Los debates que no tenemos

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Todas las personas que conozco están de acuerdo en algunos temas básicos. Todos piensan que está mal que mueran millones de personas de hambre y de enfermedad; que la guerra no es una vía valida y que la economía tiene al planeta al borde de su propia extinción. Si esto piensan las más diversas personas, de distintos lugares, los temas van a variar en cuanto a las soluciones hacia las cuales debería girar la construcción del otro mundo.

Siempre me gusta pensar esto en los términos de Rawls sobre qué es lo justo. ¿Cuál es el mundo mejor para un empresario o para un campesino? ¿Cuál es la necesidad imperiosa para un joven jugador o para un viejo convaleciente? ¿Qué debe hacerse para mejorar nuestra vida si somos del sur o somos del norte?

De la Universidad nunca olvidé a un joven pelirrojo que fue conmigo a la Maestría. Francés, pulcramente blanco, cargaba a la universidad con un maletín de cuero suave y marrón. Peinaba de un modo tonto, tenía lentes y un apellido que olía a aristocracia. Era alto, torpemente simpático. Insoportablemente francés. El mundo en el 2009 le resultaba una pesada desgracia y tenía la honestidad suficiente para hablarme de ello.

Un día tomamos un café y el aprovechó para explicarme por qué el precio del petróleo debía bajar. El mundo, me dijo, desde que ya no hay colonias no es como era y nosotros  necesitamos Colonias para que el Estado de bienestar pueda ser.

Como les dije, era torpemente simpático y recogió su frase invitándome a quedarme en Francia. Los destinos del sur que eran para todos esos seres de la ultramar no debían ser los míos porque yo, a diferencia de aquellos tenía nombre y a él le encantaba mi dedicación a analizar un Derecho que él sentía absolutamente superior porque al final, el mundo nació en Roma y se perfeccionó en París ¿no?

Este recuerdo me atrapó en el presente al calor de algunas discusiones que están ocurriendo. No ya el mundo sino el país, ya no el país sino el chavismo. ¿Qué somos? ¿Cuál es la base que nos une? ¿Cuál es el mundo que soñamos?

¿Qué piensa del chavismo el coronel sentado en su elegante poltrona? ¿Qué es el chavismo para la señora que mira desde su patio la lluvia? ¿Qué es el chavismo para el joven que descubre que ha vivido toda su vida para algo que ya no le es muy diáfano?

¿Es el chavismo un gobierno de militares? ¿Un gobierno de comunas? ¿Un espacio de convergencia? ¿Quién y cómo, por qué está fallando?

Quizás para contestar la pregunta sobre el qué nos haga falta tomar todo esto y mezclarlo. El chavismo sería historia, presente y utopía. Sería militar y comunal. Sería la vieja y el chamo, así, el de la televisión y el del barrio. Hasta algunos clasemedieros desclasados (hacia arriba o hacia abajo).

Ese “qué” sin duda importa y por eso nos viene tantas veces al ruedo pero pocas veces, demasiadas pocas, viene acompañado de un debate sincero sobre el cómo.

Una vez que la región latinoamericana está como está (tiempos de represión tras un golpe en Brasil, neoliberalismo brutal en Argentina, cachorrismo desatado en Colombia, Panamá y Perú) sabemos que algunas propuestas básicas como el chavismo como movimiento diplomático de paz entre los pueblos comienza a no ser tan sencillo.

Pero el tema internacional no se agota allí cuando nuestros planes económicos estaban relacionados con la cooperación sur-sur y ahora todo es tan diferente. Por ejemplo, ahora los viejos aliados para completar las proteínas requeridas en el país, los alimentos del ganado y las vacunas de los pollos, son algunos de nuestros más violentos enemigos.

Ese marco hace que algunas preguntas que nunca terminamos de contestar se hagan tan imperativas que son asfixiantes. ¿Cómo nos desarrollaremos? ¿Con qué fuerza? ¿Cuándo? ¿A qué precio? Los modelos para respondernos estas preguntas colisionan en el seno del propio chavismo: producimos para hacer las cosas rentables; construimos un sistema que pese a su rentabilidad sea universalmente accesible; producimos para independizarnos así nos toque caer en algunos modos o calidades inferiores a las que veníamos acostumbrados.

Todas son ideas sobre la mesa. Todas vuelven al dilema de Rawls y a la mesa donde tomé alguna vez café. No hay una respuesta correcta pero hay un deber de trascender el qué quiero y esa me resulta la parte más complicada. Se trata de la urgencia de los cómos, ese mundo del know how que nunca hemos tenido, que tan poco llega a las conversaciones.

Era esa la idea en la que me iba leyendo conversaciones y tomando un café frente a un amigo preocupado hasta la médula en medio de este momento complicado ¿porqué no empezamos a hablar del cómo?, hay un mundo fuera del sofá y del lamento.

Veía por ejemplo una vez más un gran debate sobre todas las cosas que no es y que no hace VTV. Pensaba cuán ridículo ha sido el mismo debate que quiere culpar a la pantalla de la realidad porque no se le parece. No creo que nadie seriamente haya sido capaz de determinar que un medio con tan poco ranking fuera de los ministerios sea realmente definitorio en el bienestar de alguien e incluso en sus opciones electorales.

Pero es imposible pasar muchos meses sin volver a este estéril debate sobre la falta de política comunicacional de este gobierno. En “este” incluyo todos los periodos presidenciales de Chávez. Ahora, incluso las redes han empeorado el fenómeno porque –usted no lo creerá- que alguien no se queje es una causa de mucho escándalo (aunque alguien sea un fulano que no es ni siquiera parte del gobierno o de la oposición orgánica).

Pero vaya que el asunto se reduce en las opciones del cómo. Ese tema fundamental, el cómo se hace la fulana política esa y como se pone de cabeza a todos los burócratas que repiten la formula que al parecer no funciona.

Salgamos de aquí antes de fastidiarnos. Vamos al mundo de los precios y del campo. ¿Cómo? ¿Cómo lo hacemos? Sin título, sin ley, sin formulas rimbombantes ¿cómo recuperamos la calidad de vida de la muchacha que durante dos horas espera un bus en Araira para llegar a casa? Si, Araira, allá más allá del mundo raro que es Guatire.

Debería hacerse una campaña nacional en busca de los cómos. Una especie de cartel que diga no proponga la Comuna sino quiere poner el primer bloque o pida otro ejercito sino quiere ir a darle clases a los soldados. Abrir el debate y todas las hojas de papel y los códigos binarios que existan en el país no para calificar la victoria – o la derrota- sino para encontrar los modos de hacer la resistencia.

Creo que sólo defendemos aquello de lo que en algún modo nos sentimos parte, que soñar tiene que ser de alguna manera un modo de ejecutar porque sino la utopía es tan esteril como una gasa y tiene tan poca vida como ella.

Es verdad yo misma no tengo muchos cómo que ofrecer, mi intento de volver al campo duró las horas que me tardé en ahogar una plántula de tomate y volver resignada al mercado pero siento esta noche que es una urgencia empezar a hablar de cómos y olvidar tanto epíteto.

¿Cómo hacemos el país que queremos?

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Dos cuadernos de poesía

1521630580146.jpgAntes de escribir un poemario hay mucho trabajo que hacer. Es como un boceto, un ensayo…, un cuaderno. En estas semanas he estado trabajando en dos cuadernos: el primero Temis sobre justicia jugando a escrbir versos que sirvan para canción: BARCELONA (1).

El segundo, un juego de amor, bitácora Smart Traveler

Para la memoria, la paz. A Evio Di Marzo.

La escultura d ela no violencia de Carl Fredrik Reuterswärd fue la manera en la cual el artista recordó la muerte de John Lennon como

La escultura de la no violencia de Carl Fredrik Reuterswärd fue la manera en la cual el artista recordó la muerte de John Lennon para que las armas no sigan usandose.

El asesinato del cantante Evio Di Marzo vuelve a desnudar algunas cosas terribles de nuestra sociedad y aunque no tengo un conocimiento de vida de muchas épocas pasadas que me permitan asegurar que esto fue –o no fue- así en el pasado, tengo la certeza que es inadmisible en el presente.

Según reseñó la prensa, el 28 de mayo de 2018, Evio Di Marzo fue asesinado por unos hombres que intentaron robarle su carro, a lo que se resistió e intentó huir, siendo herido de bala y colisionando luego. Llegó a un hospital caraqueño sin signos vitales y así fue, como una voz de Venezuela se eclipsó.

Di Marzo no fue hijo único, de hecho, su hermano es otro icono musical venezolano y ellos, como en tantas familias ocurre, militaban cada uno para un sector de la política venezolana. Evio, con el chavismo. Yordano, con la oposición.

Evio fue chavista, muy chavista y crítico, muy crítico. Por lo que, para la oposición era una decepción y para algunos chavistas, una incomodidad. Dudo que para alguien no haya sido un hombre honesto porque eso fue, saliendo del mundo de la superficialidad y la parafernalia.

Su asesinato para algunos es casi que su culpa. Al final, los chavistas son culpables de todo lo malo que ocurre, sea nuevo o viejo. Merecen, decía hasta una senadora de Estados Unidos, ser sancionados por decisiones políticas. Por lo que, algunos dicen primero que era el hermano chavista como queriendo decir que fue “bien asesinado”.

Un ser, autoidentificado como chavista, se montó en esa ola destacando las diferencias de Evio en relación a Yordano, de quien estimó que la muerte no sería una lástima. En un acto sumamente vergonzoso que no debe dejarse pasar.

¿Qué país somos y qué país queremos? ¿Qué familia es la familia venezolana? Yo no creo en ese país. Jamás lo haré. Ni en su existencia porque ese no es el país que recorro y sobretodo en que esos ruidosos seres formen parte representativa del corazón venezolano. No conozco una sola familia que milite homogéneamente en uno de los bandos de la política y daré mi vida por el derecho de los otros a existir. Sean o no mi familia.

Pienso en esta hora como nuestro gran poeta Andrés Eloy Blanco “Por mí, ni un odio, hijo mío,/ni un solo rencor por mí,/no derramar ni la sangre/que cabe en un colibrí,/ni andar cobrándole al hilo/la cuenta del padre ruín/y no olvidar que las hijas/del que me hiciera sufrir/para ti han de ser sagradas/como las hijas del Cid.”

Estoy convencida, como ya lo comentaba en el capítulo que enfrentó a Pedro Carreño con Isaías Rodríguez que Venezuela no es un país que necesite insultos o descalificaciones, mucho menos en el que veamos avanzar ideas terribles como si se tratase de agua corriente. Los linchamientos, la persecución internacional de “rojos”, la justificación de la muerte por “chavistas” o el deseo del sufrimiento de un “escuálido”, hacen que este sea un país donde difícilmente podemos respirar.

La mayoría de este pueblo no es ese. Es el tío que se burla en la comida familiar o la vecina que baja el último sorbito de café que había guardado para regalarse incluso a un desconocido. Estoy absolutamente segura que esto podremos pararlo porque somos más aunque hagamos menos ruido.

El hampa, ya lo decía Domingo Alberto Rangel, hace ya mucho tiempo que está por encima de todos los poderes. Ya se ha llevado demasiadas vidas. Las vidas suburbanas de tanta gente que sólo recuerdan sus abuelas; la vida de algunos destacados músicos, poetas, pintores, políticos y médicos que han dejado un cráter en la esperanza.

La respuesta que no se ha dado cuando se desbordó en los setenta, cuando sigue viva y apabullante en el 2018, no está en abandonar la calle y dejar que a todos nos coma el alma; ni en irnos del país pero sobretodo no está en dejarnos picar del odio maldito que la alimenta.

Ojalá que pronto evitemos todos la muerte, amando la vida. Amándola en nosotros y en los otros, quitando del camino esas carroñas que del color que se vistan aparecen desalmadas, perversas.

El deporte venezolano: la alegría sancionada

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¡La alegría, ese sentimiento fresco y luminoso que pretenden quitarnos! Ese derecho en algunos países y ese festejo que tiene el calendario de días internacionales y esta tremenda batalla que estamos dando para defenderlo.

La alegría de la vida es sin duda ante todo una cosa simple, individual, asociada al placer y a la fortuna. Para otros, en ella habría algo de disposición y de la manera en la que nos enfrentamos a las cosas pero sin duda, la alegría tiene también mucho de simbólica y de colectiva.

Para la alegría sirve la música, sirve el canto y también el deporte. No tan sólo por las endorfinas que dejamos salir cuando nos montamos nosotros en nuestra actividad favorita o la sensación de libertad que nos invade.

Por eso, cuando estamos siendo bloqueados, como en este momento, cuando estamos siendo presentados como seres extraños quieren quitarnos la posibilidad de competir internacionalmente en los deportes.

Porque los deportes de alta competencia se reportan entre las noticias normales, con  fotos donde el mundo es un espacio plural donde todos caben e incluso se puede ver entre seres de distintos continentes, amor y solidaridad. Donde cualquiera puede triunfar y cambiar su suerte al escuchar su himno nacional.

Así lo vimos por ejemplo cuando en el 2016, la única noticia positiva sobre Venezuela que publicó Le Monde en muchos meses fue el extraordinario éxito de la joven Yulimar Rojas quien, con el pelo verde, el tricolor en las manos y una foto con el Presidente Nicolás Maduro en el bolsillo, se trajo una medalla de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

Pero ahora estamos en el 2018, existe el Grupo de Lima y está toda esta línea que cuestiona que en un país cuya economía se derrumbó puedan haber elecciones y que haya sido reelecto un Presidente.

Entonces, cuando Venezuela ha sido condenada a la página roja internacional, al club de los Estados forajidos o canallas, la sección geopolítica y las fotos del ACNUR, se puede ver el empeño de algunos a eliminarnos de los eventos deportivos.

Dos países americanos, actuando casi simultáneamente han impedido que nuestros puedan competir. Hablamos de la decisión publicada el 16 de mayo que impidió la participación venezolana en el Campeonato Panamericano que se celebra en Guatemala porque ese país le negó la visa de entrada a nuestros deportistas[1] y de la decisión tomada hace un par de horas, el 24 de mayo, por el gobierno de Canadá que impide la participación de venezolanos en el Campeonato Mundial Militar de Voleibol.[2]

Son estos ejemplos que pueden pasar debajo de la mesa entre tantas noticias un buen faro para entender qué significa ser un país bloqueado por acciones dirigidas por el gobierno de Estados Unidos y ejecuciones lideradas por Canadá donde los sancionados son los venezolanos aunque pretenda hacerse del país una estructura de aros, donde existiría un primer sancionado que sería el Presidente y luego la intensidad de las sanciones se iría ampliando: a los Ministros, a los funcionarios, a los partidarios y luego al pueblo todo, como se lee de las declaraciones directas de algunos funcionarios norteamericanos y algunos torpes voceros nacionales.

Así como lo dijo, hace apenas tres días María Corina Machado, quien sentenciaba “vamos a hacer que el costo de su permanencia sea evidentemente mayor al de su salida de una vez por todas”[3], buscan destruir cualquier bienestar o alegría que el pueblo tenga o pueda tener, por ejemplo, con ver levantar la bandera en eventos deportivos, tan destacados como prácticas que sirven para hacer sentir orgulloso a un país de todos sus integrantes.

Ahora, como en muchas otras materias en la realidad las sanciones no son pruebas de laboratorio. No existen esos círculos imaginarios que se emplean en el discurso. Existe un universo de múltiples relaciones al que se le están aplicando tijerazos que impiden el funcionamiento normal.

Uno de los más conocidos efectos de las sanciones es que generan una insoportable escasez que tiene como resultado deseado ampliar la corrupción y esto es simple. A mayor dificultad para obtener algo indispensable sólo crecerá el mercado negro y el tráfico de influencia para obtenerlo. Sufrirá más quien no tenga estructuras para sostenerse: sean estas económicas, sociales o políticas.

Por eso, los que sufren mas las sanciones son los sectores que luchaban todavía por alcanzar un goce pleno de sus derechos que ahora, a mayor precio y menos cosas, pueden enfrentar peor las cosas que antes ya habían superado. Piense usted simplemente en la independencia que dio a tanta gente tener una pensión y lo que la hiperinflación ha hecho de esa sensanción.

Es la desesperanza el sentimiento que busca imponerse a un país donde debe convencerse a la gente que su destino es fracasar, claudique o no, de la lucha que ya ha emprendido.

En ese marco, estos son tiempos serios donde todos somos necesarios, en el esfuerzo de mantener la lucha y defender la alegría. Estos atropellos administrativos contra nuestros deportistas son actos particularmente hostiles porque se dirigen contra personas cuya responsabilidad individual en lo político no puede ser menos importante y su luz para regalar alegría, no puede ser más brillante.

No nos extrañemos de que esto ocurra y sin duda se hará cada vez con más fuerza hasta que se le plantee como solución individual a los que le interesen a la mano que nos sanciona darles nacionalidades extranjeras, como un salvoconducto que les permita ser individualmente importantes desprovistos de la suerte que colectivamente quieren trazarnos como pueblo.

[1] http://www.laiguana.tv/articulos/90522-guatemala-nego-visa-deportistas-venezolanos-competir

[2] http://vtv.mippci.gob.ve/canada-impide-participacion-de-atletas-venezolanos-en-campeonato-mundial-militar-de-voleibol/

[3] http://www.lechuguinos.com/maria-corina-arremetida-economica/

 

Las ciudades que amo

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A lo largo de mi vida, sin que tengan mayor cosa en común, he venido coleccionado ciudades que amo. No sé de hecho porque me importan tanto las ciudades, quizás son sus historias, sus edificios o sus olores. Sé que amo ciudades disimiles, algunas que todo el mundo admira conociéndolas o no. Otras, discretitas, a veces olvidadas incluso detestadas que no me han sido indiferentes.

Hace un par de años y una crisis económica menos compré una mochila. Con ella pensé que recorrería muchas más ciudades que lo que hice, odiando el peso y llena de pequeños vestidos de verano. Cuando lo hice, sin embargo, me llené de emoción escogiendo mi único acompañante porque amo viajar sola, con una agenda, unos libros y una bufanda.

Amo París, como todos la aman. Caminar por el bulevar de la Opera y llegar a la Gare Montparnasse. En esa parada de trenes han empezado y terminado todos mis capítulos franceses porque para mí Francia siempre es el oeste, la costa atlántica, el amor que me quedó clavado en el corazón por mi David que conocí esa tarde en la Universidad y que adoré corriendo bajo la primera nevada.

París es el barrio latino y dibujar sobre un presente deslucido los cuentos de mis padres. La venta de sanduches de atún tunecino donde se enamoraron cuando en la misma ciudad vivían Julio Cortázar, Jean-Paul Sartre y Blas Perozo. París que es siempre latina, siempre dorada y siempre pobre.

París que es amor y odio, barrio negro y argelino, avenida italiana y americana. París que siempre tiene frío en el alma, polvo en el ala y que ahora tiene tan cerca –adentro- las ideas de los viejos lobos que la desafiaban. París que suena a la bohemia y a Edith Piaff, que no huele a Chanel N°5. París donde todos los niños de Francia saben hablar francés y se abulta de japoneses a las 10 de la mañana.

Pero casi no me gusta Madrid ni cuando Sabina se baja en Atocha. No me impresiona su Gran Vía, ni sus esquinas tumultuosas, ni su oso. No le he encontrado nunca el alma a Madrid. Es una ciudad que poco me dejó y poco la entendí aunque adore Galicia, en especial Santiago donde católicos y herejes se dan la mano.

Amo Caracas con su cielo azul. Su  montaña  que protege de invasores y sus aves maravillosas. Caminar, montaña adentro hasta el mar es  saber que la vida siempre se levanta y siento que de eso va el libro del Génesis que leía en la infancia.

Adoro caminar el centro y escuchar a la gente, siempre Caribe y esperanzada. La temporada de beisbol aunque yo no entienda nada y descubrir esquinas donde Caracas se burla de todas sus malas famas.

Pero hay otras ciudades, donde el amor es cosa sencilla. Raíz.

De allí viene toda esta cosa, de subir una foto que describe el amor. Una foto que muestra una noche cálida, de vientos de desierto, sobre la calle de piedra donde pisó mi bisabuela cuando llegó de Cumarebo a Coro, proveniente de las Antillas y de allí desde Holanda.

Mi bisabuela judía que se hizo católica. Mi bisabuela holandesa que se hizo americana. Mi abuela niña de risos de oro, mi abuelo moreno paraguanero. Mi bisabuelo adicto a las revistas de tecnología, conductor maltrecho que chocó su Ford contra un árbol. Mi bisabuelo que tocaba la flauta que fundó el día del comerciante. Mi infancia en la butaca del cine Miranda. Mis pasos por el bufete de mi abuelo. La casa donde se casaron mis abuelos, donde nació mi padre, donde la Seguridad Nacional buscaba todas las veces a mi abuelo.

Las calles que arreglaba mi abuelo gobernador, el patrimonio de la Unesco y la Universidad del tío Roberto.

La mirada de tío Sandoval recordando las aventuras que al mediodía antes que pasara la negra con los dulces en la cabeza contaba mi padre en el negocio del bisabuelo, donde transformaba el gato del tejado en el león de la selva.

La mirada de mi abuelo siempre perdida recordando su trayectoria. Sus pesadillas de antiguo torturado. Mi tía vestida para la fiesta y la señora de las empanadas. Ese calor de Coro cuando por fin llueve y el sabor de las naranjas que bajábamos en sacos desde la Sierra.

La tarde que mi abuela en una hamaca me cantaba canciones de infancia y el ladrido del perro que comía arepas.

Coro es un amor inmenso para mí aunque sea en recuerdos que meticulosamente mi abuela me dejó en el alma porque eso hacen las abuelas cuando le besan la frente a los nietos, les dejan los cuentos y los sueños para que para nosotros sean eternos.

La oposición y su dictadura autoimpuesta

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Les dijeron tantas veces que venía la dictadura que hartos de esperarla, decidieron vivirla. Esta es la historia de no tan poca gente y puede ser leída en términos de Eduardo Galeano porque lo que veremos es un mundo al revés.

Según el Diccionario, la dictadura es el régimen político en el que una sola persona gobierna con poder total, sin someterse a ningún tipo de limitaciones y con la facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad.

Lo que supone que las personas pierdan los derechos políticos, quizás sus bienes de fortuna y en general, la sensación y realidad, de la libertad.

Así se los han prometido, veinte años seguidos. Si Chávez llegaba al poder, les quitarían los hijos, las casas, las elecciones, las acciones del club y sus partidos. Con Chávez mandando no les quedaría más que encerrarse en su casa, tirando rejas por todos lados y con tanto desespero, que a veces hasta tendrían que improvisar poniendo basura y ramas.

Cada domingo, de misa en misa, de noticiero en noticiero, de pánico en pánico se dejaron convencer y un día, por allá, en el 2014, sacaron su basura, pusieron señas en las casas de los vecinos, se taparon las caras y se fueron proclamando el cese de las actividades económicas y sociales. Era tiempo de un cara a cara contra esas autoridades que indiferentes a las amenazas, habían pasado más de una década ignorándolos, sin llevarse a los chamos, sin quitarle las casas, llamando a una elección al menos una vez por año…

Llamaron represión que fueran juzgados quienes decidieron o ejecutaron que la confrontación debía hacerse quemando, disparando y cerraron escuelas, negocios y universidades. Algunos hasta justificaron que el sistema de justicia se cambiara por el avanzado sistema del linchamiento, otros llamaron a tirar materos o botellas de agua, a matar con cortaúñas, a quien fuera, como fuera…

En el 2015, tuvieron una sensación de democracia pero no muy fuerte, fueron a elecciones con candidatos que nadie conocía –ni conoce- que hicieron diputados con los mismos sistemas y responsables que los habían sometidos a una dictadura que por pereza no cumplía sus amenazas.

Ganaron y declararon, frente a la embajada gringa, en una Asamblea Nacional de donde se sacó el cuadro de Bolívar y se deshilacharon los afiches de Chávez que en una Constituyente acabarían con la bicha y con una seña tumbarían al chavista de Maduro en menos de seis meses. Sin acatar nada que dijera el Tribunal Supremo.

Hicieron entonces paredones, páginas web, clasificaciones, muñecos que colgaron de puentes y arboles, vestidos de rojo, con letreros de sus nombres. Con bots que anunciaban los planes individualizados o masivos con los que borrarían esa “plaga” que aun no les cumplía.

En medio de calles en fuego, donde desde la soberbia los diputados se indignaban que los militares no dieran un golpe, donde anulaban las leyes y los nombramientos de la anterior Asamblea Nacional y negando créditos y presupuestos que necesitaba la Nación decidieron al mismo tiempo dictar una ley que limitaba las alocuciones presidenciales porque habla demasiado y lo sancionaron por abandonar su cargo.

Pasó el tiempo y se sentaron confundidos. Ni la dictadura cumplía, ni lograban ellos cambiar la realidad con amenazas y amargamente consideraron que podría funcionar usar alguna fórmula legal pero no  podía ser tan simple.

Nada puede ser legal y simple en una dictadura que denuncian, yendo y viniendo al extranjero o convocando a los medios. Por eso no se trataba de cumplir los requisitos y pasar la página.

Esa actitud modesta y coherente no amenaza. Se convencieron que eran mucha más gente, toda la gente y se inventaron las firmas que no necesitaban.

Se reeditaron como especialistas de firmas planas y juraron la parcialidad del órgano auditor que se dio cuenta. Ser imparcial es no saber si existe  o no, si vive o no, el que elige, dicen ellos…

Molestos, salieron a descargarse como les dijo Capriles, se inventaron que cuando la gente quería podían adelantarse las elecciones, todas, todas, al mismo tiempo para sacar para siempre y de todo a esos dictadores incapaces que solo les daban la opción de secuestrarse ellos.

Se les olvidó, sin embargo, con tanto humo y puputovs, que cuando decidieron que no tenían manera de ganarle a Chávez lo mejor era no dejarse elegir, les fue bien mal y así, cuando todo lo que desearon: la Constituyente que defendía Tintori y  Guevara, las elecciones presidenciales, decidieron concentrar todas las cosas que los hacían sentir en dictadura: se encerraron, rezaron, rogaron que los otros se encerraran, no hicieron campaña y no fueron a votar.

Para palear esa sensación de autoexclusión se inventaron unas elecciones paralelas, con hojitas en fotocopia, supervisadas por una rectora de universidad que nadie recuerda en qué año alguien la eligió y la hicieron así, abiertamente, en las iglesias y en las escuelas y aunque nadie los reprimió, sintieron que la dictadura estaba allí cuando no les hacía caso porque ellos habían dicho que no a todos los no, hasta a la forma de nuestra democracia.

Habían rogado que si, en las elecciones de verdad, ellos no iban a votar, los chavistas se auto extinguirían, no que fuesen menos sino que de una vez por todas desaparecieran y murieron de rabia al ver, que no fue así, que allí estaban, vivitos y votando.

¿Muchos? ¿Pocos? ¿Casi nadie? ¿Facilitos de vencer con todo el gentío que son ellos? ¿O ganaron, porque se han logrado cumplir lo que les prometieron? Si Chávez no les quitó las elecciones, se las quitaron ellos. Si Maduro no les quitó los negocios, aceptaron que bloquearan los ingresos y las exportaciones, de modo que la  escasez y la especulación se los vienen quitando, y los niños que nadie se llevó a La Habana se hicieron grandes y se fueron solitos a Santiago.

Allá se toman la foto gritando no a la dictadura y se la explican a los extranjeros diciendo: ya mi madre no vota, no abre la puerta, ya ni se une a tocar cacerolas…

Y como si fuera poco, recién electo Maduro expulsó a los de la Embajada gringa y en acto de reconocimiento de su autoridad, Estados Unidos anunció que respondería recíprocamente.

Amargados, así van viviendo una  autoprofesia que al fin se cumplen y tienen su dictadura a la carta autoimpuesta.

Mostrar sufrimiento para legitimar la guerra

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Escrito en francés y con muy poca difusión entre nosotros, el ensayo “La opinión se trabaja, los medios y las guerras justas de Kosovo, Afganistán e Irak” publicado en el 2006 por los escritores Serge Halimi, Dominique Vidal y Henri Maler nos ayuda a entender para qué sirve imponer una lectura sobre la realidad venezolana que indique que hay una crisis humanitaria sin referir las consecuencias de las actuaciones internacionales contra Venezuela en lo que estamos viviendo.

En este momento cuando estamos viviendo un proceso electoral que ha sido desconocido por factores internacionales antes de que ocurra consideramos que una lectura rápida al argumento central de este libro nos permitirá entender para qué sirve tomar decisiones y difundir interpretaciones que en Venezuela resultan completamente absurdas.

Para su disfrute.

En 1998, cuando en una entrevista fue interrogado uno de los jefes editoriales de la cadena francesa TFI sobre porqué había tan poca información internacional en el telediario contestó que “La emisión de la una de la tarde es el noticiero de los franceses y está dirigido a los franceses, por eso, se informa lo que a ellos les interesa. Si usted quiere información sobre Venezuela tiene que ver la televisión venezolana. ¿Le interesa lo que pasa en Sudán? Pues vea la televisión africana”.  Pero luego el 24 de marzo de 1999, la televisión francesa descubrió que en Europa existía una Venezuela sin petróleo y un Sudan en miniatura.

Se trataba de Kosovo, el señor Clinton, nos recomendó de tomar un atlas o buscarlo en un mapa. Sin embargo, la pequeña pantalla donde ahora todo ocurre lo haría por nosotros. No porque allí estuviese ocurriendo una catástrofe humanitaria (que es como se llaman las masacres, los refugiados y la ruina del Congo, o de Colombia y de otros lugares) sino porque Occidente, es decir, Estados Unidos, se decidió a intervenir en este país. Entonces esta era una guerra, nuestra guerra, era nuestro enemigo, eran nuestros aliados, nuestras armas de rutina, Así fue como en 1999 las noticias cambiaron y  ya no son un reporte de la proximidad sino de lo que se decide en las alcobas de la Casa Blanca.

A las fronteras de Kosovo que por fin aprendimos donde queda en el mapa, llegaron los periodistas. Allí descubrieron inmensas tragedias, desplazamientos forzados de la población, que es el contenido natural de la guerra. No hicieron más nada que ofuscarse. Estas atrocidades ocurrían a las puertas de Europa….

Declararon la urgencia de una injerencia humanitaria, dedicaron el noticiero a recaudar fondos para esa pobre gente, habilitaron un número telefónico para llamar, sintieron calma cuando los números de las encuestas decían que había cada vez más franceses preocupados por la situación de Kosovo. Lo lograron, construyeron una opinión instantánea proyectando imágenes.

Con ese estímulo, los periodistas siguieron, tuvieron como armas nuestra generosidad y nuestros dones y cuando la tuvieron pidieron una guerra en el terreno que pudiera liberar a esas multitudes errantes.

Mostraron a una mujer, a un hombre, a un niño blanco. Mostraron a una pequeña niña de cinco años que sufría. En realidad, no era el color de la piel, ni las lágrimas lo que importaba sino captar el desespero. Necesitaban proyectar gente deportada sufriendo delante de nosotros porque nosotros, somos muy buenos.

 

Las imágenes tristes mejoran las encuestas.

¿Debatir una situación tan terrible? No, esto no debe ni pensarse. Era mejor crear verdades indiscutibles que condenaran a los que no estaban de acuerdo a ocupar posiciones polémicas para poder incluso llamarlos cómplices de Milosevic.

¿Quién en los periódicos de las democracias mediáticas puede resistir al poder político y a la opinión y a morder la mano de quien lo lee? Nadie va a hacerlo. Por eso se cambia la forma en la que se construye el discurso y se presentan las noticias, desaparece el planteamiento binario y se habla de una sola alternativa. En este caso, la guerra aunque sea lógico pensar que esta traerá más refugiados y empeorara la situación humanitaria, se plantea como la única alternativa.

Decían que la gente sólo dejaría de sufrir si se eliminaba a Milosevic y para eso había que enviar las tropas… Así lo dijo nuestro primer Ministro, Leonel Jospin “los que critican los bombardeos no ofrecen ninguna alternativa mejor”

Traducción libre. L’Opinion, ca se travaille…, les médias et les guerres justes, Kosovo, Afghanistan, Irak. Elements. Paris. 2006. Pags 27, 28 29