Cuentos cotidianos para un mejor sistema de justicia

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No sé cuantos juicios he visto en mi vida. Sé que hace un par de días se cumplieron ocho anos de que terminé las materias y eso debe hacer casi diez que, en una acera u otra, he visto el Derecho.

Los primeros, un juicio de desalojo por incumplimiento del pago del canon de arrendamiento. Un drama social que pasaba bajo la mesa tras un breve acuerdo entre los funcionarios, los abogados, los alguaciles, el cerrajero y el señor del camión. La cita acordada en la puerta del Tribunal y ese ritual a modo de entierro, con gritos desoladores y resistencia.

Después, un accidente laboral que se arregló tomando alguito en tal lugar porque al final entre colegas entenderse no es difícil y con ello también se cerró mi intención de litigar privadamente. Al menos, en aquella época.

Después el mundo judicial donde desfilan, con togas arrugadas o alquiladas a la Sra. Tal los abogados que cuadran, cuartico al frente, tras una conversa debajo de la matica que esta frente al Palacio de Justicia en Maracaibo. Otros más arreglados, con sus pulidos y ruidosos anillos, sus rostros sonrojados y su camioneta estacionada en zona prohibida tras otro arreglo con el chamo que cuida la puerta.

Sentada en distintas sillas de una sala de juicios he visto violaciones, hurtos, secuestros, compras, ventas, disconformidades con los papeles de propiedad de una tierra…

He dudado si la Ley Orgánica de Protección del Nino y el Adolescente, con sus sucesivas reformas, logró realmente instaurar un sistema de protección integral porque en responsabilidad penal terminaban siempre muchachitos flacuchos, morenos, sin padre que acompañaban la abuela. Jovencitos que nacieron siendo víctimas para convertirse en victimarios.

Esto con un inaudito el nivel de violencia y de motivaciones fútiles. Es insuficiente con el juicio educativo y con la sanción. Es a veces causa de verdadera impotencia pero la verdad, adolescentes o adultos, es difícil apostarle mucho a la idea que sanarán en las cárceles.

Algunas veces, mas incluso de lo que quisiera, me ha tocado mirar la cárcel. Desde el debate de qué hacer con ellas hasta el problema que suelen ser en materia de responsabilidad internacional. He visto los cambios, más que todo en rutina y protocolo, y, el mismo problema de fondo.

Pero ¿Dónde está el problema? ¿En las leyes mal hechas? ¿En la pereza de la Administración? ¿En la corrupción de los funcionarios? ¿En la incapacidad de los abogados?

Y ¿Dónde y cómo está la solución? La gente llega así con su cháchara de recordar que todo es un tema de educación como si la educación fuera una panacea universal, una construcción destinada a liberar a las personas o a construir pueblos.

Un abogado que por mala suerte, no sé si mía o suya, sigue un curso que yo dicto me interpeló cuando afirmé que en la nueva asignación tendrían que escoger un conflicto internacional a resolver. Insistí, cualquiera, el que a usted le duela, el que usted recuerde, algo que le conmueva.

En forma de chiste me dijo “no podré hacerlo, a mí nada me conmueve” y me hizo caer en esta disertación que les extiendo.

 

El funcionario

El abogado

El juez

 

Son tres sujetos que van a trabajar como autómatas. Algunos provocan lastima y tirria porque conocen una sola frase que lanzan a los escritos y a las alocuciones como intentando que esta vez si cuadren en el contexto. Van desconectados de la función que son llamados a atender.

Abren el maletín temprano sobre la vida de otros y a golpe de cuatro, lo cierran.

El maletín y la vida de los otros: la necesidad de libertad, el anhelo de justicia, la pierna purulenta que se gangrena. Todo, lo cierran.

En toda evidencia no logro asomar respuestas solo preocupaciones sobre el sistema de justicia que no podrá enmendarse solamente creando instituciones, o, sancionando conductas obscenamente desviadas.

Quedan demasiados temas por fuera como el deber de responder de todos los profesionales que intervienen por su mala praxis, o, el derecho de los que acuden al sistema de conocer cuál es el record de su defensor; el establecimiento de un sistema de honorarios que sea justo, confiable y sustentable.

Un modo de compensar las garantías de gratuidad con los necesarios ingresos que ha de tener la ultima oficina donde se practique un juicio agrario, civil, penal o marítimo en este país.

Es absurdo porque quizás usted consiga un fiscal bien intencionado, un juez esmerado y no logre que nadie le resuelva porque falta una hoja de papel o porque hace tanto que del toner no se volvió ni a saber…

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Trans-nacional

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El prefijo “trans” se refiere a aquello  que está “al otro lado” o “a través de” y solemos en nuestro idioma actual usarlo para pensar en las personas que están en la búsqueda o que han encontrado una discordancia entre su cuerpo, su género y su sexo. Este tema, complejo, doloroso, enlodado con prejuicios y tradiciones no es el que me ocupa hoy sino que quiero usar la fuerza semántica de estas cinco letras para hablar de quienes son hoy trans-nacionales. Con n, como concepto distinto al trasnacional que nos hace pensar en economía.

Me refiero al asunto de las personas y las migraciones. La construcción de su personalidad en medio de estos conflictos geopolíticos que muerden la autoestima de los seres del sur que a veces parecen sentir como verdaderas desgracias su identidad nacional.

El asunto seguramente siempre ha existido, siempre se ha alimentado en la construcción de un ideal de belleza que apunta que el catire es el guapo y que ojalá alguna pudiera tener un poco más de Marilyn Monroe y un poco menos de esa genérica Pocahontas que tan poco hace de protagonista en el cine.

Sobre ese tema ha escrito con mucho detalle el francés, de origen tunesino Albert Memmi que nos cuenta que eso de casualidad no tiene nada y ocurre porque la colonia es también un mecanismo que enseña a venerar al opresor y avergonzarte del nativo, del originario, que se dibuja como el que perdió la pelea, el vago, el vivo, el sinvergüenza.

Esa pena, con la que se nació, que perfeccionaron las escuelas y las madres recomendando mejorar la raza, cuidar el blanquito de la piel, usar tintes y maquillaje que destaquen o perfilen se empeora en nuestro ciudadano, que ahora o antes, vivió para emigrar.

No es ese neovenezolano que empalaga con un kit de bandera o una obsesión con el cocosete o el pirulin sino aquél que transita su adaptación a un nuevo país como un recorrido que profundiza la vergüenza por su origen.

Estos seres, aun no han pisado el Aeropuerto de Barajas o se han decidido si será Ecuador, Perú o Chile su próxima estación pero ya han descubierto todas las cualidades afirmativas, admirables de aquellos, las mismas que nunca encontraron en los suyos. Si les da por irse a algún Reino irán a visitar al Monarca, saludaran dando vítores aunque nunca se han detenido a analizar ni siquiera quien en ese país, en definitiva, es quien manda.

¡Vaya sufrimiento! ¡A la penuria de la lejanía le suman el impuesto de la vergüenza! ¡Del no encontrarse! Todos los que hemos vivido un rato, al menos, fuera de nuestro país sabemos que uno nunca termina de ser del país que le recibe. Una se va como acoplando pero le da por las noches esa necesidad de un saborcito de casa, de una doña que le diga cuatro cosas o de un vecino que remate sus abrazos.

Esa necesidad de olvido, de borrar los vínculos con la vida previa, de tener que dejar de ser quienes son es una necesidad tan difícil como la de todos aquellos que pasan por el duelo de la muerte de su primera personalidad.

Construir la segunda, duele, algunos lo alcanzaran mejor otros tendrán ese aspecto de caricatura que suele ocurrirle a quienes sienten vergüenza de quienes son. Algunos habrán cargado con esto desde que apagaban el televisor y veían que sus casas no se parecían a los suburbios ni nadie vendía comida china a domicilio; a otros, se les presentó como espejos, a cambio de algún patrocinio de publicidad, economía o política. La verdad es que es una hoja triste de otro ser que vive en este momento de la humanidad.

Diplomacia X

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Dicen que el Derecho Internacional es el desarrollo de las normas que se fueron haciendo desde las antiguas ciudades cuando las colindantes discutían sus fronteras. Por eso, ante todo es un método para evitar la guerra.

¿Qué hacemos con los extranjeros? ¿Cómo logramos la paz? ¿Cómo nos defendemos de los males mayores que nos amenazan? Esas son las preguntas que nuestro hipotético pensador se fue haciendo. Para contestarnos, ensayó. Hubo una vieja Corte en el Caribe a comienzos del Siglo XX y una Sociedad de Naciones después del Tratado de Versalles. Un juramento de paz en 1948 y la alegría de tísico de una justicia internacional en 1998.

Visto con todo y las letras pequeñas el estado actual del Derecho Internacional parece un discurso armado para que, si les da por mearnos, la prensa diga que llueve. Esto por pensar un rato como Galeano al traernos la evidencia que el Derecho Internacional sirve para mantener las hegemonías que se construyeron al ocaso de la Segunda Guerra Mundial y se perfeccionaron en la Guerra Fría.

Nadie niega esto. Ni la misma ONU con su rara construcción burocrática, ni el Comité de Derecho Internacional, ni los pensadores que gravitan a su alrededor o que la adversan. El derecho internacional no es más que una sistematización de la diplomacia que en definitiva, es cortesía.

Y esto no es otra cosa que decir que existe una manera de hacer las cosas, algunas acciones prohibidas y actos obligatorios. Ese es el esquema que debe llevar consigo cualquiera que haya pasado par de horas dedicado a estos temas y justo lo que en los últimos tiempos no estamos viendo ocurrir.

¿Cuándo y con qué forma? ¿Contra qué? ¿En defensa de quién? ¿Respetando cual principio? ¿Protegiendo a qué población? La misma ONU sabe que las cosas van mal. El hambre va repuntando, la crisis migratoria no tiene precedentes, en su propia Asamblea General en vez de avanzar hacia el desarme se evidenció que estamos a la puerta de otra crisis de misiles.

También se ha dicho varias veces que en el Derecho Internacional los Estados son iguales y los pueblos tienen derecho a autodeterminarse tanto como ha dicho en el Comité DESC o en la Asamblea General que las sanciones económicas no favorecen el fin de las controversias sino que empeoran el acceso de las personas a sus derechos.

¿Y si ha pasado tantas veces, que las organizaciones fracasan, que los intentos de las actuales no prosperan o que, a lo mas, constituyen acciones tardías o insuficientes por qué la situación no se corrige? Algunos miran la fuerza real o la significación de un país en el financiamiento del sistema, otros recuerdan la tiranía del derecho al veto y otros estatus similares de quienes hacen del Derecho un garrote para pegarle a los más pequeños.

Hace pocos días, la Canciller de Colombia, María Ángela Holguín Cuéllar, hablaba que el proceso de paz en Colombia ahora se veía afectado porque los recursos que el país destinaba a la pacificación se veían comprometidos porque ahora existía una “cantidad equis de venezolanos” que habían migrado a Colombia.

Nuestros hermanos colombianos, como tanto dicen, actuando como Caín en la historia del Génesis, mantienen con nosotros una fraternidad desconsiderada, olvidadiza y peligrosa, celosa y dispuesta a lanzarnos al primer lobo, que hace bastante tiempo le dejó algunas bases al cuido.

La frase infeliz de la Canciller que declara cuando acude a  Washington a tratar sobre nuestro país en un encuentro bilateral con los Estados Unidos es la que me inspira el titulo de estas líneas porque conjuga soberbia, ignorancia, exageración y desprecio de las normas de convivencia regional así como de los principios fundamentales del Derecho Internacional.

Pocos días antes de su frase, la ex Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, repitió una escena en La Haya pues fue a acusar al Estado venezolano de crímenes de lesa humanidad. Procedimiento que sólo puede realizar el Fiscal ante la Corte Penal Internacional puesto que esta no inicia procedimientos a instancia de particulares, ni siquiera, si sólo tienen una camisa.

La fotografía es, en sentido estricto, tan inútil como la que se tomó Lilian Tintori un par de meses antes con el único agravante del bochornoso desconocimiento del Derecho Penal Internacional por parte de Ortega Díaz que, debería conocer el procedimiento y saber que acusa a un Estado del cual ella hizo parte por hechos que ocurrieron incluso cuando ella era la titular de la acción penal dentro del país.

Para la diplomacia X, el principio menos conocido es el de la soberanía de los Estados y del principio de colaboración entre los miembros de la sociedad internacional por alcanzar la paz, los derechos humanos y la justicia, en respeto de la existencia jurídica idéntica de todos en aras de mejores condiciones de vida para las personas.

Sólo así pueden entenderse que estos insólitos hechos se hayan vuelto virales en los escenarios multilaterales donde son impulsados por el canciller Almagro, que pocas veces hace de Secretario General y tantas habla desde una parcelita imaginaria, como un Estado o un apéndice de otro Estado.

Sombras de la violencia de género.

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Esta semana, en específico, el sábado es el Día Internacional contra la Violencia hacia las mujeres. La fecha es una de las tantas que ha dedicado las Naciones Unidas a los asuntos que afectan la vida, la  integridad o la felicidad de las personas. Las mujeres somos esa mitad de la humanidad que hemos ido sorteando las barreras que a nuestro desarrollo las culturas y las religiones han impuesto.

En Venezuela ya hace par de días que inició una campaña gubernamental sobre la materia que prende de morado el recuerdo y el rechazo, acompañado de algunas iniciativas privadas que volverán a poner el tema sobre la mesa.

¿Un día para la no violencia? ¿De dónde nace? ¿Por qué se mantiene? ¿Qué logros ha tenido la política pública y la praxis judicial en la materia? Estas son preguntas que quedarán descuidadas frente a las campañas que se bastarán diciendo que golpear –y dejarse golpear- está mal.

Aunque esto sea verdad el tema de la violencia de género nos llama a asuntos que son a la vez más profundos y más cotidianos porque hay tanto antes, durante y después del golpe, que incluso hablar sólo de golpes es ignorar una elipse de sufrimiento naturalizada.

El asunto de la violencia comenzará en la casa, en la manera de seleccionar los juegos y los roles, caminará junto a la niña a la escuela con las reglas de apariencia del colegio, irá con ella a la universidad con los piropos y se enraizará en el tema de la sexualidad.

La sexualidad y la violencia tienen mucho que ver: la sexualidad del hombre se exhibe y de la mujer se cohíbe; las consecuencias del sexo son sólo pesadas para la mujer lo que ocurre en un mundo que juzga y premia por lo mismo. La mujer será completa, será señora, sólo cuando ese capítulo haya sido cumplido.

Una mujer es una madre o no es mujer.  Cuando no lo es , se convierte en un ser en largo e inacabado proceso de formación sin objeto aparente para vivir. Le faltará ese apellido que indicará “de quién es”, no tendrá quien “le represente”, será la tía solterona, la dueña de los gatos, a la que se le mueren las matas.

Esta línea será la causa de la risa incomoda de muchos y ese es el primer dardo que quiero lanzarles, el asunto de la violencia es ante todo un tema que deriva de la igualdad.

No nos pongamos muy profundos, igual significa  tener la misma naturaleza, cantidad, calidad, valor o forma que otra u otras personas o cosas, compartir con ellas cualidades o características comunes o parecidas, y nuestra historia nace de la idea de la desigualdad.

Manda el rey, obedece el señor, sufre el vasallo, no existe el esclavo. Ese esquema no es ni tan viejo ni completamente superado. No son iguales, el derecho romano que repetimos hasta hoy como la cuna de nuestra sociedad,  distingue a sus sui iuris sentados encima y no al lado de los alieni iuris, a los que pertenecen las mujeres.

La igualdad es un largo camino de sacrificios. Un proceso de dudas en la concepción del mundo porque quizás Teresa Carreño tan virtuosa ella, no necesitaba un marido para hacer la música más maravillosa que el país recuerde.

La igualdad de género pasa por las clases, menos que sus hermanos las mujeres de la aristocracia o de la burguesía eran y son, más cultas y más libres que las de las clases emergentes. Esa es la razón por la cual feminismo y socialismo sino son sinónimos son proyectos que se contienen.

La igualdad se vende como un concepto alcanzado porque hoy las mujeres pueden conducir, pueden estudiar, pueden trabajar, pueden votar…, pero para que la igualdad pública sea real falta el tema pendiente de la igualdad privada que hace la diferencia sobre la capacidad de ascenso, permanencia y perfección en el mundo laboral.

Por ende, el asunto no se ha logrado y muchas viven las consecuencias. El hijo nacido de su madre es muchas veces un hijo habido en soltería, independientemente de los anillos que digan lo contrario. Las responsabilidades sobre escoger y llevar la familia son definitivas para el plano real.

La violencia es como esa agua que se cuela por cualquier hendija, adopta primero la forma de cansancio y de agobio. La incapacidad de avanzar o el deber de sufrir pesos mayores, sea cual sea la forma de vida decidida.

Se pega como el barro a los zapatos nuevos porque nacida en ese esquema acompaña a la persona en las distintas dimensiones de su vida y es un producto cultural, justificado, invisible.

En el presente y a mayor desarrollo profesional de la víctima la violencia avergüenza, la víctima pasa por el complejo proceso de que le sea explicada que en la selección de la pareja ella se convirtió en culpable de aquello le ocurriera.

La violencia son todas estas cosas donde no ha habido un sólo golpe. Es una construcción de vida donde la propia existencia no se entiende sino en dependencia.

Es la guerra por la propiedad individual, permanente, inmodificable sobre el otro que lleva a odiar a todas las aparentes o potenciales rivales. Es la vida dividida entre esposas y potenciales zorras, atacantes, otras… Una concepción de pareja que no implica el respeto entre quienes se unen sino de quienes les rodean y que son siempre otras mujeres.

La relación no se teje de iguales con deberes de solidaridad y respeto, se teje como barrera a la otra a quien le hemos ganado la carrera. Es esa mezcla pasmosa de odios que se llevan a la cama y  que se prolongan por teléfono.

Esa acción de control de las llamadas, del no me parece, del no le hables.

El camino a la no violencia pasa por iluminar las sombras, mirar su vida y pensar las relaciones que llevamos con los masculinos, con las femeninas. Por eso no basta con poner imagenes y versiones de ese caso que simplificado siempre plantea  “si te golpea denuncia”.

En Venezuela el asunto estadistico sigue siendo escaso pero estudios internacionales van hablando de algunas verdades:

  • Si la paridad ha mejorado la violencia no ha bajado. Para algunos la violencia resucita en el duelo del privilegio perdido (el no atender el hogar, el espacio homosocial, el mito del hombre exitoso, etc).
  • Los femicidios se producen en personas que han denunciado principalmente malos tratos, amenaza y violencia psicólogica y no siempre hacen una escala en la violencia física.
  • La tecnología favorece y facilita la violencia que ahora tiene todo un nuevo campo con las formas de amenaza y extorsión que se relacionan con vídeos y fotografías, y, las de control que se sirven de los estados, de los reportes de conexiones, o, de los mapas de ubicación para limitar la libertad de la pareja.

Nos faltan los datos para contarnos cuáles son las verdades en nuestra Venezuela, ahora plagada de violencia económica y que todavía conserva su obsesión con la imagen física y eso, quizás, también es una forma de violencia que no será denunciada esta semana.

Para leer la odiada ley contra el odio

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Hace muchos años que camino esta frontera. Esta especie de separación o suma del espacio de lo político y lo pedagógico con lo jurídico. Muchas veces sentí en una frase de Giselle Halimi la justificación de lo que hago porque ella decía que el abogado ha de hacer del Derecho su arma de militancia. Así empezó esto, allá en el 2007 cuando nacía la Ley sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y ha seguido hasta el día de hoy.

Siempre que una ley nueva llega a mi espacio es porque la misma nace apuñalada desde la cuna. Los visitantes, los receptores, no acuden cargados de globos azules sino de puñales a justificar, irónicamente o no, las mismas cosas. Por eso, les hablo de esta frontera porque a la llegada de una ley surge una urgencia primero comunicacional y fundamentalmente pedagógica.

Se trata del deber de “desalambrar” aquella criatura y dársela a sus verdaderos dueños tal y como es, como ha de ser.

Hace par de días que la Asamblea Nacional Constituyente presentó la Ley Constitucional Contra El Odio, Por La Convivencia Pacífica y La Tolerancia, sobre la cual escribiré con mas profundidad en el futuro porque yo había manifestado mis preocupaciones y aspiraciones sobre el instrumento así como me quedan aún muchos temas que aclarar o al menos que decidir para poder regalarles esa lectura en clave o en defensa que en estos momentos está en mí aun incompleta.

Pero nació la ley, como es tradicional para las leyes importantes de la revolución, una tarde plúmbea en medio de la balacera. Ya es el tema favorito de los programas de humor y de las cadenas de whatsapp que lo trivializan considerando ridículo que la gente deba cuidar lo que dice.

Ese es el primer recordatorio para todos los que andan con la memoria corta porque algunos incluso parece que creen que las leyes de Chávez pasaron todas facilito en medio del acuerdo respetuoso de los señores del Valle. Pausa, soplemos en los recuerdos…

¿La temible ley mordaza? ¿Se acuerdan? De solo nombrarla temblaban todos. Ahora resulta que ni con dos reformas fue suficientemente dura como para impedir que a las mujeres se les trate como objetos, se llame desde la radio a la guerra o salgan reflejados los valores de lo afirmativo venezolano al menos de vez en cuando sobre alguna pantalla.

No había en Caracas un taxista que no estuviera asegurando que había llegado el fin del mundo cuando la Asamblea Nacional se le ocurrió que las mujeres podían vivir sin violencia. Más de uno hizo su revuelta y se metió al bolsillo el cepillo de dientes no fuera a ser que esa noche se les volviera loca la vieja…

Entonces, como pasó en ese entonces ahora es tiempo de tomarnos las cosas y leerlas por nosotros mismos. Leer el derecho es primero tomar las palabras en su significado común, luego en su relación con otras normas y finalmente con la realidad.

En mi comentario previo a la versión borrador que circuló yo sostuve que para mí habían varios puntos que tratar, el primero era la afirmación de la existencia de las personas como un derecho. Existir siendo quienes son.

Siendo caraquistas, magallaneros, gorditos, flaquitos, tuertos, mudos, brillantes, flojos, promiscuos, religiosos, bullangueros o callados. El enfoque de la ley no es exactamente ese sino que responde a nuestra tradición de tomarnos un atamel porque vivimos atacando las fiebres. Es una ley que resulta de una severa fiebre de violencia desatada. Ese es el otro elemento, nosotros estamos partiendo de una ley que no está haciendo un acto de imaginación sino de memoria.

La memoria es una fuente válida según los manuales de Derecho y también según el saber popular que advierte que quienes no conocen la historia están condenados a repetirla. Los manuales sobre Derechos Humanos establecen esta como una de las primeras formas de garantizar derechos humanos, el adoptar medidas administrativas o legales que reparen, repongan e impidan que lo que ocurrió se repita.

A esto súmele usted otro componente y es el escándalo internacional. Uno de los que más han circulado por la web es el comentario de la RELE, la Relatoría de la Libertad de Expresión de la OEA, sin hacer tanto énfasis en que esta oficina dedica una sección permanente a estar en estado de alarma por Venezuela.

En el plano internacional pondremos sólo dos recuerdos. El primero el ejercicio del Tribunal Penal Especial para Ruanda que admitió y condenó en consecuencia a una radio porque se dedicó tan eficientemente a convencer a la mitad de un país que la culpa de todo era de la otra parte que la ONU inactiva e indiferente al momento de los hechos llora hoy no sabe si 800.000 o 2.000.000 de personas muertas.

La regulación y prohibición del odio no es un asunto novedoso. Por un lado, Rousseau pensaba que la ciudadanía era una forma de religión basada en el amor por lo nacional. Por otro, nada importa mas que evitar la discriminación cuya génesis es el odio, nada, al menos desde 1945.

Justo por eso, es Alemania el país más activo en la materia demandando y llamando a capítulo a todos quienes promuevan o difundan espacios que cuestionen las bases del pacto social de la posguerra. Facebook lo supo hace pocos meses. También este tema aparece en España y no está tan lejos de todos los sistemas que protegen a los países de la difusión web o personal de las ideas radicales, el fundamentalismo o el terrorismo.

Como ven, cierro mi comentario sin leerles la ley. Este es un trabajo común, porque la ley ya es la ley y en ella tendremos nuevas reglas del juego que ameritan conocerlas, criticarlas y entenderlas.

Miss Feminista y eso…

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Hacía seguramente una década que yo no veía el Miss Venezuela. Las razones sobran y la ideología es mucho menos importante que mi poca afición por la televisión. Creo que sólo vi antes, como esa noche, ese programa por alguna presión social. Esta vez, la familia en casa y yo sin cable, evidentemente.

Aquel espectáculo dio la impresión de las últimas horas de luz de un bombillo. Era una imagen patética incapaz de generar en uno más que una fastidiada resignación. Fue casi un velorio de otra época y pa’ allá y pa’ cá con la nostalgia de los ochenta y la sensación de bolsillos rotos del presente.

Pero aquella tristísima cosa que alternaba la lista de artistas que venían cuando la cosa estaba buena y unos bailes de fin de año de escuela le picó el ojo a un concurso mucho menos conocido, el Miss Perú, que ha logrado conquistar la fama que no ha obtenido por la belleza al incorporar un par de líneas que leyeron cada una de aquellas concursantes.

Han matado a tantas dijo una; han golpeado a tantas otras…; la lista era fría pero quedaba bien en la ola de hablar de  la violencia pero nadie que conozca algo del tema podría evitar sospechar que no era más que una estrategia pobre de marketing para quitarse la muy merecida denuncia que los concursos de belleza son en sí mismos una forma de violencia.

¿Qué es esto de la violencia? No en el pasado ni en el libro sino en el ahora. Es un tema que se ha vuelto rentable y aparece en el teatro o en la televisión hasta en el Miss Venezuela como una manera de ser políticamente correcto. Obviamente, no practicarla sino denunciarla.

Si todos sabemos que aquello es una cosa mala, la más frecuente de las violaciones a los derechos humanos según dijo Kofi  Annan pocos sabemos que se ha convertido casi en un impuesto porque a mayor igualdad de género ocurre mayor violencia. De modo, que algunos ubican el problema en la incomodidad que le produce a algunos defensores y defensoras del patriarcado ver transformarse las relaciones de poder que sienten naturales.

En Venezuela este asunto es también un misterio. Uno que se solapa en que, como dijo Domingo Alberto Rangel, el único secreto en un país de chismosos es el número real de las víctimas de la delincuencia porque, en sentido simple, los actos de violencia son también delincuencia.

Pero aquí ya yo voy poniendo un asterisco. Un desaire a las compañeras que leen esto con el incendio que producen los panfletos que apoyan nuestras causas. La violencia de género no es un acto deliberado y permanente, sin motivaciones coyunturales, que sólo cometen los hombres.

Piensen lo que piensen los que fijan los criterios, es violencia de género la crianza de niñas para atender a hombres, es violencia de género las normas de comportamiento sexuadas y el aprendizaje de la sumisión de la mujer al marido y el disimulo del cuerpo.

El cuerpo que es como es, que sangra, que suda, que cambia. El mundo que tiene amarras en el pasado que se fijan en casa. El detonante que cargamos, hombres y mujeres, que creemos que los otros son objetos y son nuestros.

Por nuestro derecho de propiedad, que para muchos consciente o inconsciente el más sagrado, podemos eliminar el derecho a la amistad, a la comunicación, al esparcimiento o a la soledad. Creemos que el sí o el no se dan de contado para el sexo, el amor o la sociedad.

Nada amenaza más a estos temas que el convertirse en moda. La violencia no se combate señalando afuera sino mirando adentro, los no y los si, los absolutos y los relativos, lo dicho y lo callado.

O pensamos o muy pronto nos desbordaran las Miss Feministas y las feministas opresoras o algunos otros seres extraños.

Aquí seguiremos preguntando por la paridad política, por el derecho a conservar nuestro cuerpo, escoger nuestra sexualidad, pisar con nuestros zapatos, denunciar lo que se justifica y negarnos a usos malintencionados de los juzgados.