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¿Cómo va a ser una derrota el diálogo?

El 16 de mayo, toda Venezuela se convirtió en una enorme mesa de diálogo. Trascendió que al tiempo que el Grupo de Contacto continuaba sus labores, se realizaron reuniones en Oslo y se encontró el Grupo de Bostón y esto, sorprendentemente, para algunos es un mal síntoma.

Estos “algunos” usan franelas multicolores. Pues unos, de azul, se quejaron amargamente de Guaidó mientras que otros, de rojo, vieron en esas mesas un acto de entrega. Sin embargo, yo no puedo sino estar en desacuerdo.

Creo que la posibilidad del diálogo tras meses tan intensos es una victoria y una reafirmación de los principios democráticos del pueblo de Venezuela. Nuestro destino es ser un país compuesto por el chavismo y fuerzas políticas que tienen otras agendas. Decido intencionalmente no decir “antichavismo”.

Creo que esa es una de las tareas urgentes. Nuclear el país en un proyecto que destierre el odio que legitima la exclusión, la tortura y la muerte que parecían hasta hoy las únicas propuestas de la oposición. Esto no es cierto, ese odio por mucho que se publicite no es parte de nuestra cultura, donde por el contrario, hay valores que comparte la inmensa mayoría. Por ejemplo, el rechazo a una intervención militar o la necesidad urgente de superar el cuadro económico que nos consume.

El chavismo siempre ha sido una fuerza dialogante. Así fue Chávez tras el 2002 y Nicolás Maduro desde su primer día. Incluso en las horas anteriores a que se diera la”proclamación” se dio en algún lugar de Caracas una reunión entre Diosdado y Guaidó que el primero, no negó. En términos políticos, que ahora volvamos al diálogo nos demuestra que el gobierno se ha mantenido firme en lo que ofreció desde el comienzo y ha evitado las provocaciones de acelerar desenlaces violentos. Que ocurrieron con mucha fuerza, en especial el 23 de febrero y el 30 de abril.

Toda la democracia supone el encuentro, el entendimiento y creo que esta necesidad no disminuye sino que se acrecienta en las dificultades. Primero porque todos los venezolanos convivimos y dialogamos a diario con personas que tienen distintas posturas políticas y seguidamente porque las consecuencias de la situación que estamos viviendo son insoportables.

Hablamos de la dificultad para la economía pero sobre todo para la gente.  Ya sea para los enfermos a los que le faltan las medicinas o el nivel de angustia que consume a la población. Por ello, es necesario buscar consensos en los que se tengan pisos mínimos y principios que no pueden eliminarse así como que se acuerden que hay prácticas, como aquellas que buscan crear sufrimiento, que no pueden utilizarse.

Nuevamente, reitero que esta es una postura personalísima pero yo me alegro de ver titulares que digan que los venezolanos discuten su país cuando veníamos acostumbrándonos a que sean otros, como la ONU o las autoridades extranjeras de Rusia y USA, o el grupo de Lima o la OEA, los que se reúnen y publican, como quien alecciona, criterios que piensan aplicables a Venezuela.

La construcción de nuestro país nos obliga a mirar al frente, no para nosotros mismos sino para los que vengan. Nosotros tenemos la posibilidad de escoger nuestro futuro y este pasa por reconocernos. Ciertamente, como en todos los procesos de negociación y diálogo, hay temas difíciles que deben discutirse.

Uno es el de la justicia, que pese a ser la virtud más importante continua famélica y extraña. Este es un tema que va mucho más allá de la política obligándonos a mirar las cárceles, los abarrotados tribunales y la desconfianza que históricamente los venezolanos sentimos hacia el Poder Judicial.

Otro es el de la reconstrucción del espacio público que pasa por la necesaria participación de todos los factores políticos, sin que puedan haber “auto-exclusiones” como las que produce el no participar en elecciones o de decidir no utilizar un Poder, como el legislativo porque esto resulta más conveniente para una agenda foránea.

Si, ciertamente, este es un tiempo constituyente, no por la existencia de una Asamblea Nacional Constituyente sino por la necesidad de nuevas bases para la convivencia, nuevas metas y que se incendie el país de una esperanza, que, llena de las lecciones de estos tiempos nos permita avanzar finalmente para “refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un Estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la convivencia y el imperio de la ley”

Ojalá que hacia allá, sostenidamente, se conduzca el país con estas acciones que hoy llenan los tabloides y encienden las redes sociales.

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Frente a “las sanciones”: la justicia tiene que llegar.

Julián Casanova, que según su página web es un profesor de la Universidad de Zaragoza tiene un artículo donde afirma que “Keynes fue el primero en advertir en 1919 las consecuencias negativas de los tratados de paz para la futura estabilidad política y económica europea. A Keynes las condiciones impuestas por el tratado de Versalles a Alemania le parecían injustas e inaplicables.” Lo que pasó después de ese tratado y esa humillación de Alemania es historia conocida y dolorosa.

No es mi intención detenerme a razonar sobre si de haber sido justo este tratado, de haber sancionado menos, de haber humillado menos a los alemanes, la Segunda Guerra no se hubiese dado, no hubiese muerto tanta gente o no hubiese quedado en la historia como legado de aquellos años las terribles ideas del nazismo. Por el contrario, es intentar tomar ese razonamiento para seguir denunciando que las sanciones como antes lo dijo la ONU y recientemente lo dijo el New York Times o ahora Jeffrey Sachs, tan sólo agravan la situación económica, social y política de Venezuela.

Para sancionar a un país, en el marco de la ONU, se requeriría mucho más que un decreto de la OFAC que no es otra cosa que un simple acto administrativo nacional dictado unilateralmente por un gobierno, hecho además por la presunción de aquél de la existencia de un acto reprochable y de un patrimonio que pueden afectar. Siendo en la realidad, la sanción más pesada el simple dictado del acto que, sin que haya mediado ningún descargo o defensa, hace que una persona aparezca en la categoría de malvados del cuento que se narra.

Ahora, al tema de las sanciones cuando ya dejaron de simular ser parciales e individuales, que ya todo el mundo admite como capaces de “maximizar el dolor”, afectar la prestación de los servicios públicos o de las garantías de los derechos, debe reaccionarse mediante la búsqueda de la justicia porque generan consecuencias que, en su amplitud, azarosamente se individualizan en una persona u otra.

Este es un tema que a mí me preocupa mucho. En algunos foros se viene repitiendo incesantemente que estos actos constituyen crímenes de lesa humanidad. De ser así, serían delitos y cualquiera que conozca un mínimo de teoría del Derecho Penal sabe que para que un acto realmente se convierta en un delito tiene que mediar una interrelación entre los individuos dotados de la capacidad necesaria para que así lo establezcan y así lo penalicen.

¿Es este espacio la Corte Penal Internacional? Puede que una lectura del Estatuto de Roma nos diga que si pero que una lectura de la jurisprudencia de la Corte, así como de los Estados que pueden ser enjuiciados por ella, nos diga que no. Entonces ¿puede el Estado que es aquella figura todopoderosa del Derecho político convertirse en un conejo cazado e indefenso, obligado o rendirse y a humillarse? Pero sobretodo ¿están sus ciudadanos obligados a soportarlo?

La falta de justicia convierte un delito común en una violación de Derechos Humanos. Al menos en el plano nacional. Con esa idea se me hace imposible justificar que pueda el espacio internacional, que se reconoce como mérito ir dándole más importancia a las personas físicas, desprenderse simplemente de la obligación de hacer justicia y proscribir actos que rompan los esquemas de colaboración entre países y condenen pueblos enteros al subdesarrollo.

Para mí, como ciudadana y como abogada, este es un campo fundamental de este momento de nuestra historia y aclaro que para mí esto viene a sumarse a un clamor histórico de justicia, en todos los planos, que tiene este pueblo porque para mí, insistir en esta denuncia no es el descarte de la necesidad que sean establecidas responsabilidades y las personas respondan por actos que, en administración de los bienes públicos, hayan podido cometer y contribuyan a una situación económica delicada en el país.

Esta justicia. Esta noción de responsabilidad de cada individuo, esta necesidad de recuperar un marco de valores y líneas de convivencia es cada vez más urgente en Venezuela. Sin duda, los últimos hechos tienen muchas lecturas posibles pero hay una que no puede dejarse de lado.

Hay que ver la increíble resistencia de este pueblo y cómo evita caer en escenarios violentos. Esto debe ser reconocido con el mayor esfuerzo por fortalecer las instituciones republicanas. Mal puede pagarse el espíritu de paz y de patriotismo de este pueblo, condenándole eternamente a soporta precariedades y alejarse del disfrute de bienes y derechos tan fundamentales como los que se ven comprometidos por estos actos.

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30 de abril: Caracas en primera persona

Contar la historia en primera persona es un ejercicio complejo. Por eso antes de empezar aclaro las siguientes líneas no se escriben aspirando a lograr un ejercicio de rigurosidad histórica ni para convencer a ningún lector. Lo que escribo llega a esta hoja con la fuerza que camino y sobretodo con las imágenes de esta Caracas que vivo.

Hace un par de años que habito Caracas y la conocí en mejores épocas. Cuando el dinero salía de las matas y los izquierdistas del mundo querían tomarse una foto con Chávez. La he visto convertirse en una ciudad sancionada, con la depresión de sus mercados y con su cada vez más tenue vida nocturna. A veces esa levedad, esa merma, me crea verdaderas dudas porque no logro determinar si es mía o es realmente de la ciudad. Ayer justo pasaba por un Centro Comercial que lucía mejor que en los últimos años y la gente compraba cosas, relojes, zapatos y dulces.La escena se me hacía indescifrable pues la gente con la que vivo, los sitios a los que me habitué parecen vivir en una angustia económica permanente. Por lo que vale el dólar, por lo que les falta en Bolívares, por los huecos que quedan en el presupuesto y las cosas que se dañan pero evidentemente la realidad supera la percepción y hay otras dinámicas que ocurren. Seguramente se sujetan de remesas, de reventas o de alguna de esas artes…

Lo cierto es que cada vez me preocupan más los efectos psicológicos de lo que vivimos. Primero era el plano económico. Entiendo todo en una sola cosa, la gente trabajando lo mismo o aún más, gana menos. Esa es una lógica que viene en contra de lo habitual y además de los esquemas sobre cómo vivir con los que nos criaron y eso crea angustia, resentimiento y rabia. Sentimientos que además van perforando el autoestima individual y colectivo hasta hacernos sentir que no valemos nada, que los esfuerzos dan lo mismo, que trabajar en vez de ser ganancia es pérdida y que la mejor suerte es la de devenir un migrante económico.

Ahora, el problema no se agota allí. ¿cuál es la consecuencia de amanecer todos los días con una nueva amenaza de invasión o de guerra? ¿cuál es el efecto que tiene en una población que todos los días le digan que tiene un precio porque si hace A será sancionado, si hace B será perdonado y si hace C será recompensado? Para mí esto es un problema muy grave porque cualquier situación política en Venezuela tiene que medir que la decisión, por ejemplo, de los soldados de ir en contra de las leyes no pasa por la voluntad de hacer un golpe de Estado sino por la de recibir un pago. Por eso fracasaron de nuevo porque hay una noción de dignidad que evita que mayoritariamente la gente se sume a esta práctica.

Desde enero la cosa está peor. Después de la autoproclamación hemos venido viviendo un ritmo que cada dos o tres semanas consigue un pico: una situación de batalla en la frontera, un atentado terrorista al Servicio Eléctrico Nacional del que aún no nos reponemos del todo y ahora una fuga disfrazada de Golpe de Estado.

En algún momento entendí que el tiempo es un factor importantísimo para la economía. Producir tarda, distribuir tarda, comerciar tarda. Las cosas se mueven por esos pasos, los anaqueles se llenan y se vacían, las cosas se agotan… El tiempo en Venezuela avanza un paso tiene en frente un abismo y luego dos pasos y luego otro abismo. Es decir, la línea recta que media entre producir y tener bienes está cortada.

¿Cómo funciona así la economía de un país? ¿Qué consecuencias tiene para la garantía de los derechos que a los escasos bienes que llegan y se producen se les alteren los ciclos básicos? ¿Cuál será la incidencia de esta locura en el PIB? Los apagones nos sumieron en una delicada situación para la conformación de los indicadores sociales, la falta de servicios básicos es traducida en un nivel grave de pobreza.

Por ende, estamos ante un escenario que fuerza que sus designios se hagan realidad. Como se dice muchas veces, que se den profecías autocumplidas: que avancemos hacia una crisis humanitaria.

Pero hay algo que me asusta aún más ¿cuáles son las consecuencias políticas de esto? ¿dónde está el proyecto de país que queremos y el marco del acuerdo de convivencia mínima, los límites que nadie puede cruzar y el deseo común de bienestar? La gente, entre otras cosas ´por la falta de números y la estruendosa realidad de las consecuencias ubica en buena parte lo que vive como responsabilidad exclusiva del gobierno ¿pero es posible semejante situación tan sólo por mala administración? ¿por qué no miramos que tanto estrés dispara nuestra incapacidad de ver las cosas de modo lineal al tiempo que sólo toca sobrevivir cada prueba?

Esos discursos son peligrosos. Buscan que entendamos que necesitamos un tutelaje, que hemos nacido genéticamente dispuestos a ser corruptos o torpes. Que no podemos salvar ni nuestro propio pellejo.

Ahora si semejante cosa hubiese logrado plenamente sus objetivos las escenas de hoy en Miraflores serían imposibles. La gente volvió a vivir un 13 de abril, con el cuerpo desnudo ante la intentona golpista.

Un grito recorrió aquellas calles, enlazó los dos momentos y es la demanda encendida de un pueblo que exige justicia y para mí, al cierre de esta nota, la palabra justicia tan sólo significa que exige que lo dejen vivir.

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La psiquis en medio de esta guerra

Los voceros de la estrategia que busca defenestrar al chavismo del poder han dejado claramente establecido que su estrategia es maximizar el dolor, dejar al país sin luz, agua, alimentos o gas, hasta que la situación sea sencillamente insostenible.

Hay algunas posturas que una mantiene toda su vida. Recorrer las calles de Caen, todavía con sus hoyuelos de tiros y ser evacuada un par de veces porque cincuenta años después podía explotar una mina, me causaron la seguridad que las guerras no terminan jamás.

Quizás las guerras de nuestra historia pueden haber terminado porque las primeras fueron con flechas y las últimas con insignificantes armas de fuego y a caballo. Nuestras guerras ocupaban par de kilómetros durante algunas horas y luego había todo un país que tenía que esperar días o meses para enterarse. A lo mejor esto es una gran mentira porque si acabaron aquellas batallas, la guerra no terminó nunca.

Ondeó ciertamente la bandera o se escribió en la Constitución la palabra federal pero nunca llegamos al oasis de ser un país tomado como igual por nuestros antiguos dominadores, o, integrado por tierras y hombres libres.

Ahora pasa una cosa espantosa y es que se normaliza la idea de la guerra. Con frases terribles como decir que la distancia entre la guerra y la paz es un número: el 187; que la democracia depende de la guerra y que es mejor que vengan a hacerla de una vez. Esto al tiempo que algunas cosas que vivimos ya son tan impactantes como una guerra. Por ejemplo, la parálisis de las ciudades  en el marco de la ausencia del suministro eléctrico. 

En ese marco, el caos se apodera de todos, algunas leyes fundamentales se pierden, y, como pienso ocurre en todas las guerras, la humanidad muestra su mejor y su peor rostro. Podemos pasar la vida escribiendo si queremos conservar los relatos de la nobleza y el mismo tiempo llevarnos narrar las miserias. Sin embargo, lo que me parece fundamental es que ninguno está, ni vive, como antes de estos hechos.

¿Estamos empezando a sufrir alteraciones psicológicas masivamente? ¿es esto un cuadro de neurosis de la guerra? ¿qué significan esas pequeñas cosas que nos contamos?

Esa mañana llegando a la oficina una compañera me contaba que se despierta de noche a ver si todavía hay luz. Que sufre pesadillas con que se vaya el agua, que tiene crisis de angustia y que aunque lo intenta no logra recuperar su rutina.

Algunos libros y páginas web hablan de esto, de la neurosis de la guerra, como la enfermedad mental que causan estas situaciones extremadamente traumáticas. Otros como Víctor Tausk critican esas ideas y descartan que la guerra cause locura porque consideran que la guerra sólo proporciona el escenario donde la neurosis se vale del contenido de una producción mental, trastornada y preexistente.

Con estas ideas en mente, viendo que poco importa si la psicosis era previa o generada por la guerra, parece que los psicologos están contestes en afirmar que estos conflictos generan en la población inusuales cuadros de melancolía y paranoia que no deben minimizarse. Por ello, que debemos entender la dimensión psicologica del difícil contexto en el que estamos y responder a ello, buscando una manera de manejar el Estado que dé consuelo y seguridad; una dimensión jurídica de todo esto y sobretodo el acompañamiento a la población.

Originalmente no quería escribir un artículo de este corte, quería invitarlos a ver lo que nos ocurre como nos los enseñó Aquiles Nazoa porque creo como él que la vida, sean cuales sean nuestras circunstancias, hay que verla con “humor y amor” pero cambié de idea porque siento que todos necesitamos decirlo: en el plan de dejarnos sin país también avanzan en la intención de robarnos la normalidad y esto lo logran, entre otras cosas, dejándonos heridos profunda pero discretamente, para que no podamos seguir parándonos.

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Las caras de la justicia

Los abogados pasamos toda nuestra vida sumergidos en la palabra justicia, rodeados. La usamos en las sentencias, la leemos en la Constitución, decimos que es un derecho y si somos elegantes, con ella cerramos todos los escritos, en especial, los más insignificantes.

Sin embargo, sabemos bastante poco sobre qué es la justicia pero no ahondemos en darle mala fama al gremio. Los médicos tampoco saben mucho mejor que cosa es la salud y usan la palabra siempre. Como la enfermedad, es más fácil gritar justicia cuando estamos ante la injusticia. Un médico sabe que alguien está mal de salud y nosotros que alguien está mal de justicia.

Podríamos escribir tratados rememorando lo inútil que son las escuelas de Derecho para enseñar sobre qué es la justicia. Haciendo un paneo rápido sobre los recuerdos caeríamos que más fueron las horas que perdimos en entender que lo que creíamos era justicia era tan sólo equidad.

Si queremos seguir siendo sinceros, veremos que el asunto se pone peor porque mas es el tiempo que un estudiante de Derecho gasta en el inútil suplicio de aprenderse en latín la fórmula de Ulpiano que lo  que dedica efectivamente a pensar sobre el asunto de la justicia.

Por eso la justicia es hoy en día para mí, de todas las nociones jurídicas, la que requiere mayor contacto con otras áreas. En especial, con la vida cotidiana y simple de las personas.

¿Qué es la justicia a los ojos de una persona que sobrevive un cruel atentado contra su vida? Ante mí se posó la evidencia que la justicia es una necesidad psicológica fundamental para la víctima. La urgencia de un acto que renueve la fe en la humanidad que le hizo perder quien le procuró un trato degradante y allí, la justicia –ahora como sistema- me resulta un enorme poder, por ende, un terrible peligro.

¿Qué significa para alguien que se levanta de una situación atroz y se dirige al Estado, el no ser atendido? ¿el que su caso se convierta en una carpeta, en un número más, en la tarea que mirará con fastidio un fiscal o se le olvidará firmar a un juez?

Allí la justicia más que un acto de equidad me resulta un acto de humanidad. Un acto que debe medir lo difícil que es sentarse y contarle a alguien que quizás jamás vimos antes la más atroz experiencia de nuestras vidas.

Allí la justicia me resulta una cosa tan pequeñita como respeto. Pensar el sistema de justicia -si queremos que sea justo- requiere que inventemos una manera de tener respeto por las víctimas y sus historias. Que se acabe el terrible mundo de carpetitas amarillas arrumadas en el piso de un tribunal y la eterna prisa de los fiscales para escuchar.

Entonces de esto iba el día de recordar que la justicia es un infinito universo de cosas simples. Una tarea que mirar con constricción y no con espectaculares actos donde sólo se mencionan números. Porque fundamentalmente, la justicia es la menos jurídica de las tareas de un jurista.

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Evidentes absurdos


A lo largo de todo el Parque se encuentran múltiples quebradas, arroyuelos y ríos, siendo estas vertidas en otros cursos de agua que nacen en los linderos del parque en la cuenca del río Guaire principal río de la ciudad de Caracas, en el litoral del estado Vargas, directamente al mar Caribe. Otros forman parte de la subcuenca de Río Grande o Río Caucagua y otros desembocan en las costas de Barlovento. Aunque el caudal de todas estas quebradas o ríos no es de gran envergadura sí son corrientes permanentes de agua por tener sus cabeceras a gran altura 

¿Qué tal si un día nos diéramos cuenta que nuestro oficio, la abogacía, requiere muchas cosas que memorizar artículos? Si pudiéramos olvidarnos de esas frases que nos hirieron. Desprendernos de todos los complejos que una historia de país colonizado nos dejó. Yo no creo, como no lo hace mi Profesor Jean-François AKANDJI-KOMBE, que nosotros seamos los peores pueblos. Creo que tenemos los peores sistemas jurídicos. Son los peores no porque nosotros seamos malos juristas sino porque nos educan para buscar la razón jurídica lejos y no dentro del alma de nuestros pueblos.

¿Qué tal si un día nos diéramos cuenta que nuestras ciudades son absurdas y nos atreviéramos a pensarlas de nuevo? Muchos cuentos se irán dejando sobre el colapso de los sistemas públicos en marzo de 2019 en Venezuela. Tendrán lugar las más atroces crónicas del dolor y otros cuentos que describirán las plumas de ave fénix que tiene la gente de este pueblo pero hay más cosas.

Por ejemplo, el absurdo. Caracas colapsó por falta de agua de todas las maneras que puede una ciudad hacerlo. Por todos lados se veían potes y colas, cisternas, tubitos y esperas. La ciudad dejó ver que está llena de venas. A Caracas el agua se le sale por todas partes pero para tener agua en mi casa, tan caraqueña, necesito que halen corriente desde Aragua.

Pero no he enloquecido, lo absurdo del sistema de agua tiene que ver con una historia plagada de desigualdades, de compras de sistemas que nos vendieron como modernos y los pusimos, omitiendo, que este valle era la caída de cientos de miles de hilitos de agua.

Una señora me explicaba como San Bernardino es una capita de ciudad sobre una laguna, sobre los viejos cursos de ríos y yo, pensando en temas jurídicos, consideré que esto es un buen ejemplo para entender por qué nuestras leyes no funcionan.

¿Cuántos sistemas jurídicos hemos adoptado porque están de moda? ¿Cuántas veces hemos intentado forzar que se apliquen omitiendo cuál es la cultura o el anhelo de la gente? ¿Cuántas veces es tan indolente el legislador como el ingeniero que diseñó el sistema de aguas de Caracas? ¿Es tan grave hacer mal la ley que el sistema de aguas?