Los abogados pasamos toda nuestra vida sumergidos en la palabra justicia, rodeados. La usamos en las sentencias, la leemos en la Constitución, decimos que es un derecho y si somos elegantes, con ella cerramos todos los escritos, en especial, los más insignificantes.

Sin embargo, sabemos bastante poco sobre qué es la justicia pero no ahondemos en darle mala fama al gremio. Los médicos tampoco saben mucho mejor que cosa es la salud y usan la palabra siempre. Como la enfermedad, es más fácil gritar justicia cuando estamos ante la injusticia. Un médico sabe que alguien está mal de salud y nosotros que alguien está mal de justicia.

Podríamos escribir tratados rememorando lo inútil que son las escuelas de Derecho para enseñar sobre qué es la justicia. Haciendo un paneo rápido sobre los recuerdos caeríamos que más fueron las horas que perdimos en entender que lo que creíamos era justicia era tan sólo equidad.

Si queremos seguir siendo sinceros, veremos que el asunto se pone peor porque mas es el tiempo que un estudiante de Derecho gasta en el inútil suplicio de aprenderse en latín la fórmula de Ulpiano que lo  que dedica efectivamente a pensar sobre el asunto de la justicia.

Por eso la justicia es hoy en día para mí, de todas las nociones jurídicas, la que requiere mayor contacto con otras áreas. En especial, con la vida cotidiana y simple de las personas.

¿Qué es la justicia a los ojos de una persona que sobrevive un cruel atentado contra su vida? Ante mí se posó la evidencia que la justicia es una necesidad psicológica fundamental para la víctima. La urgencia de un acto que renueve la fe en la humanidad que le hizo perder quien le procuró un trato degradante y allí, la justicia –ahora como sistema- me resulta un enorme poder, por ende, un terrible peligro.

¿Qué significa para alguien que se levanta de una situación atroz y se dirige al Estado, el no ser atendido? ¿el que su caso se convierta en una carpeta, en un número más, en la tarea que mirará con fastidio un fiscal o se le olvidará firmar a un juez?

Allí la justicia más que un acto de equidad me resulta un acto de humanidad. Un acto que debe medir lo difícil que es sentarse y contarle a alguien que quizás jamás vimos antes la más atroz experiencia de nuestras vidas.

Allí la justicia me resulta una cosa tan pequeñita como respeto. Pensar el sistema de justicia -si queremos que sea justo- requiere que inventemos una manera de tener respeto por las víctimas y sus historias. Que se acabe el terrible mundo de carpetitas amarillas arrumadas en el piso de un tribunal y la eterna prisa de los fiscales para escuchar.

Entonces de esto iba el día de recordar que la justicia es un infinito universo de cosas simples. Una tarea que mirar con constricción y no con espectaculares actos donde sólo se mencionan números. Porque fundamentalmente, la justicia es la menos jurídica de las tareas de un jurista.

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