¿Se puede inocular la corrupción?

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El gran orgullo de la familia de mi tía política es que su padre fue un esmerado historiador. Un hombre español que llegó en los tiempos de la guerra y contaba la hazaña de haber vivido años sin quitarse su único par de medias, al tiempo que había descubierto el arte de agradecerle a Dios las patatas y cualquier bicho, que, llegara a casa para ser transformado en la comida de la semana. Ese hombre, al que conocí al ocaso desu vida guardaba además de sus anécdotas unos documentos raros y antiguos, de los que sólo muy pocos de nosotros hemos oído hablar: las transcripciones del juicio que, por corrupción, le hizo la Corona Española al Caballero de la Reina, el conquistador del Lago de Maracaibo, Alonso de Ojeda.

Si soplamos en la memoria, el nombre de Alonsode Ojeda nos suena. Lo repetimos en coro en nuestras aulas de escuela, justo antes de entrar superficialmente a pensar si Venezuela significa pequeña o feaVenecia. Si lo buscamos en internet, conseguiremos la historia de su amor por Isabel, la India Guaricha de Coquivacoa, la que le acompañó a la conquista y sobre la cual, las hojas rosas todavía destacan, su belleza y su lealtad a su marido. Si estamos en Maracaibo recordaremos aquella desierta plaza donde está una india dormida –o algo así-  que fue puesta en memoria del amor de Alonso e Isabel.

Por eso, les apuesto que no les viene mucho a la mente aquella idea de un caso escandaloso de corrupción que terminó en juicio en España y lo condenó al olvido, pese a sus enormes proezas de marino y lo que sus aventuras le regalaron a la Corona.

La razón para empezar por aquí es que quizás fue un español el primer corrupto que pisó Venezuela y no era su sangre, mulata y mestiza, como es la nuestra. La corrupción no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de estos tiempos. Tampoco era propiedad única de un español que a su muerte pidió que en su lápida escribieran que era un desgraciado o la pusieran donde cualquier pudiera pisarla.

Toda la historia occidental tiene su nacimiento en Roma, y, Roma encontró su fin en la corrupción. Por ende, no hemos innovado mucho. También hay seres corrompidos en la Biblia y es esto, un problema sobre el que muchos tienen dobles morales o posiciones relativas.

Ahora, desde hace unos años, la corrupción tiene una dimensión más importante porque de ser un acto de mala o deshonesta administración ha llegado a ser considerada como un problema para los Derechos Humanos cuya garantía requiere de administraciones probas y de cuantiosos recursos.

Aguilar Gutiérrez,una escritora mexicana, sostiene que tan sólo en los conceptos relacionados con corrupción su país pierde anualmente aproximadamente el 9% de su presupuesto y esto, es una manera de entrar con mal pie a intentar construir o mantener una sociedad justa; y, siendo como es la corrupción un problema tan viejo podemos darnos cuenta que existen infinitas páginas de leyes, tratados e informes destinadas a tratar el tema.

No faltan en ellos, por ejemplo, las larguísimas disertaciones que contemplan si la corrupción es un fenómeno que puede controlarse por medio del derecho o su génesis ética lo impide. Si es suficiente un enfoque nacional puesto que el sistema financiero favorece las tramas en las que se involucran varios países, en especial, las lejanas islas que son paraísos fiscales.

Tomando todo esto como cierto, la corrupción es un asunto bastante conveniente para mantener una visión del mundo que separa a los humanos en buenos o malos. En un esquema muy similar a las construcciones que, pese a la Independencia, quedaron establecidas en el orden colonial.

Desde este ángulo, no podemos sorprendernossi las ONG y las agencias onusinas suelen presentar listas donde ordenan los países en función de los índices de corrupción que ellos han determinado y los resultados son que los países que fueron colonos son impolutos frente a un abismo africano y latinoamericano donde, como si se tratase de una epidemia tropical, todos los gobiernos son corruptos.

Al ver este mapa, nos es fácil olvidar que Europa está sumergida en enormes escándalos, probablemente con Italia y España a la cabeza, mereciendo quizás que recordemos las causas que llevaron al fin del gobierno de Rajoy y que hoy, está preso el ex Presidente Sarkozy, quien enfrenta una complicada situación derivada del financiamiento –hipotéticamente libio- de su campaña presidencial.

Ahora, nosotros, los venezolanos que nacimos en el siglo XX o en el siglo XXI fácilmente podemos ubicar el vocablo corrupción como la palabra que más hemos escuchado en la televisión o leído en la prensa. Eso ha sido un asunto que ha estado siempre presente como la tara de todos los grupos políticos que han intentado enrumbar el país hacia mejores puertos.

Siempre hemos visto la corrupción como un fantasma que recibe dinero o se acomoda usando los bienes del Estado pero con la idea que nadie está del otro lado de la operación; que esto es un asunto del otro y a veces nos enfrentamos a la bipolaridad del pensamiento popular sobre el tema, que como ya lo comentaba Cabrujas, pasa sin sonrojarse de quejarse que el otro es un corrupto a señalar que si alguien tuvo o tiene un cargo y no lo aprovecha, es porque sin que nadie pueda dudarlo estamos frente a un auténtico pendejo.

En el presente, nosotros tenemos que tener mucho cuidado en esto porque debemos avanzar y asegurarnos que logremos los propósitos que quedaron fijados por el Comandante Chávez en la nueva ética socialista de la cual ya hoy casi nadie habla.

Sin embargo, también tenemos que mirar como son las operaciones anticorrupción  las nuevas banderas de los proyectos entreguistas en Latinoamérica. Si lo vemos así, podemos incluso dudar de toda esta historia de Odebrecht que supo realizar al mismo tiempo operaciones que transformaron las obras de infraestructura que necesitaba la región en la puerta de salida de los gobiernos progresistas.

Digámoslo de otro modo, parece que todo el asunto de esta empresa fue directamente abrir el hambre y llenar la boca de quienes sabían débiles para empezar a dinamitar los procesos que en América Latina se estaban desarrollando.

Luego, viene toda la operación de la persecución judicial de estos asuntos que tiene su punto máximo en Brasil conla Operación Lava Jato que con su ala judicial encarceló a Lula y en su faceta política, a través de las redes y del ruido, condenó al petismo.

Ahora vienen los grandes descubrimientos, un poco en simultáneo, de grandes casos de corrupción que se produjeron enVenezuela durante el período Chávez-Maduro. A nivel de las matrices mediáticas que se han generado en redes y medios, podemos ver algunas que señalan que este sería el comienzo de una operación anticorrupción en Venezuela con características parecidas al Lava Jato brasileño. Sin embargo, confiando que esta tarea no se llevaría en Venezuela sino ante juzgados extranjeros, en especial, la justicia estadounidense.

Otros se atreven a señalar que estos hechos ameritan una revisión histórica incluso de la figura del Comandante Chávez y finalmente, vemos otros que lo usan para trazar líneas que intentan hacer entrar la decepción en el alma de un pueblo que estoicamente aguanta una situación de crisis sin precedentes en la era bolivariana.

Es importante detenernos en este punto porque genera las condiciones deseadas para algunos. Una identificación de todo lo bolivariano con lo corrompido e incluso más allá, de todo lo venezolano como inútil,grotesco y terrible.

Este propósito debemos tomarlo en relación a la advertencia que lanzaba, desde su canallada, Julio Borges en marzo de 2017 donde señalaba que Venezuela era una “enfermedad contagiosa” para la región.

De modo que nosotros tenemos la necesidad decentrarnos en castigar ejemplarmente a quienes han incurrido en esas prácticas pero también de entender el interés político de infiltrar sujetos que se corrompen y hacerlos estallar en el momento más conveniente para los intereses enemigos. Práctica que además han realizado los gobiernos estadounidenses en toda la historia de América Latina.

Hay otro factor importante con lo que viene ocurriendo con la corrupción y nos ubica en el presente. La precarización de la vida de la gente o la incapacidad de la empresa petrolera de mantener laproducción, son factores que están principalmente relacionados con las privaciones económicas causadas por las sanciones, que tienen dos grandes ejes: el dinero que nos han retenido y el dinero que ya no podemos generar.

Sin embargo, a la medida que salen estasenormes sumas de corrupción hay personas que piensan que el dinero que falta es tan sólo aquél que estos personajes se llevaron. Lo que en mi opinión se da porque nosotros, los humanos corrientes que habitamos este país, tenemos dificultades para saber cuánto cuesta un sistema de salud o cuánto es mucho o no tanto, en niveles macroeconómicos.  

Esto empeora por la falta de indicadores tradicionales y nuevos,  que no nos ayudan a ver cuál es el impacto de cada una de estas cosas que vienen ocurriendo. Por ejemplo, cuánto dinero deja de entrar en un día por los mercados a los que ya no podemos ir, o, cuanto es el aumento del precio de un objeto si tenemos que traerlo de Turquía porque ya no podemos comprarlo en Brasil, etc.

Allí finalmente, quiero que traigamos otra idea porque las sanciones son mecanismos que promueven la corrupción en los países a las cuales se destinan. Por una causa muy llana, el enemigo natural de la corrupción es la simplicidad, publicidad y la razonabilidad de los tiempos demandados para obtener un bien, satisfacer una necesidad o de manera más amplia, acceder a un derecho.

En la medida que las sanciones dificultan elacceso a los derechos, favorecen la desaparición de los bienes y el aprovechamiento de su escasez. Por ello, trabajos o áreas que jamás habían sido fructíferas para establecer tráfico de influencias o algunas otras prácticas como el cobro de coimas, se vuelven muy atractivas en una sociedad donde todas las cosas se hacen más complejas y por lo tanto, la gente tiene menos tiempo y más necesidades.

Este es sin duda un tema sumamente complicado y así como al derecho le cuesta dar una respuesta de un problema que para algunos está relacionado más con la ética que con cualquier régimen de heteronomia, este momento no podemos dejarlo tan sólo a los tribunales y a sus análisis.

Pienso que  debemos nosotros leerlo también en las claves de un país bajo acoso, haciendo uso y exigiendo la aplicación de nuestras instituciones así como advirtiendo que es un arma conveniente para quienes, desde su identificación con los intereses extranjeros, tienen desde el 2016 intentando hacer entrar a Venezuela por el mismo carril que llevó a Brasil a ser próximamente gobernado por Jair Bolsonaro.

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La señora que no quería estar sola

Hay un elemento que determina, de manera indiscutible, el carácter feminista y socialista de los programas creados por el Comandante Chávez y continuados por el Presidente Maduro: el sistema de asignación de las pensiones de vejez. La fórmula empleada, ha favorecido a miles de mujeres que, en actividades que no  generaban cotizaciones, le regalaron su vida a la crianza y formación de este país.

Su monto que puede resultar insuficiente tiene su piso en el Salario Mínimo lo que significa que supera las concepciones, limitaciones y discriminaciones del pasado y esto es sin duda una garantía importante para la tranquilidad social.

Sin embargo, en una economía tan atacada puede que por muy importante  que esto sea, se haya hecho insuficiente y nos toque a los hijos y nietos, echar una mano en casa más generosa de lo que antes fue.

En especial, porque pese a toda el alma ahorrativa que caracteriza nuestros viejos, en su presupuesto se escriben los absurdos precios de la comida y de las medicinas a las que, nuestro modelo de vida nos hace dependientes después de cierta edad. Este, es más o menos, el cuadro de todas las familias trabajadoras de este país, en este momento.

También es la manera de acercarme a estos temas desde mis áreas de trabajo. Analizar derechos, en planos de existencia, evolución, acceso y población.

Sin embargo, un día cualquiera, mirando a mialrededor, me he cruzado con el rostro de alguna madre que se enfrenta con nuevas dificultades a su edad, pues sus hijos –dice la señora- se fueron y la olvidaron en Caracas. Por eso, ella sale en las mañanas buscando con quién hablar. La soledad le pesa más que la pobreza, me dice, lo de la plata sólo le preocupa de verdad en la farmacia cuando le suben el remedio y no llega. Del resto, sólo espera por el posible regreso del hijo o la llegada de un pasaje para el reencuentro o la muerte. Cualquiera de las cuatro opciones, suspira, porque a veces siente que ya le da igual.

Por eso sale, por eso habla. Por eso se queda la mañana en un café con gente que no conoce pero que tiene –dice ella- la edad de los hijos que se fueron.

¿Cuál es la perspectiva de un humanista ante la vejez? ¿Cuál es la de un Estado humanista? ¿Cuáles son las obligaciones delas familias con sus abuelos? ¿Cómo viven los viejitos estos tiempos tan difíciles? Puede que el enfoque que yo misma he tenido no sea suficiente. Demasiado liberal, demasiado económico, muy poco humano.

Este texto cuenta un encuentro. No pretende generalizar porque la misma edad de esa señora tienen los que pasan la tarde bailando en las esquinas de Caracas o en la Plaza La Candelaria jugando dominó.También es la edad de muchos señores de la milicia y de las primeras que llegan a las mesas cuando es domingo de elecciones. Quizás el tema de la sociabilidad de los mayores es también un asunto de Derechos, no lo sé…

Me quedaron prendados en el pensamiento sus ojos y sus palabras. La enfermedad la condenó a estar sola o la soledad la condenó a estar enferma, dice que ya no se acuerda. La mengua no la debilita  sino el silencio y la amargura es sentir que ya para nadie existe. Creo que eso en definitiva es la inquieta: desaparecer.

Supongo que escribir a veces va de esto. Hacerle honores y memorias a las conversaciones más simples. A las mañanas donde alguien quería hablar y se topó con alguien que quería escribir.

VenezuELLA, la palabra que estalla.

Son pocos los espacios donde los interesados en la justicia se encuentran. Incluso pensando en esto creo que sigue vivo mucho de aquella idea que el juez está sentado en una silla grande, de largas patas de madera, dentro de una bola de cristal, de esas que si las mueves sueltan nieve sobre algún penoso paisaje navideño.

Las pocas veces que esto ocurre y las personas se encuentran, se hace en una cosa más lastimera, en el seno de la burocracia y usualmente se le llama “mesa técnica” que es la apelación formal para denominar el arte de transformar el más mínimo problema en el más eterno de los viacrucis.

Hoy, siguiendo la incitación de María Claudia Rossell y sus cómplices pisé en Venezuella un espacio distinto. Una mesa, un domingo, un grupo de mujeres que no se conocían pero que han conocido cada una, desde distinta silla, un proceso judicial de género.

La experiencia inició tarde y quizás sin que estuviésemos todas precisamente preparadas para ver en primera persona lo que siente la otra. La que denuncia y es dejada en espera; la que intenta mantener vivo un proyecto en un Ministerio; la que trabaja en los programas de readaptación de los condenados y otras, que quizás, han redactado alguna sentencia. Todas esas voces fueron puestas en una pequeña sala para preguntarse y creo, entre líneas, agradecerse.

Se me ocurrió al dejar el recinto escribir una frase “Venezuela la palabra que estalla” porque siento que estas horas sirvieron para romper esa tela que nos separa de la otra. También para decir que todas tenemos cansancio y miedos pero sobretodo esperanzas.

Quizás somos todas las que somos acusadas de formar parte de un lobbie o de una fachada. Quizás somos todas las que decimos “las mujeres blancas, de formación y clase alta” las que no necesitamos que nos describan que se siente ser acosadas o amenazadas; quizás somos todas las que decimos “hay un porcentaje insoportable de violencia en la experiencia obstétrica” las que hemos conocido capítulos que quisiéramos olvidar en una visita ginecológica.

Pero somos menos las que hemos podido pensar la experiencia individual y descubrir que no es un hecho exclusivo que en esa sensación o en esa idea, feliz o triste, buena o mala, han estado muchas otras.

Me gustan las cosas que terminan como este pedacito del Venezuella, en pregunta. Me gustan las preguntas que terminan como esto, en esperanza. Creo que son muchas las cosas que tenemos pendientes de explicar o compartir.

Por ejemplo, yo sigo creyendo en la insuficiencia de las penas de todos los actos que son eslabones previos a un feminicidio pero me traigo preguntas nuevas: como cuáles son los actos no íntimos, no tradicionalmente físicos pueden causar la muerte intencional de una mujer y cómo se paga por ellos; cómo idear garantías de no regresión en la protección y cómo usar los avances en género para impulsar un concepto nuevo para todo el sistema de justicia, que se termine de bajar de esas sillitas, de deshacer de esas convenientes justificaciones y esté, donde la gente lo necesita.

También regreso con la alegría de ver que lejos de las aulas y también de los espacios de poder, sigue vivo un espíritu que cuestiona y construye, que no se resiente ni se cansa, defendiendo su derecho a ser.

Así que de corazón va un abrazo inmenso para todas las que tejieron estos espacios que se transforman en nuevos puntos de partida.

¿Y tú no te vas a quejar?

Hay una especie de epidemia de andar aleccionando. Puede que algunos vean en esto una particularidad venezolana o incluso de esta hora histórica. Algunos no lo pensamos así. Esa necesidad de andar gritando lo morales que somos y lo inmorales que son los otros, me resulta un buen camino para ese resurgir fascista que se hace desde los medios que nos prometieron como nuevas vías para la democracia.

Desplazaba la mirada, por ejemplo, en el tema de las fiestas. Hay todo un debate si en la guerra o en la precariedad puede haber alegría, demostrarse y además, gastarse dinero en eso. Un sector declara un rotundo no y no mira todo el resto. Quizás, otros, sintiendo un enorme tictac andando sobre ellos piensan que la vida amerita no entregar esos espacios.

Yo no soy buena con los números y no sé si esos cuatro días o un mes o dos semanas cuestan más o menos que los festivales de libros, cine, teatro o conferencias culturales sobre la ciudad.

Sé que no va la misma gente y que fuera de la simple repetición de decir que quieren gobernar a punta de pan y circo parece que es democrático que esa gente que no va a esos festivales, que le gusta esa otra música, esos adolescentes que viven en estas ciudades colapsadas donde la hiperinflación y la falta de transporte se tragó el cine y las caimaneras, los juegos de pelota y las visitas a los mall, tienen derecho a tener algo en que entretenerse al menos cuatro días, un mes o dos semanas.

Si el debate fuera tan sólo la fiesta, el Suena Caracas para Caracas o la Feria de la Chinita para Maracaibo, quizás el asunto fuera más fácil de arreglarse. Podríamos hacer una encuesta u otra medición y determinar si la gente quiere esos espacios o no. Podríamos explicar que esta batalla que llevamos exige mantener actividades que nos den tranquilidad o simplemente la oportunidad de dejar de mortificarnos…, pero eso no se agota allí.

Está el asunto de las redes que nos llevan a sentir que  nosotros, simples ciudadanos, debemos explicar todo, todo el tiempo, con todos los asteriscos que puede ser necesario poner si alguna mente quiere descontextualizar o hacer un test de falsedad sobre lo que dijimos.

Con ese ritmo, tras un par de años y en la medida que la vida se hace mas complicada, he tenido la sensación que el uso de redes en vez de conectarme me va llenando de rabias o frustraciones, con gente que en persona me resulta maravillosa.

Quizás alguien que sepa de esto podría pensar que nos van llevando una agenda de temas y de poses, que nos van obligando a declarar bajo la amenaza que sino lo hacemos seremos los excluidos, insensibles o inmorales del enorme liceo gringo que es cada plataforma virtual; que nos va distrayendo de lo real que es un pueblo que aguanta, que siembra y que canta.

Nacer sin tener derecho a ser: reformas contra los inmigrantes en el mundo.

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En 1991, Javier Valenzuela reportaba para “El País” de España, una controversia que empezaba en Francia puesto que Valéry Giscard d’Estaing insistía en que pese a que  no pretendía “arrojar aceite al fuego”, era tiempo de valorar, como sostuvo en un artículo publicado en Le Figaro Magazine, las dimensiones de la llegada de extranjeros a Francia.  La cual consideraba constituía una “invasión” de inmigrantes que ameritaba el restablecimiento del derecho de sangre como único modo de acceder a la nacionalidad francesa. Por esa opinión, Giscard, según la izquierda y parte del centro y la derecha, había ido más lejos que Jean-Marie Le Pen en la senda de la xenofobia y el racismo.

Si iniciamos este artículo con ese recuerdo es porque vivimos en un tiempo donde todo lo que ocurre nos resulta inédito y por lo corta que es nuestra memoria, hay algunos que juegan a utilizar algunos nombres como chivos expiatorios de deseos, reprimidos o abiertos, de muchos otros sujetos y corrientes en el autodenominado Primer Mundo.

La ciudadanía que es ese vínculo jurídico que tiene una persona con país no ha sido nunca un territorio sencillo. Incluso Rousseau consideraba que desde la Revolución Francesa el término era ambiguo y frecuentemente era mal utilizado por sus coetáneos, que no tenían en cuenta las enseñanzas aristotélicas al respecto o la verdadera  dimensión del concepto en Roma. Independientemente de estas consideraciones históricas, desde un punto jurídico moderno, tener o no tener la ciudadanía, significa poseer la totalidad de los Derechos e incluso poder pisar casi todos los países del mundo o casi ninguno, dependiendo del color que tenga el pasaporte que recibimos.

La relación entre la ciudadanía y los Derechos Humanos, en principio, no es tan inherente. Pues la Declaración del 48 así como los textos que la desarrollan conciben que es la humanidad la génesis jurídica y señalan que “todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. La cual probablemente sea la premisa más incumplida de todas las que integran este cuerpo normativo.

Quizás esta es una paradoja del modelo que intenta avanzar en el planeta, o, una consecuencia no prevista del mismo porque el mundo globalizado, que rompe las fronteras para las cosas y promueve la idea de moverse, cierra las puertas a quienes por causas económicas se aventuran a buscar una mejor vida.

La pregunta quizás más cruel es quiénes se oponen a darle la bienvenida a los que inmigran y al respecto, hay algunos nombres que se han hecho titulares de estas posturas como el Presidente estadounidense Donald Trump o el Ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, mientras que otros trabajan en las mismas causas haciendo mucho menos ruido.

Este es el caso, por ejemplo, del Primer Ministro húngaro Viktor Orbán, del gobernante partido conservador nacionalista Fidesz-Unión Cívica Húngara quien ha ganado tres veces las elecciones de su país sobre la base de hacer cada día más difíciles las condiciones de entrada y permanencia a los extranjeros en su territorio. Para lo cual, realizó en 2016 un referéndum en el que pese a la poca participación que tuvo ganó la opción de no recibir las cuotas europeas de inmigrantes que les correspondían.

El tránsito por estas posturas ameritaron que a mediados del año que transcurre, el orden europeo, llamase la atención de este país puesto que aprobó una ley que castiga con hasta un año de cárcel a quienes ayuden a inmigrantes en situación irregular, entre los que se incluyen los refugiados y solicitantes de asilo.  Lo que implicó declarar ilegal la actividad que venían desarrollando diversas asociaciones no gubernamentales.

¿Una iniciativa horrible, no? Pero no es la única norma de esta naturaleza que existe en el espacio europeo. Pues en mayo de 2008, el Gobierno de Silvio Berlusconi aprobó  un proyecto de ley que define la inmigración clandestina en Italia como un delito y castiga a quien alquile una vivienda a un ilegal. La cual tenía su equivalente en Francia en donde fue recientemente desaplicada por los tribunales al considerar que estas normas entran en contradicción con el principio constitucional de la fraternidad.

Lamentablemente, podríamos seguir la lista. Pasando, por ejemplo, por el Reino Unido donde se penaliza el trabajo ilegal y se legalizan las redadas de verificación que llevan a la deportación de todos quienes hayan trabajado en el país sin un estatuto migratorio que lo permita; así como se legalizó hacerle pagar a los trabajadores hasta seis meses de cárcel para que nadie dude que las normas de migración deben respetarse.

Incluso podríamos ver que al tiempo que Croacia era presentado como el más simpático de los participantes en el Mundial, el gobierno de Kolinda Grabar-Kitarović anunciaba que no iba a recibir inmigrantes, alegando que no cometerían los errores de abrir la puerta que consideran cometieron sus pares europeos. Un tema que manejan con una brutalidad tan extrema que han sido noticia en 2015 y 2018, por la fuerza que emplean en sus cordones.

Entonces parece fundamental hacernos una pregunta en el marco de qué distingue que una persona sea un inmigrante legal o que su condición sea ilegal, y si muchas veces vamos a ver diferencias en el modo en el que ingresan, casi todas las veces la diferencia está relacionada con poder demostrar que tienen dinero. Por lo tanto, el gozo efectivo de los Derechos Humanos depende no de la dignidad sino del estatus y esto, en definitiva, es sólo cosa de dinero.

Es este el marco donde se siembra la polémica declaración de Donald Trump diciendo que examinará las vías para eliminar la adquisición de la nacionalidad de los hijos de los inmigrantes. Una primera mirada, tan sólo a lo interno de los Estados Unidos, debe considerar que esto lo dijo el Presidente después que reconfiguró las fuerzas políticas que actúan en la Corte Suprema, que será el destino final de esta controversia. Sin embargo, nos interesa más pensar si el ius solis es un estatus universal que existe en todos los países.

Para nosotros, como venezolanos donde existe ese derecho puede pacernos que esto es -o debe ser- así en todo el mundo. Sin embargo no lo es, el sistema más común es el ius sanguini que determina la nacionalidad de quien nace no por su lugar de nacimiento sino por la nacionalidad de sus padres. Entre los países que tienen estas normas y no le dan al hecho de nacer en el territorio la fuerza suficiente para dar la nacionalidad, están Italia, Austria, Grecia o Bélgica. Entre los países que estimando excesiva la migración han dejado de otorgar la nacionalidad por el nacimiento está Irlanda que revocó el ius solis en 2004.

Con estos datos en cuenta, la sorpresa que nos causó la declaración de Trump queda mejor contextualizada. Si nos choca es porque hemos pasado años oyendo hablar de la idea que Estados Unidos es un país de inmigrantes, tanto en las películas de época o en la manera que tienen los productores y guionistas de representar la diversidad en las películas que transcurren en Estados Unidos. También porque una de las causas por las que escribo esta nota es porque cuando deslizo el dedo por mis redes sociales me salen anuncios que me recomiendan planificar mi embarazo para dar a luz en Estados Unidos y así, darle a mi descendencia una “mejor nacionalidad” que la que mi sangre puede otorgarle.

El problema de fondo es que lejos de lo dispuesto en los textos de Derechos Humanos, la ciudadanía no es un aspecto menor en el régimen de derechos y garantías de las que goza una persona. Tampoco se limita tan sólo al ámbito político y a los deberes militares sino que condiciona aspectos de los que cualquier ser humano, tan sólo por su humanidad, debería disfrutar y en ello englobamos desde la posibilidad de transitar en su territorio como ir a otros países, alimentarse debidamente o educarse.

Es en mi criterio este el asunto mayor. La penetración a los sistemas jurídicos, o, la reafirmación que la existencia, llegada o permanencia de una persona puede ser considerada un delito y no tan sólo una falta administrativa, en caso que los protocolos no hayan sido respetados. Más cuando la inmensa mayoría de las personas en este estatus, jurídicamente precario, tiene detrás una situación económicamente o jurídicamente comprometida.

¿Es la pobreza el delito? Si así lo fuera parte de nuestros abordajes, de nuestras denuncias parecen estar mal planteadas, necesitar todavía desenmarañar las trampas jurídicas, históricas y culturales que mantienen un sistema donde no hay tierras a las que huir, ni papeles que perseguir. Sin duda, las próximas semas estos temas seguirán en las primeras planas y nos tocará seguir pensándolos.

¿Nos copiamos un terrible crímen?

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En España, según reporta El Diario, ha iniciado un procedimiento nuevo contra el franquismo. Esta vez no son los delitos políticos cometidos por el gobierno represivo los que están siendo juzgados sino que la criminalización de la población LGBTI está siendo planteada como un crimen de lesa humanidad.

Refiere la nota que “la querella inicialmente se ha interpuesto contra los seis togados, pero si se admite a trámite y se abre una investigación a fondo, como pretende el consistorio, no se descarta incluir a forenses, psiquiatras y otros funcionarios que participaron en la ejecución de las sentencias. Al ser considerados un peligro social, además de la prisión en muchas ocasiones los condenados eran sometidos a tratamientos psiquiátricos brutales.”

Este caso que podría resultarnos lejano y pequeño, por desarrollarse por lo pronto sólo en Barcelona, puede llegar a ser importante si trasciende porque recordemos que hasta no hace mucho tiempo y en muchos lugares, cualquier persona que no fuese heterosexual, que asumiera las reglas del vestir y del hablar según lo habitual, y limitase su sexualidad a lo demandado por el catolicismo, estaba en problemas jurídicos. Incluso, los no heteros fueron considerados enfermos hasta hace relativamente poco.

Pero este conflicto nos interesa más habida cuenta la historia de nuestro Derecho nacional. Pues todos los actos judiciales que condenaron y recluyeron a las personas LGBTI fueron dictados de acuerdo a lo dispuesto en la Ley de Vagos y Maleantes que existió en la España franquista y que nosotros importamos.

¡Qué maravilloso ejemplo tenemos entonces de los riesgos de limitar el Derecho a una precaria actividad exegética, encantada por los cantos de sirenas que son copiar normas extranjeras! Pues una ley como esta, casi idéntica, estuvo vigente en Venezuela. Recordarla nos trae dos nombres de nuestro mundo jurídico.

El primero, es el de un poeta, el de Andrés Eloy Blanco que fustigó la idea de la adopción de esta ley en el Congreso diciendo que “… esta Ley, tal como está, en manos de un hombre ignorante, puede ser un arma peligrosísima, un arma de venganza, un arma de rencores personales.”[1]

El segundo, es el del Dr. Humberto J. La Roche, quien fue el ponente de la Sentencia que en 1997 y con los votos salvados de los Magistrados Nelson Eduardo Rodríguez García, Luis Manuel Palis Rauseo y Héctor Grisanti Luciani, declaró la inconstitucionalidad total de la Ley sobre Vagos y Maleantes así como la nulidad de los actos que fueron dictados, con posterioridad al 23-01-61, en aplicación de esta Ley.

Ignoro en Venezuela cuál puede ser la dimensión de este problema así como cuántas personas fueron víctimas de atentados en su honor, privación de su libertad y sometimientos a actos degradantes o inhumanos por las consideraciones que, en virtud de su orientación o apariencia sexual, se hayan hecho de esta ley.

Sin embargo, existen medios suficientes, como el recurso de revisión y la imprescriptibilidad de los actos que violan derechos humanos, que permitirían compensaciones y declaratorias de un “nunca más” que necesitamos para avanzar en un contexto regional en el que la homofobia de nuevo, nos vuelve a retar.

[1] (Ver: Diario de Debates de la Cámara de Diputados, 23 de Junio de 1939, Nº 52, Pg. 8).

¿Porqué el femicidio y el homicidio no son lo mismo?

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En estos días, en concreto desde la denuncia del asesinato de Mayell Hernández, en Venezuela se viene hablando de femicidio. Una vez que este caso conmovió a la colectividad ocurrieron varias cosas, entre ellas, una declaración de prensa del Fiscal General de la República que recordó que este no es el único caso sino tan sólo  el que tuvo más incidencia comunicacional. Posteriormente, en el marco del Congreso de Mujeres del PSUV, el Presidente Nicolás Maduro también tocó el tema y dijo que solicitaría una reforma o una nueva norma que lleve la penalización del femicidio al máximo de la penología venezolana. Es decir, a treinta años.

 

Es en este marco que siento urgente que antes de tocar las penas impuestas a los femicidas reflexionemos juntos sobre el femicidio, en específico,  sobre las diferencias entre un femicidio y un homicidio, para que valoremos si es el aumento de la pena de este delito una solución justa, útil y suficiente para combatir este fenómeno.

 

Cuando estudiamos derecho penal aprendemos a seccionar las normas que fija el legislador. Lo primero es encontrar la acción o la omisión que se castiga. Allí, por ejemplo, en robo veremos que se trata de un despojo de un bien con violencia. En homicidio, la acción consiste en causar la muerte.

 

Ahora, tanto en la realidad como en el Derecho, causar una muerte puede ser objeto de un acto involuntario; de un acto que se pretendió menos grave y logró matar; de un deseo plenamente meditado y consumado; etc. También puede que matando, seamos más o menos crueles, o que miremos una persona indefensa o con quien tengamos una relación muy importante. Se puede causar la muerte, atentando contra alguien u omitiendo atenderle cuando dependía de ello para sobrevivir.

 

Es decir, de esa simple acción van colgados cientos de posibles asterisco que van a interactuar, que van a exigir un juzgamiento con pruebas, con expertos, con personas que decidan si quien actuó lo hizo por querer o en estado de necesidad o para defenderse, etc.

 

Pongamos que nos ha quedado claro que el núcleo es causar la muerte, por acción u omisión, para pasar a otra cosa, determinar a quién se le ha causado la muerte. En nuestro Derecho,  en el homicidio se incluyeron todos los seres vivos, mamíferos, bípedos, descendientes de los primates que llamamos humanos.  Esto porque el homicidio se creó en los tiempos del lenguaje masculinizado y presentado como neutro.

 

En ese sentido, hay quienes entienden el femicidio como un simple concepto que serviría para englobar las víctimas de acciones u omisiones que causaron la muerte de una mujer. Una forma de distinguir por género las muertes violentas y planificar  con datos, los sectores a proteger. Sin embargo, esta es una visión minoritaria y nosotros no la compartimos.

 

El femicidio, a veces llamado feminicidio, es otra cosa. Es el acto final y definitivo de un ciclo de violencia que demuestra el menosprecio de la vida femenina, su cosificación en las distintas facetas y un acto de dominio o propiedad por parte del perpetrador.

 

Por eso, jurídicamente es distinto el homicidio de una mujer cometido por otra mujer o por un hombre en otro contexto, que aquél que se da dentro de una relación de marcada naturaleza patriarcal: como el asesinato de una hija cometido por un padre que se siente deshonrado por la sexualidad de su hija; o, el mal llamado crimen pasional, o, el asesinato en manos de su pareja actual o pasada, o persona que pretendió una relación sentimental sin éxito con la víctima, que se da tras un ciclo de violencia creciente que empezó en acoso, violencia psicológica y violencia física.

 

Es en mi criterio esta la justificación de la existencia de una categoría jurídica distinta para el femicidio. De este modo, nosotros no estamos ante el ruin debate de entender que para el legislador la vida de una mujer vale más que la vida de un hombre, con toda la cháchara que esto trae en relación al derecho a la igualdad sino ante dos situaciones fácticas distintas.

 

Una mujer puede ser víctima de un homicidio, habrían cientos de casos posibles pero un hombre no podría ser víctima de un femicidio porque la tradición cultural, la valoración de los roles, la naturaleza de las relaciones entre los géneros, lo ubican en un plano de superioridad que hace que algunos incluso sientan que tienen el derecho de disponer de la vida de las mujeres que le rodean y especialmente, de aquellas con las que establecen una relación sentimental.

 

Siendo esto así, creo que se hace urgente que nosotros nos preguntemos ¿cuál es la manera y el momento de prevenir el femicidio? Porque estamos afirmando que este es el último paso de un ciclo de violencia. Podemos creer que subiendo aquella pena resolvemos el problema pero también estamos en cierto modo diciendo que legalmente a una mujer se le puede acosar, violentar, violar, pegar pero no matar.

 

Esto porque las penas no existen individualmente sino en un sistema, donde todos los delitos que deben sancionarse, todas las situaciones donde deben dictarse medidas de alejamiento y protección están apenas sancionadas y quedarían aún más lejos de esa que hoy parece ser la única forma de violencia realmente rechazada y penada.

 

En cierto modo creo que lo que debemos entender es que cuando ocurre un femicidio todo el sistema ha fallado, porque tenemos una mujer que no denunció o que haciéndolo no gozó de la protección que merecía o que si la obtuvo esta no fue suficiente. Del mismo modo, tenemos un agresor al que la legislación, las políticas públicas y las campañas de comunicación, no lograron hacer reflexionar.

 

Por ende, este no es un problema relacionado con que la pena sea alta o no lo sea. Sobre este tema, los viejos penalistas y los criminólogos, están convencidos que la gente no deja de delinquir en razón de que el Estado establezca legalmente una pena altísima como sanción sino por siente que el castigo le será probablemente impuesto.

 

Si eso fuera cierto, un abordaje público de casos reales, donde se demuestre que no se necesita ser especialmente débil para ser potencialmente una víctima de un femicidio y que ante cualquier acto de violencia se debe denunciar, y que esto generará una respuesta del Estado, debería ser más eficiente que la ampliación de la pena. Al igual que dar muestras como en el caso de Mayell Hernández que el Estado tiene la voluntad y capacidad de juzgar a quiénes lo cometan, también funcionaría mejor.