema de gobierno donde el poder no se transfiere, es el tiempo de la democracia como línea horizontal, como forma de vida y modelo de gestión. No como fecha de calendario.

Con tal resolución venezolana, seguida por Bolivia y Ecuador empezó el trabajo de levantar la bandera que incluso, cuando las dictaduras del cono sur había sido convenientemente olvidada. De allí, todo este entuerto de intentar ponerle a Venezuela la camisa de fuerza tejida por la OEA de su Carta Interamericana.

Por eso en días como este, no hay que dejarse impresionar con las frases preconstruidas y sus bonitos decorados, hay que tomar una postura propia desde lo que se sienta, se observe y se determine como los intereses propios y los de los interlocutores que amanecerán con las camisas rasgadas de tanto clamar por democracia sin bandera, sin país y sin dignidad.-

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